Eduardo González Viaña

Hay una historia que he escrito varias veces. La volveré a escribir porque todavía no sé su desenlace.

Trata sobre una anciana que fue a buscarme en mi oficina de la Universidad de Berkeley hará veinte años. Era guatemalteca. Quería que yo, como catedrático hispano, la ayudara a conseguir algo que lamentablemente no existe.
Según ella, había leído en un viejo ejemplar de “Selecciones” que en esa universidad se había inventado una micro-bomba atómica para curar el cáncer. Quería que se la prestaran.
Doña Asunción había conducido hasta ahí a su hijo Leoncio, un hombre de unos 55 años aquejado de un cáncer al cerebro. Habían cruzado ilegalmente dos fronteras. Primero, la de México. Después, habían avanzado en autobús por todo ese inmenso territorio. Por fin, habían entrado caminando a California.
Recuerdo esa historia porque el periódico trae malas noticias. La mayoría republicana de la Casa de Representantes se empecina en no apoyar el proyecto de inmigración que le llegó del Senado y que fue producto de un acuerdo bipartidario en esa instancia legislativa.
Según las encuestas, una buena parte de los norteamericanos ya ha desechado los viejos mitos antiinmigrantes. Son conscientes ahora de que los foráneos no llega para quitarle el trabajo a nadie. Por el contrario, se encargan de los puestos que no pueden ser cubiertos. Saben, además, que los hispanos-legales o ilegales-pagar cumplidamente sus impuestos. A los trabajadores sin documentación, el empleador les descuenta una cantidad que va al Tesoro de los Estados Unidos.
Han comprobado, además que los profesionales que llegan poseen los más altos niveles académicos y, de inmediato, destacan y llegan a ser los primeros en sus centros de trabajo. Por último, pueden advertir que un estado tan latino como Florida por ejemplo es uno de los más prósperos del país.
Si de cálculo político se trata, bien se sabe que los latinos dieron el triunfo en las últimas elecciones al presidente Obama. Además de su creciente número, los ciudadanos de este origen suelen alcanzar altos porcentajes de votación, en tanto que los gringos tienen porcentajes mayores de abstención. Concretamente, el partido que ahora no apoye la ley de inmigración va hacia una derrota segura en las próximas elecciones.
Recordaré la historia del comienzo:
“La anciana tendría unos ochenta años, y su hijo algo más de
cincuenta. Estaban en los caminos fronterizos por decisión de
ella que no quería rendirse. Todo el mundo le decía que su hijo
estaba desahuciado por el cáncer, pero ella no lo creía. Estaba
segura de que iba a encontrar a un médico norteamericano
que lo curara.
Martín, su nieto, los acompañaba. Se les había unido
para no dejar que murieran solos.
Brillaba la luna llena. La anciana y su hijo la miraban
extasiados y no querían dormirse. Entonces, el muchacho los
entretuvo con algunos juegos de magia. Después, con la boca
cerrada, sin pronunciar palabra alguna, remedó una canción
de cuna. Por fin, luego de dejarlos dormidos, se apostó sobre
una roca a modo de vigía.
En realidad, la abuela estaba despierta. Con los ojos cerrados,
refunfuñó:
– Ojala que estuviera aquí la Santa Muerte para hablar con ella.
De igual a igual. De mujer a mujer.”
La Santa Muerte es un icono de la religión popular. Los mexicanos han personificado a la muerte y le rinden culto. Sus devotos más cercanos son ahora los latinos de cualquier país que cruzan la frontera para buscar un empleo y ejercer su derecho a la felicidad.
“Hablar con la Santa Muerte” es el libro que me ha editado la Universidad Alas Peruanas y que presentaremos en la feria del libro el próximo 3 agosto. Por eso, recuerdo a doña Asunción viviendo su esperanza en su charla con la muerte. Debemos sentirnos orgullosos de tener madres como ella. Si no entienden esto y si su racismo visceral les impide entendernos y querernos, fatalmente los republicanos van camino a la extinción.

© 2013 – 2014, Eduardo Gonzalez Viaña. All rights reserved.

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Autor de unos cuarenta títulos, catedrático en los Estados Unidos, Premio Internacional de Novela en ese país, Premio Nacional de Cultura del Perú, Premio Internacional Juan Rulfo de narrativa, Miembro Correspondiente de la Academia de la Lengua, entre otros de sus galardones, González Viaña ha expresado en sus obras la esforzada y milagrosa epopeya de la inmigración hispanoamericana en los Estados Unidos.

Eduardo González Viaña entregó hace poco Vallejo en los infiernos la primera novela biográfica acerca del poeta César Vallejo, su paisano y, como él, estudiante de la Universidad Nacional de Trujillo. Con el hasta ahora casi desconocido expediente judicial a la mano y una serie de cartas inéditas, el autor recreó la espantable experiencia carcelaria del mayor poeta peruano así como el encanto sin límites de una vida fascinante. Su novela El corrido de Dante es considerada como un clásico de la inmigración en Estados Unidos. En menos de dos años, ese libro (Arte Público, USA, 2006) ha tenido cinco ediciones en países e idiomas diferentes. En castellano e inglés, en Texas, Estados Unidos. En italiano, en Siena. En marzo del 2008, apareció la edición española, en Alfaqueque y en agosto, la latinoamericana, en Planeta.

Por ese libro, en julio del 2007, González Viaña obtuvo el Premio Latino Internacional de Novela de los Estados Unidos en un evento muy comentado por la crítica norteamericana en el que el segundo premio fue compartido por las reconocidas novelistas Gioconda Belli e Isabel Allende.

El autor publica cada semana “El Correo de Salem”, una columna periodística que aparece simultáneamente en decenas de diarios de América y en “La Nueva España”. Además de vibrante defensa de los inmigrantes, esa columna intenta ser una radiografía de la vida norteamericana. Residente en los Estados Unidos desde hace 22 años, González Viaña es catedrático en Western Oregon University. El Correo de Salem