No soy de los que con apocalíptico tono despotrican de lo nuevo proclamando a los cuatro vientos con Jorge Manrique que todo tiempo pasado fue mejor. El tiempo transcurre y en su devenir algunas cosas fenecen y otras se transforman. Es que el mundo como materia es movimiento, mutación, nacimiento eterno. Hay momentos, sin embargo, que me sorprendo a mí mismo haciendo de Jeremías, maldiciendo los irrevocables caprichos con que Cronos suele despojarnos de nuestros referentes en el mundo real.

En el Mauritiussteinweg de la ciudad alemana de Colonia no está más, desde hace unos días, la librería de viejo que solía visitar en mis tiempos universitarios. En vez de las largas filas de estantes atiborrados de libros deformes y envejecidos, hoy el local expone la tétrica desnudez de unas paredes descoloridas y una soledad de residuos que duele en los huesos como el frío invernal que este año, inclemente, nos azota. Hasta el mes pasado, cuando camino al trabajo, mi tranvía se detenía en el paradero de Mauritiuskirche, precisamente enfrente de la puerta de la librería, yo aprovechaba para ver las ofertas que se ofrecían en los escaparates y me prometía a mí mismo, ahora descubro vanamente, darme un tiempo para hacerle una visita a aquel viejito bonachón que atendía la librería y que yo, sin más razón que la costumbre de haberlo visto siempre ahí, había sentado, al menos en mi imaginación, como su propietario natural. Desde hace algunos días mi librería de viejo ha pasado a formar parte de las cosas que han desaparecido de este mundo. No han dejado, como es costumbre hacer en estos casos, un letrero indicando la nueva dirección del negocio; por el contrario sobre las vitrinas vacías un anuncio invita a alquilar el inmueble. Es por ello que temo que el cierre de la librería se deba al fallecimiento de aquel viejillo que la atendía. En un mundo en el cual los contactos cara a cara pasan a ser rápidamente sustituidos por encuentros virtuales, este personaje regordete y de curvada espalda que iba entre los estantes extrayendo libros para recomendarlos a sus clientes, no me parecía una anacrónica figura literaria de la literatura fantástica del novecientos sino más bien un ejemplo de sana porfía por mantener uno de los aspectos más mágicos de la relación entre el humano y ese medio tan antiguo y mutable que llamamos libro. Y es que era realmente mágico recorrer los estantes de libros clasificados por temas o idiomas y encontrar de pronto el ejemplar aquel tanto tiempo buscado, como si este hubiese estado descansando eternidades ahí, esperando pacientemente a que uno lo descubra. Mágica era igualmente el aura del propietario (o encargado) que disertaba gustoso sobre los poetas malditos franceses, la literatura clásica alemana, las novelas policíacas contemporáneas y que, frente a reincidentes como yo, se regocijaba en recomendar viejas ediciones o ejemplares extraños a precios razonables. De hecho ahí encontré una edición facsímil del musica getutscht und ausgezogen de Sebastian Virdung (1511) que contiene la primera, aunque incipiente, clasificación de instrumentos musicales en el mundo moderno, y la Relación del descubrimiento y conquista de los reinos del Perú de Pedro Pizarro (1577), primo hermano del conquistador, publicada por la editorial Futuro de Buenos Aires en 1944, y una edición de las Metamorfosis de Ovidio en latín, publicadas en el lejano año de 1912 en la ciudad editorial alemana de Leipzig. Todo esa magia que despedía el recinto se ha ido a algún lugar inmaterial con el cierre de la librería.

Quizás lo que más me acongoje de la desaparición de mi librería de viejo no sea el destrozo insalvable de lo que Anthony Giddens con razón ha llamado la carroza de Jagannath de la era moderna, en analogía a aquella de Krishna que arrasaba con cuanto le salía al paso, sino el percibir que el tiempo también pueda matar tan impunemente una parte de mi pasado. Pues esa librería de tomos polvorientos y amarilleados, la cual no visitaba desde que dejé Colonia “para siempre” hace tres años, para volver inusitadamente 18 meses después, funcionaba en mi universo cotidiano como el referente real de un tiempo remoto, como un nexo con otros “Yos” anteriores al mío actual, que moldeados ahora por el trajín de los años posteriores, vienen a veces, ya idealizados, a presentarse como más felices y más prósperos. Quiero pensar por eso para reconciliarme con mi optimismo habitual y distanciarme de las apocalípticas lamentaciones de los enemigos de lo nuevo, que lo que me apena profundamente de la desaparición de mi librería de viejo es que con ella se muera materialmente uno de mis recuerdos en esta ciudad que me ha adoptado más de lo que yo la he adoptado a ella. Tal vez estas líneas no den sino testimonio de la urgencia mía de sentir un ligazón entre las palabras y las cosas. Tal vez por eso tenga la necesidad de escribir sobre esa desaparición, como una forma de trasponer la referencialidad de la librería como objeto en el mundo real a esta materialidad que establece la fijación de los signos de la escritura sobre el papel en blanco (o su versión virtual en la computadora que en el fondo es lo mismo). Platón decía que escribimos para superar la muerte. Hoy se me antoja que a veces escribimos para que no se nos mueran las cosas. Ya decía yo que todo es movimiento, mutación, nacimiento. Y mi librería de viejo del Mauritiussteinweg se transforma ahora en esta evocación escrita que quiere recuperar de alguna forma una de las tantas cosas queridas que Cronos tan injustamente nos arrebata.

© 2012, Julio Mendivil. All rights reserved.

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Nací en Lima y vivo en Alemania. Escribo literatura, toco charango y, en mis ratos libres, dirijo el Center for World Music de la universidad de Hildesheim. He dirigido la cátedra de etnomusicología en el Instituto de Musicología de la Universidad de Colonia, Alemania y soy docente no numerado de la Universidad de Música, Teatro y Media de Hanóver. He ejercido la critica musical en diarios y revistas latinoamericanos y europeos. Actualmente soy vocero del grupo de etnomusicología de la Sociedad de Investigación Musical de Alemania y presidente de la IASPM-AL (International Association for the Studie of Popular Music-Rama Latinoamericana).