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Tras el éxito de El asesino hipocondríaco (Plaza y Janés, 2012), Juan Jacinto Muñoz  Rengel (Málaga, 1974) vuelve a explorar y a transgredir el género fantástico con El sueño del otro (Plaza y Janés). Un thriller borgiano,  vestido de atmósferas inquietantes y de sorprendentes puntos de giro que, si bien guarda ciertos lazos temáticos con su anterior novela, propone un tono totalmente distinto. El juego de Muñoz Rengel consiste en dinamitar las leyes de la realidad y sentarse a observar qué ocurre después.  En este caso, su prosa se encarga de cuestionar lo que sabemos acerca de los sueños, de la identidad y de los sentidos.

P. ¿Qué tienen de fascinante los sueños para que se hayan tratado tanto literariamente y aún así sigan mereciendo una vuelta de tuerca más?

R. Muchas cosas. Lo que más me interesa es su poder para reproducir la realidad. Lo que tienen de espejismo. Hay escritores que encontrarán alicientes relacionados con el subconsciente, más psicoanalíticos. Otros valoran la parte surrealista, la parte más poética. Pero a mí me interesa sobre todo el sentido fantástico y la reproducción de la realidad. Y, efectivamente, el tema que yo escojo, el del soñador soñado, lleva presente en literatura desde hace mucho tiempo.

P: En Las ruinas circulares, por ejemplo.

R. Sí, pero Borges mismo, que era un gran aficionado a esta cuestión, recoge en su Antología de la literatura fantástica cuentos orientales de varios siglos antes de Cristo donde ya se cuenta la historia de un hombre que se sueña a sí mismo: el bucle del sueño. Y también está en filosofía; no exactamente el sueño, pero sí la duda acerca de la realidad. Desde El mito de la caverna, hasta la duda metódica de Descartes. A mí el tema me fascina. También es verdad que a los escritores de corte fantástico nos interesan contenidos parecidos, y el reto radica en dar un paso más. Me pareció que yo tenía una idea distinta, aunque el origen fuera el mismo, en el momento en que imaginé a dos hombres que se sueñan con absoluto detalle, sin deformación onírica, recordándolo todo, y que sueñan a través de la mente del otro. Es decir: que no es que un personaje sueñe con el otro, sino que sueña a través del otro, sueña siendo el otro. Y luego se ve obligado a renegar del que ha sido hace cinco minutos. Me pareció que esta versión introducía nuevos matices.

P. En este libro hablas de la realidad en varios planos: los sueños es el primero, la realidad sensorial; el segundo, la realidad mediática, la mentira en los medios de comunicación; y, más tangencialmente, la realidad sentimental, representada por los personajes que se engañan al enamorarse y al amar… Tras esos planos, lo que parece el mensaje del libro es que la realidad es casi imposible de aprehender.

R. Filosóficamente hablando, es muy difícil demostrar nada que no sea el cogito cartesiano, el pienso luego existo. Es decir, nos quedamos en el solipsismo absoluto. Y la novela se aproxima a esa idea, siempre teniendo en cuenta que todos nosotros confiamos en nuestros sentidos pase lo que pase. Efectivamente, hay un tema principal: la pregunta sobre si el paradigma de nuestra realidad es o no es más que un constructo artificial  que, con el paso de los años y el peso de la cultura, se va complicando y complicando, pero que nada tiene que ver con lo que perciben nuestros sentidos. En este primer nivel está situada la trama fantástica y la trama de acción, con el recurso del trastorno del sueño. Para reforzar esto, aunque no fuera necesario, introduzco la subtrama de las noticias inventadas, protagonizada por el personaje de André Bodoc. Y entonces ya no solo dudamos de nuestros sentidos, sino también de lo que nos dicen en los medios de comunicación. Y los medios de comunicación no son más que la punta del iceberg, porque también se podría hablar de lo que dicen los economistas, de lo que dicen los médicos, de lo que dice cada especialidad sobre lo suyo.  Y no solo porque  se manipule, sino también por nuestra limitación como humanos para contar los hechos en todas sus dimensiones.

P. Contar es deformar.

R. Claro. Entonces ya no se puede delimitar plenamente cualquier suceso. Y, el tercer nivel, lo trabajo más con el otro protagonista, Xavier Arteaga. Se trata del tema de la mascarada social, en el que entran en juego los amantes, las ex mujeres, etc. Todo el mundo adopta falsas caras según con quien esté. Así que, la dimensión más individual, la desarrollo con Xavier y, la más social, con André.

P. Aunque los libros sean totalmente distintos creo que este cuestionamiento de la realidad, que parece ser tu obsesión, sí enlaza con tu anterior novela, El asesino hipocondríaco.

R. Sí, lo que pasa es que en El sueño del otro libro hago un análisis mucho más amplio, más ambicioso .Y en el anterior me quedo en la interpretación del protagonista, encerrado en su deformación del mundo. Pero, efectivamente, yo ni siquiera me di cuenta al escribir El sueño del otro, pero es verdad: en ambas novelas me he quedado en mentes que proyectan la realidad. No deja de resultar curioso que el vértice se sitúe en una mente que sufre un trastorno en los dos casos. En El asesino hipocondríaco trabajo otros elementos, como el humor,  e indago de una manera paródica, lo llevo a un extremo radical. Y también en El sueño del otro vuelvo a los extremos.

