Carmen Jiménez 

 

La niña del vestido amarillo miró la tarta.

—Se va a derretir —susurró.

—Tengo hambre… —protestó el niño que estaba sentado a su lado.

La mujer echó un vistazo a la puerta, situada justo a su espalda. Los niños la imitaron. Estaba cerrada, así que no había gran cosa que ver, pero sí se podía escuchar a través de ella e imaginar lo que estaba ocurriendo al otro lado. Los tres oyeron el inofensivo sonido del agua procedente del cuarto de baño. La mujer se giró hacia los niños y dijo con voz cansada:

—Tardará  poco.

El niño, aupado sobre un par de cojines para alcanzar la mesa, balanceó las piernas mientras entonaba una canción muda. La niña clavó los ojos en la falda de la mesa. Roja, con estrellas amarillas. La madre bebió un poco de su refresco, resopló y se abanicó la cara con la mano. Luego, se mordisqueó la uña del pulgar y observó a la niña. La niña no se movió. Siguió mirando las estrellas. Eran las siete de la tarde y aún no había soplado las velas de su tarta, ni había recibido ningún regalo.

—Estás muy guapa con el vestido —dijo la mujer.

La niña separó con dificultad la vista de la falda de la mesa, como si un velcro invisible la mantuviera unida a las estrellas amarillas. Miró a su madre desafiante. Dijo:

—Entonces, ¿por qué no puedo ponérmelo para ir al cole?

—Es sólo para los domingos, ya lo sabes.

—Hoy no es domingo.

—No, pero como si lo fuera.

El niño pensó que iban a discutir, pero se quedaron calladas. Miró las manos de la mujer, depositadas encima la mesa, como si fuera a levantarse en cualquier momento y se preparara para apoyarse en ellas. Observó sus venas azuladas. “¿Por qué las venas son azules si la sangre es roja?”, pensó. Estuvo a punto de preguntárselo a la mujer, pero se detuvo a tiempo. No quería hablar con ella. Él también estaba enfadado: tenía hambre y envidiaba a su hermana porque iba a recibir un regalo. Y cuando se está enfadado no se charla amistosamente sobre las venas por muy azules que sean y por muy roja que sea la sangre. Eso lo sabía. Lo que no sabía es de qué estarían hechas las venas. De algo blando, seguro. Por eso se sangra con tanta facilidad. Pero, ¿de qué exactamente? Iba a mirar a la mujer, en busca, quizá, de una respuesta, pero se contuvo. No quería hablar con ella, así que siguió con la cabeza gacha y los ojos pegados a la mesa. Allí se tropezó con el anillo de oro que ceñía el anular de la mujer, comprimiéndolo, como si el anillo fuera demasiado pequeño o el dedo demasiado gordo. Vio sus uñas. ¿Por qué siempre le decía que no se las mordiera si ella lo hacía? La niña volvió al ataque:

—Y ¿la camisa de flores? ¿Cuándo podré estrenar la camisa de flores?

—Es para la boda de la tía —dijo la mujer.

—¡Pero eso no será hasta dentro de mucho tiempo!

—Es en octubre. No seas exagerada…

—¿Y si me muero antes?

Del otro lado de la puerta llegó el chirrido de un grifo al cerrarse. El pequeño cuarto de estar quedó en silencio. La mujer se enderezó en su silla. Miró, de nuevo, la puerta con el cuello muy erguido. Parecía una muñeca a la que han girado la cabeza hasta colocarla en una posición imposible, pero las muñecas no sudan y la mujer estaba sudando.

Cuando se volvió hacia los niños tenía los agujeros de la nariz abiertos de par en par. El niño vio cómo se dilataba su pecho y, luego, entreabría los labios para exhalar un suspiro silencioso que le rozó la cara. La miró y pensó que ella iba a darles alguna explicación sobre lo que sucedería después. Quizá había llegado el momento de encender las velas.

—No digas tonterías…  —dijo la mujer.

El niño se había concentrado tanto en la puerta y en el sudor de la mujer que había olvidado a qué podía referirse. ¿Por qué había le había dicho a la niña que no dijera tonterías? ¿Qué tontería había dicho? Los labios de la niña dibujaron un gesto mohíno y lo dijo de nuevo:

—¿Y si me muero antes?

La mujer se levantó. La niña se encogió un poco en su silla, pero no fue hacia ella, si no que pasó por detrás de su hermano, alargó el brazo y tiró de la cinta de la persiana para subirla. El sol del atardecer iluminó el cuarto de estar, mientras la mujer forcejeaba con el picaporte para abrir la ventana. Tiró de él hacia arriba. Lo intentó hacia abajo, pero la manivela no se movió un milímetro. Estaba atascada. Siempre lo había estado. ¿Es que no se acordaba?

El niño observó la maniobra de la mujer. Luego, como si quisiera ayudarla a refrescar el ambiente, cogió la falda de la mesa camilla y abanicó la tarta con ella. Seguía canturreando en silencio su canción muda y meneaba la cabeza a un lado y a otro, como si siguiera el ritmo.

—¿Es que no puedes parar quieto un segundo? —aulló la mujer.

El niño se quedó quieto. Dejó de cantar. Dijo:

—Mami, es que la tarta está llorando…

—¡Las tartas no lloran!

El niño señaló con el dedo la tarta.

