Por Vera

Por una postergación voluntaria, pienso, porque cuando me encontraba en la casa de mis abuelos, ubicada en una zona portuaria en el Sur de la Argentina, tenía demasiadas tareas para hacer: ir a cuanto cabaret había –con las predecibles blenorragias que adquiría cada verano–, compartir marihuana y borracheras  nocturnas con entrañables amigos, leer por curiosidad y placer, ya que mis abuelos tenía un kiosco de diarios y revistas, y recibir el amor de ellos –cuando se es muy joven no sabemos realmente cuánto se nos quiere– el libro estuvo por muchos días sobre el viejo escritorio que había pertenecido a mi madre. Porque aquellas cosas ocurren en casa de nuestros abuelos: de un día para otro, surgen como avisos del pasado objetos para nosotros desconocidos. Y todo eso,  producto de una nueva limpieza en la casa.

 Pero era el título, de sucinto nombre La cárcel, y la tapa –una acuarela en tono sombrío– que cada vez que mis ojos se topaban ocasionalmente con el libro, me prometían alguna vez leerlo. Una noche, supongo de insomnio, lo agarré por fin. Lo que leí en la solapa no hizo más que encender mi imaginación: Jesús Zárate, su autor, era colombiano. En aquellos años, para alguien criado en la ciudad de Buenos Aires,  ese origen sonaba exótico. Completaba esta curiosa visión la suerte de  Zárate y el libro: cinco años después de la muerte de su autor, La cárcel obtuvo el Premio Planeta de Novela 1972.

 La novela la leí de un tirón. En esas horas me interesé por el destino de Antonio Castán –preso por un crimen que no cometió– y sus compañeros de celda: Mister Alba, Braulio y David Fresno, cada uno con distintos atributos, sensibilidades para el delito. No voy hacer un análisis del libro, eso que lo hagan otros.  Sólo recuerdo el clima de aquella historia deudora de la mejor literatura rusa del siglo XIX: Gogol, Dostoievski, Tolstoi.

 En vida, Zárate había publicado algunos libros de cuentos como No todo es así y las novelas El día de mi muerte y El cartero. Ninguno encontró lugar en el gusto de los lectores, y mucho menos en la crítica. De profesión abogado, tuvo cargos diplomáticos en España, Estados Unidos, Cuba, México y Suecia. Habitualmente escribía  artículos en el diario El Espectador,  de Bogotá.

Como el Gatopardo, de Giuseppe Lampedusa, otra gran novela póstuma, la historia de La cárcel se debe a la fe ciega de buenos lectores –en este caso su viuda y su hijo mayor Héctor–  un tributo al muerto, y acaso una compensación a las horas gastadas en la soledad de un cuarto.  Zárate terminó la novela en 1961. Por insistencia de su hijo, que en ese entonces tenía 20 años y era estudiante de abogacía, la mandó a la editorial Tercer Mundo, donde fue rechazada.  Cinco años después de su muerte, Héctor y su madre rescataron el manuscrito: se dieron cuenta que Zárate le había hecho nuevas correcciones. Ambos pasaron a máquina la novela y bajo el seudónimo de Pablo Lepanto decidieron enviarla al Premio Planeta.

 Jesús Zárate se convirtió en el segundo escritor latinoamericano en ganar el galardón (el primero fue el argentino Marcos Aguinis por La cruz invertida, en 1970). A la editorial no le hizo ninguna gracia saber que el autor había fallecido años antes. A partir del incidente con La cárcel, se puso la cláusula de que quedaban excluidos de participar los autores fallecidos antes de anunciarse la convocatoria. Por esa razón, muy pocos ejemplares de la novela se distribuyeron en América Latina. Para la familia Zárate, que pudo recibir el monto del dinero del premio, desde la edición de la novela se han vendido más de medio millón de copias. Por asuntos de derechos de autor, sin embargo, La cárcel  no se publicó por otras editoriales.

Pero si a veces los hombres no tienen tanta suerte, con los libros sucede lo contrario: hay una segunda oportunidad. En el caso de La cárcel, una tercera también. Una vez que la familia del autor recobró los derechos, recién a principios del siglo XXI, y después de que otras editoriales de España y América Latina hubieran rehusado una reedición, la novela tuvo su versión en inglés, Jail. El encargado de llevarla a otro idioma fue Gregory Rabassa, quien ha traducido novelas canónicas como Cien años de soledad y Rayuela. En el libro If This Be Treason: Translation and Its Dyscontents, A Memoir, Rabassa cuenta la historia del descubrimiento. Fue por otro hijo del escritor, Néstor, que viviendo en New York le acercó la obra para que la leyera. En pocas hojas el norteamericano supo que tenía un nuevo trabajo por delante.

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Hernán Vera Alvarez, a veces simplemente Vera, nació en Buenos Aires en 1977. Es escritor y dibujante. Ha publicado el libro de cuentos Grand Nocturno, Una extraña felicidad (llamada América) y el de comics ¡La gente no puede vivir sin problemas!. Es editor de la antología Viaje One Way, narradores de Miami. Muchos de sus trabajos han aparecido en revistas y diarios de Estados Unidos y América Latina, entre ellos, El Nuevo Herald, Meansheets, Loft Magazine, El Sentinel, Nagari, Sea Latino, TintaFrescaUS, La Nación y Clarín. Ha entrevistado a Adolfo Bioy Casares, Carlos Santana, Ingrid Betancourt, María Antonieta Collins, Gyula Kosice, Sergio Ramirez, Maná, Gustavo Santaolalla, Gustavo Cerati, entre otros. Vivió ocho años como un ilegal en los Estados Unidos donde trabajó en un astillero, en la cocina de un cabaret, en algunas discotecas, en la construcción. Desde el 2012 también es ciudadano americano. A fin de año publicará su libro de ensayos Lit Argentina. Blog: www.Matematicasencopacabana.blogspot.com