P. Otro asunto en el que insistes es el del doble.

R. Al trabajar el tema de la identidad, que era uno de los puntales principales, surgía también el tema de la multiplicidad y de la copia como opuesto. Al intentar limitar qué es el yo y ponerle fronteras, empiezas a preguntarte: ¿qué es el yo frente al otro?;  ¿qué son los otros?;  ¿cuántos otros hay?;  ¿los otros se parecen? El juego distorsionante era el siguiente: vamos a eliminar la frontera del yo para unir dos yoes, como si tuviéramos dos células que, por ósmosis, rompen sus paredes y se unen. Entonces, empieza la duda de dónde acaba un yo y donde empieza el otro, que es algo que va explorando la novela. Pero también se cuestiona hasta qué punto no puede haber otros iguales, porque mi perplejidad también se alimentaba de esto: ¿cómo sé que ese tipo de ahí no soy yo con otra cara y otras circunstancias? No se trata de la idea, más sencilla, del doble. Se trata de un yo, una interioridad, una conciencia igual que la mía. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es eso? Es tan inaprensible. Y la propuesta consiste en  que todos nosotros somos una especie que tiende a lo individual, pero podríamos haber estado conectados, como otras especies que construyen colonias.

P. Tú tienes formación filosófica. ¿Qué tal marida con el género fantástico?

R. De una forma ideal. Pero yo lo veo desde mi propia inclinación. A mí me parece que el fantástico, al menos el que yo trabajo, que es el realismo fantástico, el fantástico cotidiano, casa de una forma excepcional con lo filosófico. Para mí es consustancial. Introducir esa anomalía, que da lugar al realismo fantástico, consiste en pinchar la burbuja de la realidad. Azuzarla. Estás preguntándote hasta donde puedes empujarla, cuáles son sus límites difusos, hasta qué punto la ciencia explica tales cosas… Exploras esas posibilidades. Para mí eso resulta básico. Hay otros autores que se quedan solo en la sorpresa, en el deslumbramiento propio y de los lectores. Pero yo creo que el género fantástico sirve como un buen soporte para hacer preguntas.

P. De todas maneras, no sé si tú crees mucho en los géneros o si piensas que  las fronteras se han roto.

R. A mí me preguntan mucho por los géneros, pero yo donde me siento cómodo es en el mestizaje de los géneros, en el intergénero. Si en las preguntas que me hacen no existiera la necesidad de clasificar, por mi parte tampoco la habría. Yo hago lo que me nace hacer. Pero luego no saben en qué estantería colocarte. El sueño del otro ha sido clasificado como policíaco en muchas librerías. ¡Pero si no hay crimen, no hay detective, nada que lo asocie al policiaco! Sin embargo, por influencia del anterior, de  El asesino hipocondríaco, pues lo clasifican así. En todas las librerías hay una sección de ‘narrativa contemporánea’, donde cabe todo lo que no sea de género. Sin embargo a mí me asocian a género. No lo entiendo muy bien. Creo que es la necesidad del librero, y luego del periodista, y luego de la gente, y luego del lector, de compartimentar. Yo, cuando lo analizo así, soy consciente de que lo que hago tiene que ver con géneros, pero precisamente para romper sus fronteras.

P. Me gusta la novela cuando alcanza sus cotas más distópicas. Te mueves bien en esas atmósferas.

R. A mí siempre me ha gustado la atmósfera como herramienta. Hay autores que recurren más al tono. En el Asesino hipocondríaco hay mucho tono, evidentemente, pero si intento ver desde fuera mis obra, casi me he servido más de la atmósfera que del tono. Me parece que una atmósfera condiciona mucho la forma de leer y facilita añadir inquietud o melancolía a través de lo que desprende el escenario. Me parece muy difícil escribir de una forma totalmente despojada de todo. Me siento más cómodo en ambientes singulares.

P. ¿Te llegó a inquietar la escritura de este libro en algún momento?

R. Sí. Yo con esta novela lo he pasado un pelín mal a veces. Porque trabajar El asesino hipocondríaco resultó ligero: me divertía, el tipo me llevaba, y ya está. En este caso me he tenido que sumergir en mí mismo porque hay mucha introspección a través de los dos protagonistas. Los personajes están trabajados hacia fuera mediante la trama, pero también hacia dentro mediante la introspección. Y para eso yo mismo necesitaba un ejercicio de introspección constante. Además, la novela fue trabajada en parte desde la cama, en momentos de duermevela. Tú imagínate: si estás pensando en una historia en la que no solo el sueño es importante, sino también el subconsciente, cada vez que te estás quedando dormido le das vueltas a las cosas, visualizas capítulos e imágenes y piensas en posibilidades nuevas. Por lo tanto, me ha acompañado mucho tiempo. Han sido tres años muy intensos que me han obligado a conocerme a mí mismo, a rascar para ver qué hay debajo y a escindirme. Porque realmente hay algo de mí en Xavier y algo de mí en André, a pesar de que parezcan tan distintos. Pero me he tenido que comportar un poco como el doctor Jeckyll y Mr. Hyde para llevarlo a la práctica.

