Paco Bescós

Jorge Volpi.

Planeta. 275 págs.

Parece que últimamente todo lo que leo me gusta y eso puede ser por buena suerte o puede ser por falta de criterio. Apostemos a lo primero pues, de lo contrario, no tendría sentido que siguiera escribiendo esta reseña, ni que usted, astuto lector, continuase leyendo. El caso es que me enfrento por primera vez a una obra de Jorge Volpi (México, 1968) y… carajo… Me habían dado buenas referencias de novelas como La paz de los sepulcros, pero no esperaba una experiencia tan intensa.

Plantea, Jorge Volpi, uno de esos viajes al corazón de las tinieblas, una visita a aquel lugar donde el ser humano se resquebraja. Y aunque el viaje nada tiene de desplazamiento físico, se respira en él una densidad selvática, una atmósfera angustiosa, como si los personajes cruzasen el Amazonas o nadasen en un Pacífico tormentoso.

La tejedora de sombras retrata a Christiana Morgan, que vivió entre 1897 y 1967. Fue históricamente conocida por sus aportaciones al psicoanálisis. Volpi ha estudiado tanto su biografía como la de su amante, Henry Murray, para desarrollar una novela que combina multitud de recursos y voces.

Volpi narra la terapia de Christiana con Carl Gustav Jung y ahonda en la colección de visiones oníricas que éste le ordenaba dibujar como solución a sus desequilibrios. Pero sobre todo se centra en la relación de amor obsesivo de Christiana con Henry Murray. Una relación que ella mitifica, deifica, hasta lo patológico. Christiana se ve arrojada a un vórtice de autodestrucción que gira cada vez con más violencia.

“—Lo que hay entre nosotros no puede ser amor —acepto, resignada—. No soy tan pura como su esposa.

—Es la consecuencia de violar el tabú sexual, Christiana. Que el tabú sexual haya existido desde épocas primitivas demuestra su importancia: cuando usted viola un tabú, el demonio viene hacia usted y el inconsciente se rebela.”

“¿Por qué habría de estar siempre condenada a arder hasta quedar en cenizas?”

En Christiana Morgan hallamos una psicología complejísima. Se nos insinúa que padece un trastorno bipolar y recuerda a aquella Gertrud, de C. T. Dreyer, que grababa como epitafio en su lápida la frase ‘Amor Omnia’. Christiana se busca. Se busca a sí misma y no se encuentra, no se comprende, e intenta dar un sentido a su vida mediante la vida de otro, e intenta hallar la fuente de sus desgracias en un supuesto misterioso subconsciente esotérico. Posee, Christiana, una querencia ineludible hacia la tragedia, hacia la violencia emocional. Es, como se menciona varias veces a lo largo de la novela, un capitán Akhab: se ha enredado al cabo del arpón que se clava en la ballena blanca, y el monstruo la arrastrará a lo más profundo del océano.

“Christiana se concentra en los asideros que le quedan, en Jung y sus teorías, en la voluntad de comprender y comprenderse, en el deseo de hurgar los mitos que pueblan su inconsciente, en las siluetas y los monstruos que la cuidan, en el significado de sus sueños y visiones.”

Una trama así no da lugar a una fiesta, por supuesto. Y Volpi no duda en relatar los pasajes más incómodos de la vida de Christiana, los más trastornados. El libro es duro, como debe ser cualquier reflexión sobre la enfermedad mental. Ningún personaje escapa al juicio del autor. Ni los principales, egoístas e infantiles, ni el mismísimo Jung, al que presenta como un pseudocientífico de métodos arbitrarios y perjudiciales.

La prosa merece una mención por sensorial y precisa, por un manejo muy acertado de la metáfora y por la riqueza de las imágenes al representar un universo cargado de significantes arquetípicos, simbología onírica y vocabulario psicoanalítico clásico. Volpi se ha debido de ver obligado a un encomiable trabajo de documentación para lograrlo y también a un enorme esfuerzo de concentración al redactar.

La tejedora de sombras nos advierte contra el amor tóxico, aquel que se construye sobre la obsesión y sobre la decepción. Porque una pulsión tan primigenia y azarosa como la que sufre Christiana no puede ser satisfecha jamás. La ballena blanca se sumerge y le condena a uno a acompañarla para siempre.

 

 

© 2012, Paco Bescós. All rights reserved.

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.