Hoy fue un día distinto, la verdad.

La electrónica me divierte mucho, pero me cansa estar durante tantas horas frente a la pantalla y encerrada en ese ambiente de laboratorio, mientras mis energías quieren explotar de tan poco movimiento. Por suerte en Beijing hay tantas cosas que ver y lugares por dónde pasear, así que, escapándome por ahí los fines de semana, es mucho más fácil aguantar el ritmo de esta carrera.

Como ninguno de mis compañeros se lanzó a la aventura, hoy hice sola el viaje hacia Mutianyu, uno de los tramos de la Gran Muralla. Bueno, no tan sola. En el autobús se sentó un chico de Perú a mi lado y comenzó a hablarme en inglés rápidamente y sin parar. Yo pensaba que esta zona era menos turística y planeaba pasear tranquilamente por la Muralla, pero nada más lejos de esa idea.

Cuando intentaba entender ese extraño inglés y comenzaba a responder con señas, aparecieron 3 caras sonrientes detrás de su hombro y de repente me convertí en una especie de guía china para 2 peruanos y 2 argentinos.

El trayecto fue largo y enredado. Cambiamos de autobús dos veces y a decir verdad, estos chicos tuvieron suerte de encontrarse conmigo. En medio de una calle solitaria, tuve que negociar un minibus que sin piedad cobra a los extranjeros diez veces el precio real, pero bueno, un par de horas después llegamos por fin a la entrada de la Gran Muralla. Les compré tickets de estudiantes a todos -con sus carnets de identidad (eso me lo confesaron después)- y subimos en un teleférico un tanto enclenque. Si ese aparato llega a caerse desde tan alto en medio de la vegetación de la montaña, no hay duda que sería una muerte segura, pero por suerte logramos llegar hasta arriba sanos y salvos, y aunque un poco asustados todo se nos pasó cuando vimos frente a nosotros nuestra maravilla del mundo. El regalo chino al mundo, que aunque no es verdad que se ve desde la luna -como dicen por allí- se llevó todo el protagonismo de inmediato. Comenzamos bajando un poco, pero ya se veía Mutianyu en pleno, de hecho en el recorrido nos encontramos a un grupo de alumnos de alguna escuela de dibujo pintando los mejores ángulos de la construcción de más de dos mil años de antigüedad. Algunos se detenían en el detalle de las piedras o en los techos de las torres que hay cada doscientos metros, pero la mayoría dibujaba esa serpenteante muralla que ondea sobre las montañas y parece nunca acabar.

Vimos a una niña rusa bañada en sangre en el camino, menudo recuerdo se llevó de la Gran Muralla. También una novia de rojo, posando con su novio para su álbum de bodas -aunque recién se casarán en Junio- y ellos, los peruanos, se encontraron con tres familias de españoles que con una felicidad inexplicable les contaron que mañana recogerían -después de 3 y 5 años de espera- a suschinitos de los centros de adopción. Contaron los padres adoptivos dónde habían sido encontrados los bebés y se me puso la piel de gallina. Uno estaba dentro de una caja en un sucio mercado, otro entre dos puentes envuelto en una manta y el otro en la puerta de la consulta de un doctor. Uno de los padres parecía estar en trance angelical, era la segunda vez que venía a adoptar y no paraba de decir que la suerte la tenía él y no necesariamente los niños. A mis 21 años nunca me había preguntado cuántos niños sufren el abandono de sus padres en China.

Nos hicimos fotos. Comimos algo por allí. Admiramos la muralla durante varias horas y bajamos en tobogán. Si. Una de las mejores partes de la tarde es la bajada. Mis compatriotas piensan en todo y esta ha sido una buena solución. A cambio de recargar los pobres teleféricos, toda la montaña se puede bajar en un carrito, parecido a un trineo, sobre una resbaladera de metal. En 8 minutos estás abajo y con la adrenalina a tope. Es el único tramo de la muralla que tiene ese descenso y sin duda es un plus.

Regresamos cabeceando en el autobús, fue día agotador. Y nos despedimos en el metro intercambiándonos los mails. Lo malo es que ya no podré verlos de nuevo. Mañana se van de Beijing, unos de regreso a Argentina y los otros a seguir viajando por allí.

Yo volveré a la vida del estudiante aunque con una idea nueva en mente. Tal vez pronto, en unos años, vaya a conocer otra maravilla del mundo, aunque esta vez tendré que ir más lejos, hasta Machu Picchu en el Perú.

Diana -como la bautizó su profesor de inglés / Carlita -como la bautizamos nosotros. Nacida hace 21 años en Guangxi, al sur de China. Estudiante de Electrónica en la Universidad de Beijing. Hija única.

 

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Comenzamos a viajar en Noviembre del 2010 y ya hemos recorrido varios países alrededor del Mediterráneo. Este Febrero, damos un salto hasta la India donde estaremos dos meses. Sigue aquí nuestros reportajes, anécdotas y secretos de viaje... Haremos todo lo posible para que veas Más allá de tus Narices. Nos caracteriza cierta insensatez e improvisación. Nos aburre el sistema y sus trampas. Si no es ahora, no es nunca. Queremos mirarlo todo, captarlo-editarlo y publicarlo. Conocer más mundo, sus culturas y sus diferencias… MASALLADETUSNARICES.COM