La quinta dimensión

Rosana Ubanell

 Si Einstein se hubiese dedicado a las tareas del hogar  habría encontrado esa elusiva quinta dimensión muy fácilmente. Pero ya sabemos que la ciencia ha sido tradicionalmente  terreno masculino del que las mujeres estábamos totalmente relegadas.

 Con la incorporación de la mujer al mundo laboral los horizontes se han expandido. Aunque esto de la revolución feminista, como afirma mi madre, no aporta, ni mucho menos, todo lo que prometió. Esposa, madre, ama de casa y cocinera de cinco tenedores, mi madre tiene su punto pragmático y un razonamiento cartesiano impecable. “No veo yo las ventajas de la liberación femenina. Ahora trabajáis (en la oficina) y trabajáis (en casa)” afirma con una lógica irrefutable, sin llegar a puntualizar por deferencia para que no me eche a llorar, que trabajo el doble que ella.

 Por no perderme en digresiones sobre el feminismo, sus éxitos, fracasos, lagunas y largo camino que queda todavía a recorrer,  regreso al punto de este artículo: la quinta dimensión. Las trabajadoras-amas de casa hace años que sabemos dónde se encuentra la quinta dimensión sin necesidad de tanto bombo y platillo: en la secadora de ropa.

 Las cinco reglas que rigen esta quinta dimensión se atienen a principios estructurados de fácil comprensión.  No hay que ser físico nuclear para desarrollarlas. Basta simplemente con una buena capacidad de observación y una curtida experiencia de lavandería.

1)     Con cada colada desaparece mínimo un calcetín.

2)     A veces dos, siempre de distintos pares.

3)     Los calcetines que se esfuman invariablemente son los más nuevos o los que más nos gustan.

4)     Una vez al año reaparece alguno de ellos.

5)     Para cuando retorna ya hemos tirado el par a la basura, descorazonadas.

 Cada vez que entro en la lavandería contemplo con nostalgia la cesta repleta de coloridas medias desemparejadas.  Ahí está el calcetín rayado blanco y negro, tan bello y solitario. Ese que valió un comentario de mi instructora de yoga cuando todavía su pareja no la había abandonado: “Parecen los de la Bruja del Este de la película El Mago de Oz”, esos que merecieron un primer plano de la cámara al morir la maligna hechicera aplastada por la casa de Dorothy.

 Me mira con ojos tristes la media con dedos que tanto calorcito me aportó en los escasos días de frío que a veces se cuelan en el horno de Miami. ¡Y ese calcetín azul turquesa que tan bien combinaba con mis shorts del mismo tono cuando salía a trotar! ¡Qué tristeza, señor!

Al principio registraba la secadora de arriba abajo. Metía la cabeza (por favor apagar antes el ciclo de secado), giraba la mirada en todas direcciones dentro del bombo.  Sacudía las sábanas, toallas y manteles. Escudriñaba los calzones y camisetas con la expectación de encontrar, siempre sin éxito,  a un traidor agazapado en un pliegue. Hasta llegué a inspeccionar cada rincón del tambor con una potente linterna.

 Sin capacidad humana conocida –al menos hasta que la ciencia no avance un tanto más- para controlar la quinta dimensión, la solución práctica que he comenzado a aplicar para no perderme en ella y que encarecidamente recomiendo es: comprar calcetines exactamente iguales para todos los miembros del hogar. Al que proteste, no hacerle ni caso. Si continúa rechazando la medida, contundencia en la respuesta: “A partir de mañana te encargas tú de la lavandería”. Mano de santo.

 Y por favor, agradecería a alguna persona de los círculos científicos bien relacionada que lea este artículo, que tenga la generosidad de proponerme para el Nobel de algo, física, química, matemáticas, literatura, paz…me avengo a cualquier categoría. Por mucho menos han premiado a más de uno.

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