LA GRAN MENTIRA

José Luis Muñoz

Muchas veces me he preguntado por la relatividad de los actos según en donde estos se cometan, como si la latitud o las coordenadas los hicieran más impunes en unos lugares que en otros. Por ejemplo, la mentira.

La mentira tiene efectos letales en Estados Unidos si quien incurre en ella es un político y la casuística es amplia. Hace cuarenta años The Washington Post, con los periodistas de investigación Carl Berstein y Bob Woodward que tiraron del hilo informativo a la cabeza, hizo un gran servicio a la democracia desmontando las mentiras de un presidente norteamericano indigno de ocupar la más alta jefatura de su país, Richard Nixon, y forzó su dimisión a raíz de sus revelaciones. Aseguró Dick el Mentiroso, sobrenombre por el que fue conocido a partir de aquel momento, no tener nada que ver con el escándalo Watergate, el espionaje republicano en la sede demócrata llevado a cabo por funcionarios de la CIA, y esa doble felonía, espiar y mentir negándolo todo, le costó la presidencia el 8 de agosto de 1974.

Otro presidente, por muy diferentes motivos, y que en Europa causaron estupor porque no se suele indagar en la vida privada de nuestros políticos que pertenece a su estricta intimidad, estuvo a punto de ser defenestrado cuando negó una y otra vez una relación sexual con su secretaria en el Despacho Oval de la Casa Blanca; al final Bill Clinton se salió por las ramas afirmando que para él una felación no era sexo y nadie le creyó. Lo que muchos interpretaron como una clara operación republicana para defenestrarlo aprovechando la conocida debilidad del primer mandatario por las mujeres ?  un procedimiento más dulce: a Kennedy lo echaron del cargo a balazos?  no surtió efecto y Clinton se mantuvo al frente de la Casa Blanca y su prestigio político e intelectual quedó intacto.

Claro que hubo otros presidentes cuyos errores, mentiras y engaños tuvieron consecuencias mucho más graves, que se cuantificaron en centenares de miles de muertos, y no rindieron cuentas ante nadie. El cúmulo de despropósitos, falsas pruebas, mentiras, errores criminales y desconocimiento de la situación que llevó a George W. Bush a invadir y destruir Irak quedaron impunes, y el responsable de todo ese criminal estropicio vive tranquilamente en su rancho de Texas sin que ningún juez le haya llamado a declarar para pedirle explicaciones por su proceder y las nefastas consecuencias de sus acciones.

Tengo la suerte, aunque a veces es una desgracia, de pertenecer a un país mediterráneo en donde el engaño y la mentira es algo bastante común en la clase política y poco escándalo suscita desde que un ilustre servidor público, hoy retirado, dijera en un ataque de sinceridad que venía a la política a forrarse y muchos otros siguen su estela. En mi país cuando un político es sorprendido cometiendo una acto delictivo, o protagoniza una conducta poco ética, nunca lo reconoce y menos hace acto de contrición como es habitual en bastantes políticos norteamericanos. El Rey fue una ilustre excepción cuando entonó, después de romperse la cadera en una de sus cacerías en África, el Me he equivocado, no lo volveré a hacer como si se tratara de un niño pequeño sorprendido en una travesura. Quizá haya buscar la explicación de esa tendencia a la mentira y al engaño en nuestras latitudes en que el catolicismo es muy laxo para el pecado, mientras que el calvinismo es mucho más estricto.

Hay un asunto político, pero también criminal, que lleva muchos años sacudiendo a la sociedad española y que coloca a mi país en la portada de muchos diarios o encabeza noticieros televisivos muy a nuestro pesar, una trama de corrupción política que es, en buena parte, causante de nuestra depauperada situación económica y de los inaguantables recortes salariales y sociales que estamos sufriendo de un tiempo a esta parte. El caso lo llamó la policía Gürtel, porque esa es la traducción al alemán del apellido del cabecilla de esa red mafiosa que estuvo actuando durante muchos años al socaire del Partido Popular que gobierna ahora mi país. La mancha de la trama mafiosa, como tinta en un secante, a pesar de todas las trabas que se le ha ido poniendo  ? una de ellas apartar al juez Baltasar Garzón de la instrucción por una discutible irregularidad cometida?  se va extendiendo y ya llega a las más altas esferas del estado cuando implica directamente al tesorero y gestor durante muchos años del partido político que ha amasado una cuantiosa fortuna de la que no puede dar explicación cabal salvo lisa y llanamente apropiación de lo ajeno.

Como sucede en cualquier novela o película sobre la mafia, porque estamos hablando de mafia, aunque no haya por medio pistolas ni muertos, aunque pueda haberlos si las circunstancias lo requieren, el pacto de silencio, la omertá, mantenida de forma escrupulosa por todos los implicados en esa grandiosa trama de corrupción por cuyo sistema venoso circulaba el dinero negro de las empresas que era blanqueado en las arcas del partido y devuelto de nuevo a las empresas en forma de contratas y adjudicaciones onerosas para el tesoro público (sofisticada ingeniería financiera, un eufemismo que me hace mucha gracia porque confiere una pátina de dignidad a lo que no es más que una burda estafa), se fue rompiendo a medida que una justicia implacable, de momento no corrompida, empezó a meter el bisturí en ese montón de basura, y cuando comenzaron a caer, y a entrar en la cárcel, algunos de sus peones, la baraja se rompió y se empezó a hablar.

