Augusta Cornejo

Todos los que dejamos nuestra tierra para venir a vivir en los EEUU tuvimos diversos motivos para hacerlo. Mucho se ha escrito al respecto. Que seamos legales o ilegales, blancos, negros, cholos o chinos es irrelevante. Ya es resabido que salimos por problemas políticos, sociales, económicos, o para que nuestros hijos tengan un futuro mejor, lleno de oportunidades y esperanza y blablabla. En definitiva, para encontrar el mítico y overated sueño americano.Llegar al primer mundo —y ser parte de él— es la meta.

El día de la partida viajamos con una cantidad indeterminada de preguntas sin respuesta, llenos de ilusiones, de miedos, de incertidumbre. Pensamos en lo que nos espera, en cómo vamos a enfrentarlo, mirando hacia el futuro y apostándolo todo en un partida de dados. Al igual que Vallejo se juega la humanidad entera a los dados con Dios, retándolo en una partida fúnebre, nosotros nos jugamos nuestro destino y el de nuestras futuras generaciones en un partido que muchas veces acaba con la vida de quienes osan retar su destino. Unos en mejor situación que otros, pero todos con un denominador común: mirando hacia el futuro con fe y esperanza.

Pero hay algo en lo que nadie piensa cuando cruza la frontera y que solo un inmigrante entiende cuando ya es tarde.El día de la partida te despiden amigos, parientes y conocidos, algunos con alegría, otros con envidia sana, muchos deseando ser tú y viajando contigo en su imaginación. Pero no saben ni ellos ni tú, que se quedan atrás los no-recuerdos. Esos no-recuerdos que, cuando hayan pasado muchos años de nuestra ausencia, no figurarán en nuestras estadísticas porque no existen.

Detrás de nosotros dejamos amigos, familia, olores, sensaciones y sabores. Dejamos recuerdos y vivencias que nunca ocurrirán, dejamos los recuerdos no vividos. Sé que queda, por ejemplo, una sobrina que tiene 14 años y que aún no ha terminado el colegio y que, cuando la volvemos a ver,está a punto de casarse, y en nuestra mente queda un vacío de catorce años de ausencia. Quedan las no-lágrimas del día de su graduación, y la no-sonrisa del día de su pedida de mano, el no-abrazo de su primer hijo.Dejamos una tía que nos crió de pequeños y a la cual amamos: sana, llena de vida, alegre y luchadora, con sus bien puestos 55 años, y la encontramos a los setenta años con muchas canas y una enfermedad terminal que nos destruye el alma, e intentamos vanamente de recordar las no-conversaciones sostenidas en esos quince años de vacío. Nuevamente el vacío, la nada. Velitas de cumpleaños sin soplar de pasteles inexistentes, días de playa y chelas con amigos que cambiaron, que sufrieron y se divorciaron y que se quedan con tus no-lágrimas, compras de una arepa, un guacamole o un tamal que con el tiempo no se pudren porque estabas en “tu futuro mejor” y no en tu tierra,no-comprándolos y no-saboreándolos.

Y cuando regresas de visita te sientes distinto, intentando acumular desesperadamente, en quince días de vacaciones, los no-recuerdos que ocurrieron en tus años de ausencia. Y terminan las vacaciones, y de pronto, estás de vuelta en el avión de regreso a la “tierra prometida” con un cúmulo de no-recuerdos, de no-sabores, de no-lágrimas, extrañando tu casa, tu cama, y te preguntas si estás regresando a tu país sin hallar respuesta yentonces tiras los dados en busca de ella, pero las esquinas están roídas por el tiempo.

© 2013, Augusta Cornejo. All rights reserved.

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Soy peruana y limeña de nacimiento. Cómo todo inmigrante, llegué a Miami hace 11 años con la finalidad de terminar mi carrera. El trabajo duro y la suerte me acompañaron y ahora tengo una maestría en literatura en la Florida International University y estoy cursando una segunda maestría en ciencias políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Además. he publicado algunos artículos en revistas de corte académico. Sígueme en Twitter: @augustacornejo
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