P. ¿Qué otras novelas te han inquietado a lo largo de tu vida como para conducirte a este tipo de literatura?

R.  Todas las que te llevan a explorar lo psicológico. Como Solaris, de Stanislav Lem, que hace uso estupendamente de un recurso que se podría haber quedado en mero divertimento pero que, sin embargo, entra en los miedos del alma y busca cómo dar un nuevo punto de giro. Y todo dentro de la cabeza. Por poner otro ejemplo de realidad como simulacro, La invención de Morel, de Bioy Casares; vuelve a tratarse de una máquina que proyecta el pasado en el que se confunde qué es verdad y qué es ilusión. Y otras obras de quienes trabajan con esa versatilidad y a los que les inquietan cosas en las que me reconozco, como Matadero 5, de Vonnegut. Es totalmente inclasificable y de nuevo vuelve a utilizar recursos que tienen que ver con la mente para que no sepamos si todo ocurre o no ocurre.

P. ¿Y en España, qué tal está de salud el fantástico?

R. Creo que ahora empezamos a ver que ya no hay prejuicio. Se dieron unos años de normalización. Durante mucho tiempo parecía no existir literatura fantástica en España. Estaba totalmente eclipsada por el realismo y no acababa de considerarse bien. El propio José María Merino publica en un prólogo de sus cuentos en Alfaguara que a él, cuando empezó, le daba un poco de pudor dedicarse a la literatura fantástica. La gente de su entorno le recomendaba que escribiera algo social, algo reflexivo, para ser tratado como escritor. Todo eso se ha ido quedando atrás gracias a autores como él, que han ido abriendo camino. Y también gracias a otros factores que serían largos de analizar, que tienen que ver con la globalización, la llegada del cine, la apertura de nuestras fronteras editoriales, la lectura de Lovecraft, Borges, el Boom, Maupassant, Poe, etc. Yo pertenezco a una generación posterior a la que ya leía fantástico en su infancia. Incluso hemos crecido conociendo a autores españoles que trabajaban en el fantástico. Con lo cual, sí que estamos normalizados. Y a nivel de crítica, que es siempre lo más difícil, el superar el prejuicio del crítico literario, pues yo creo que también. Y la prueba es el propio Merino o Cristina Fernández Cubas, que han obtenido mucho prestigio.

P. Tú siempre has sido muy fiel a este modo de hacer. Ahora te van muy bien las ventas pero, ¿alguna vez has sentido dudas sobre lo que hacías?

R. Sí, como autor sí. Pero no tanto por el género fantástico. Yo nunca he sentido que si yo no alcanzaba un determinado escalón en mi trayectoria literaria fuese por no dedicarme al realismo. Pero sí se tienen dudas; para llegar donde yo estoy ahora, me he pasado 21 años escribiendo ininterrumpidamente. Los primeros, no se ve ningún resultado. No se ve la luz por ninguna parte. Al principio yo decidí no publicar mis manuscritos, así que, por lógica, más allá de los círculos cercanos nadie sabía que escribía. Y luego, resulta difícil acceder a la publicación, al entramado editorial, y aún más al reconocimiento. Se dan muchos momentos de duda. Y, por supuesto, económicamente es un desastre. Sabemos que el escritor ocupa el último eslabón de la industria editorial. Es el que peor va a vivir y el que peor va a tener la vejez, porque no cuenta con ninguna garantía. Y surgen más dudas.

P. Ahora se suele presumir de leer sin la finalidad de divertirse o de escribir con sufrimiento. ¿Crees que habría que recuperar el componente lúdico en la literatura?

R. Hay mucho escritor que practica la estrategia de hablar de literatura seria y trata de autoimponerse la etiqueta de escritor serio porque eso le va a otorgar un lugar en los suplementos. Me parece una soberana tontería. Hay quien confunde lo serio con lo aburrido, ese es el problema. Yo entiendo que la literatura sirve para muchas cosas. Con El sueño del otro yo he intentado plantear ese tipo de preguntas de las que hemos hablado y también introducir la denuncia social. Por lo tanto hay mucha seriedad, tanto a nivel de compromiso como existencial. Pero para mí lo primero es entretener. Porque si yo quisiera dar el coñazo, me convertiría en un profesor rancio de esos que dictan apuntes, o empezaría a redactar ensayos superespecializados. Pero realmente eso no es literatura, la literatura también debe tener un componente lúdico, pero este componente lúdico puede venir del sufrimiento. Yo antes te decía que lo había pasado mal con esta novela, pero es que uno puede desasosegarse gratamente. Uno puede sentir inquietud y que esa inquietud le dé placer. Con El asesino hipocondríaco, se obtenía un placer rápido, humorístico. Y El sueño del otro provoca una inquietud que te hace sentir incómodo, pero al mismo tiempo propone un reto. Yo entiendo que la literatura tiene que ofrecer algo al lector ante esa necesidad de pasar un buen rato, incluso pasándolo mal.

 

 

 

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