La similitud del caso Gürtel con el Watergate es que ambos atañen a las más altas jerarquías del gobierno y que la prensa ? el diario El Mundo y El País, pese al abismo ideológico que existe entre ellos, han capitaneado esta batalla por esclarecer, hasta el final, los hechos ? ha tenido parte importante en ello. El presidente del gobierno Mariano Rajoy ha sido directamente acusado por el arrepentido Bárcenas, que no actúa como ciudadano modélico sino por salvar su propia piel, en una primera instancia, y por venganza ahora, al sentirse abandonado por los suyos cuando siente en sus carnes el rigor de la prisión y ve el mundo exterior a través de unas rejas, de cobrar irregularmente durante una serie de años, algo que no ha podido negar el acusado porque una contabilidad manuscrita de diez años atrás así lo detalla, y de mantener una relación de chantajeado con el chantajista que ahora está en prisión y que lleva meses amenazando con contar todo lo que sabe. La publicación de una serie de SMS cruzados entre ambos, que el presidente ha negado de forma sistemática, prueba que el presidente de la nación mintió al decir que no se comunicaba con el presunto delincuente, y lo hizo, además, en sede parlamentaria, lo que agrava su posición. También ha negado no saber nada de esa doble contabilidad presuntamente existente en su partido y que prueba su financiación irregular durante más de veinte años, lo que, de ser cierto, habla bien poco a su favor como gestor público porque demuestra que no se enteraba de nada de lo que ocurría entre sus filas, pero lo sabía, evidentemente. Lo que en otros países del entorno europeo situados más al norte habría supuesto la asunción de responsabilidades y la dimisión inmediata del político afectado cogido en falta?por tejemanejes en multas de tráfico y copias de tesis doctorales, pecata minuta, han dimitido ministros en Reino Unido y Alemania ?, para así poderse defender en una previsible cusa penal, y no digamos en Estados Unidos, no se produjo y nuestro presidente, desafiando a la oposición, y a una población que le demanda explicaciones por una conducta deshonrosa, amenaza con no dimitir y seguir en su puesto hasta las próximas elecciones.

Al deterioro económico que sufre mi país, se une este insoportable deterioro moral de las instituciones políticas tocadas en la base de flotación por la corrupción y que afecta a varios partidos políticos, pero principalmente al que gobierna, y está dando un pésimo ejemplo a la ciudadanía al no dar explicaciones. ¿Con qué altura moral los que trampean y tienen una conducta irregular pueden pedir sacrificios y rectitud a los ciudadanos que gobiernan? Tendremos que asistir, si finalmente se produce y el poder político, como ya ha hecho con anterioridad, no interfiere el curso de la justicia, al espectáculo bochornoso de un juez llamando a declarar al presidente del gobierno para que éste finalmente se vaya a su casa, en una clara berlusconización de la vida política de mi país.

España se ha hecho mundialmente famosa por los desahucios, además de por la corrupción. Mientras hay miles de casas vacías, que ni se venden ni se alquilan, se arroja a la calle y a la exclusión social a miles de familias cuyo delito es no poder pagar su vivienda porque perdieron su empleo y no tienen fuentes de subsistencia. Algunos no pueden aguantar quedarse sin casa, que es infinitamente peor que quedarse sin empleo, y se arrojan al vacío cuando revientan los agentes judiciales la puerta de su vivienda, lo que es una diferencia notable con lo que sucedió en el crack del 29 en EE.UU en el que los accionistas arruinados eran los que saltaban al vacío. El único desahucio que verían todos los españoles con muy buenos ojos y lo aplaudirían, y me apropio de una brillante idea de mi buen y combativo amigo Rafa Garzón, sería el del Palacio de la Moncloa, sede de la presidencia del gobierno.

 

*José Luis Muñoz es escritor. Sus últimos libros son Llueve sobre La Habana (La Página Ediciones, 2011), Patpong Road (La Página Ediciones, 2012) La invasión de los fotofóbicos (Atanor Ediciones, 2013) y La doble vida (Suburbano Ediciones, 2013)

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José Luis Muñoz

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) escritor, crítico de cine y literario y articulista de opinión, es uno de los veteranos exponentes del género negro español con 45 libros en su haber. Barcelona negra, Pubis de vello rojo, Mala hierba, Lifting, Lluvia de níquel, La caraqueña del Maní, El mal absoluto, La frontera sur, Marea de sangre, Tu corazón, Idoia, Llueve sobre La Habana, Ascenso y caída de Humberto da Silva, Cazadores en la nieve y El rastro del lobo son algunas de sus novelas. Ha obtenido los premios Azorín, Café Gijón, La Sonrisa Vertical, Tigre Juan, Camilo José Cela e Ignacio Aldecoa, entre otros. Dirige la colección La Orilla Negra de Ediciones del Serbal, preside la asociación cultural Lee o Muere y es el comisario del festival Black Mountain Bossòst.
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