 —Pero mira el chocolate, mami…

La mujer lo observó. Había colocado las velas sobre las ocho bolitas de chocolate situadas en la parte exterior porque parecían más sólidas que el corazón de la tarta. Sin embargo, el niño tenía razón. El chocolate se había reblandecido tanto que las velas se habían inclinado y amenazaban con desmoronarse. Algunas gotitas habían resbalado desde la cresta hasta la base, dándole a la tarta un aspecto licuado y sucio. El niño pensó que la tarta se parecía a las mujeres cuando lloran y llevan pintados los ojos.

—Voy a meterla un rato en el congelador —dijo la mujer con gesto de fastidio.

La cogió con cuidado, echó vistazo a la puerta cerrada y se encaminó hacia la cocina muy despacio, como si, en vez de una tarta, llevara una bomba entre manos.

—Tengo hambre… —murmuró el niño.

—Cállate, quejica —dijo la niña.

El niño pensó que iba a darle un puntapié por debajo de la mesa, pero oyeron los pasos de la mujer, regresando de la cocina, y la niña se limitó a rascar una gotita marrón del mantel. Luego, miró a la mujer:

 — ¿Y mis regalos?

 —Ya te lo he dicho: cuando soples las velas.

—A este paso, me haré vieja y los regalos ya no me servirán. No es justo.

—¿Y quién ha dicho que la vida sea justa? —preguntó la mujer, negando con la cabeza. Al hacerlo, un pequeño mechón se le desprendió del moño, resbalando poco a poco sobre su cara. La mujer, que parecía no haberse dado cuenta, se lo recogió, sin embargo, de forma mecánica detrás de la oreja. El movimiento dejó a la vista una pequeña cicatriz que le atravesaba de arriba abajo las arrugas de la frente.

Del otro lado de la puerta llegó ruido de cisterna y una tos de dragón resfriado. La mujer se pasó la yema de un dedo por la cicatriz. El niño tensó la espalda y agachó la vista. No la miró, pero supo que la mujer estaba observando la puerta cuando susurró:

—Portaos bien.

De repente, tras la puerta, se oyó un golpe, el ruido de un frasco al estrellarse contra el suelo y una maldición. La madre contuvo el aliento y se agarró al borde de la mesa, pero no se movió de la silla hasta que escuchó el grito. Entonces, se levantó a cámara lenta y se llevó el dedo índice a los labios, en un gesto de advertencia que el niño conocía bien. Luego, se giró hacia la puerta y la abrió despacio. El vapor del agua caliente de la ducha se coló en la sala de estar como una niebla, con olor a colonia de hombre. La mujer cerró tras de sí, acallando una voz que no era la suya, sino ronca y borrosa, pero el aroma y el calor se quedaron flotando, como una nube de verano, sobre la habitación.

El niño y la niña se miraron. El niño tenía los puños apretados con fuerza. A la niña se le habían puesto los ojos redondos y su mirada rebotaba de acá para allá como una canica fuera de control. Primero, se dio con la puerta cerrada, luego se estrelló contra la ventana, rebotó hacia el pasillo que conducía a la puerta de la calle y, finalmente, fue a parar de nuevo a los ojos de su hermano.

—Vamos a la cueva del tiempo —suplicó el niño colocando los puños prietos sobre la mesa.

—No quiero quedarme sin mis regalos —dijo la niña con los brazos cruzados sobre el pecho, aunque su voz sonó insegura.

Del otro lado de la puerta llegaron gritos y sonido de golpes. Es curioso cómo cada objeto suena distinto al caer. Los libros hacen chof. Una sola vez. Chof, y ya está. El metal suena a tac, salvo las cucharillas cuando chocan con el cristal, que hacen clin. Lo del cristal es más bien un cris o cras, según lo gordo que sea. Pese a la puerta cerrada, el niño escuchó bastantes tacs y algunos cris. También, gritos. Muchos gritos de ogro y alguno que otro de princesa en apuros.

—Por favor…  —insistió el niño.

La niña observó la puerta cerrada un segundo y asintió. Levantó un poco la falda de estrellas, resbaló de la silla y se introdujo en el interior de la mesa, sentándose en la tarima de madera que en invierno utilizaban para colocar el brasero. Poco después vio aparecer las rodillas del niño, las caderas, el pecho y su pequeña cabeza, con el pelo revuelto. Quedaron sentados uno frente a otro, con los pies dentro de la tarima, mirándose.

—¿Le doy yo? —dijo el niño.

—Vale, tú aprietas el botón, pero yo elijo dónde vamos.

—Al oeste americano —dijo él.

—No. Esta vez toca ir al futuro.

—No es justo.

—¿Quién dijo que la vida fuera justa? Iremos a la nave espacial.

El niño rozó con un dedo el contorno del pequeño nudo de madera situado a su izquierda, en una de las patas de la mesa. Era redondo, como un ojo, y, a diferencia del resto de la pata, tenía un tacto suave. Con la mano que le quedaba libre se asió a la otra pata.

—¿Nos vamos?

El rugido del ogro se coló por la puerta cerrada, caló la falda de la mesa camilla y retumbó en la cueva del tiempo. El niño cerró con fuerza los ojos y volvió a preguntar:

—¿Ya?

—Espera, cuando yo te diga…

La niña se colocó el vuelo del vestido entre las piernas, ciñó con fuerza las rodillas no fuera a levantársele en pleno despegue, se sujetó con fuerza a sus dos patas y, en voz muy baja, comenzó la cuenta atrás:

—Tres, dos, uno…

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