El 27 de marzo de 1923 Lenin escribió en una misiva a Don Carlitos Marx que los constantes conflictos internos que vivía la Revolución de los Soviets no tenían ningún fundamento teórico para ser rebatidos si uno se atenía estrictamente a las obras del filósofo alemán. Por eso, aunque no directamente, le rogaba que, junto con su inseparable amigo Engels, se hiciera al trabajo de una segunda parte de su famoso manifiesto en aras de superar los males reales del socialismo y contribuir una vez más a la aclamada revolución mundial. Marx respondió al dirigente ruso –como consta en el tomo XVII de las Obras Completas (Instituto Marxista de Berlín, Berlín 1948) en el cual se publica la carta– que, puesto que temía que el comunismo se desarrollara más en los países oprimidos que en aquellos en los cuales el proletariado ya había logrado la toma del poder, bien haría Lenin en dignar su mirada a los países del llamado tercer mundo y en especial a los escritos de un moqueguano, fundador del partido comunista peruano, y enemigo por igual, de reaccionarios y ortodoxos.

Ese mismo año, mochila y melena al hombro, habíase dado Marx al nomadismo llegando al Perú –hasta la avenida Larco en Miraflores, para ser más exactos– donde la casualidad quiso que encontrara la librería Minerva, en la cual, asimismo, halló algunos viejos ejemplares de Los Sietes Ensayos y de En Defensa del Marxismo. Que Marx se abocó al estudio de la obra mariateguista con entusiasmo puede desprenderse de los extensos párrafos que transcribió a Lenin en 1923. Como este: “No queremos, ciertamente que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica”. O este otro: ”El marxismo, donde se ha mostrado revolucionario –vale decir donde ha sido marxismo– no ha obedecido nunca a un determinismo pasivo y rígido”. O este otro de corte tan postmodernista: “Los verdaderos revolucionarios, no proceden nunca como si la historia empezara con ellos. Saben que representan fuerzas históricas, cuya realidad no les permite complacerse con la ultraísta ilusión verbal de inaugurar todas las cosas”.

En 1924 una suscripción a Amauta llegó del Kremlin. Entre los documentos históricos de la librería Minerva –que, por supuesto, pertenece a la familia Mariátegui– se encuentran la facturas correspondientes a cada envío, así como las de los que el líder soviético de entonces pagara para un amigo, por esos días muy ocupado con el Koumintag como para andar perdiendo el tiempo con asuntos teóricos. Al morir Lenin –dicen fuentes no oficiales– Trostzky habría aprovechado la confusión del momento para hacerse de las obras del peruano y partir rumbo a México. De haber permanecido éstas en Moscú, quizás la historia del socialismo habría sido otra.

Según fuentes fidedignas, en 1960 la librería Minerva ofreció las obras completas de Mariátegui con una rebaja de 35% por razones de simpatía ideológica al gobierno chino. Días después en una corta misiva diplomática el cónsul chino se disculpaba ante la familia Mariátegui al tener que argumentar una negativa: la tercera espada del marxismo no hablaba la lengua de Cervantes.

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Nací en Lima y vivo en Alemania. Escribo literatura, toco charango y, en mis ratos libres, dirijo el Center for World Music de la universidad de Hildesheim. He dirigido la cátedra de etnomusicología en el Instituto de Musicología de la Universidad de Colonia, Alemania y soy docente no numerado de la Universidad de Música, Teatro y Media de Hanóver. He ejercido la critica musical en diarios y revistas latinoamericanos y europeos. Actualmente soy vocero del grupo de etnomusicología de la Sociedad de Investigación Musical de Alemania y presidente de la IASPM-AL (International Association for the Studie of Popular Music-Rama Latinoamericana).