La dictadura de la posibilidad

prepsEl mundo, a día de hoy, sabe que el mundo no se extinguió a día 21 de diciembre de 2012. A principios de este mismo año, en Sub–urbano ya les invitamos a descreer de tan delirante predicción y les ofrecimos, en cambio, una mucho más plausible: que 2012 sería una mierda. Sólo tiene usted que repasar las cabeceras europeas para comprobar que no andábamos desencaminados. Si bien, admitámoslo, tal vaticinio resultaba poco arriesgado.

En todo pronóstico se asume un riesgo de error, y es esta consideración la que muchas veces amenaza todo un modo de vida: la de los muy creyentes, porque se arriesgan a haber malgastado sus buenos años en la apuesta por el más allá; la de los muy ateos porque se arriesgan a quedarse sin más allá en su apuesta por sus buenos años; la de los tristemente famosos preppers, porque se arriesgan a perder dinero, salud y, más aún, a quedar como gilipollas, en su apuesta porque un enorme planeta gigante e indetectable por todos aquellos instrumentos instalados o fletados al espacio (sí, también esos que incluso vislumbran el fondo de radiación cósmica) pero predicho por unos indios con un sistema cronométrico circular, se estrellaría indefectiblemente contra la Tierra en una fecha muy concreta.

Nuestra protagonista de hoy opina que tiene importancia recordar a estos individuos que han hecho el imbécil, porque la humanidad suele comportarse de forma bastante transigente con estas comunidades y lo único que así se consigue es quedar emplazado a un próximo y cercano e ineludible fin del mundo.

Herta Tellkemp: Cada cual sostiene las cruces que escoge. Pero debería ser responsabilidad de los demás apuntar a aquellos cuya cruz se construye mediante el delirio. Por aquello del contagio o de la posible institución de jerarquías ordenadas en ese delirio.

Herta Tellkemp es una brillante física teórica y estadística, la cual, como cualquier genio, ha reconducido sus estudios a la militancia en un modelo que plantea preguntas y respuestas no solo sobre su campo, la ciencia, sino sobre la condición humana, sea lo que sea esto.

Herta Tellkemp: No me importa que alguien tome la decisión de arruinar su vida con esquemas de comportamiento emocionalmente atractivos pero racionalmente estúpidos. Lo que me preocupa es que una proliferación de aquellos, por contagio o por ignorancia, acabe por producir una pirámide jerárquica donde arriba se sitúen los más chiflados y debajo los inteligentes. Ocurrió en Europa desde la caída de Roma hasta la caída del Muro. Y sigue ocurriendo en los países árabes. Si no hubiera sido por la irrupción del monoteísmo obligatorio, la humanidad, a estas alturas, habría colonizado Marte. Las personas aprovechan cualquier oportunidad para creer cualquier cosa. Porque acogerse a determinados patrones alivia sus miedos, les sitúa en el centro de un plan cosmológico perpetrado por un ente que se preocupa por ellos y que les dará cobijo más allá de la muerte. Es comprensible.

Herta demuestra, con palabras como estas, un raciocinio frío y desmedidamente robótico. Nada más lejos de la realidad, como veremos más adelante. Por ahora, se conforma con afirmar:

Herta: A mí, el hecho de que provengamos de las estrellas y de que el azar nos haya regalado la posibilidad de mirar durante un instante por una ventanita minúscula en mitad de un espacio insondable y de un tiempo inmensurable, me resulta tan poético que apenas estoy segura de merecerlo.  Mi único creador es la probabilidad.

Así que Herta, azote de la superchería y la patraña, defensora de la realidad, de las normas de la realidad, de la retórica de la realidad.

Richard Dawkins: Herta ha sido siempre una inspiración para mi trabajo y un faro en mis momentos de flaqueza. Cuando acudí a la Iglesia de la Nueva Vida para debatir con el pastor creacionista Ted Haggard, que me acuso de llamar animales a sus hijos y nos expulsó de su templo, yo escuchaba la voz de Herta animándome a continuar. Cuando viajé a Jerusalén y discutí a gritos, temiendo por mi integridad física, con un fanático islamista que nos recriminaba por vestir a nuestras mujeres como prostitutas, oía palabras de Herta reconfortándome en tal situación escabrosa.

Por supuesto, el 2012 de Herta Tellkemp se ha visto invadido de previsiones mayas. Los numerosos artículos que ha escrito para revistas científicas y universidades no tenían como fin demostrar lo falso de las profecías, sino alertar contra un mundo en el que tales mensajes son tomados en serio por una considerable parte de la población.

Pero hete aquí que a medida que transcurren los meses, algo empieza a contaminar los pensamientos de Herta.

Recordemos que la doctora Tellkemp posee profundos conocimientos de estadística, como cualquier físico teórico hoy día. La cuántica introdujo la exigencia de que cualquier explorador del universo diminuto conozca las leyes de la probabilidad. Comprender el sentido pleno de estas leyes ha moldeado la filosofía de la profesora Tellkemp. Ella conoce los números. Y sabe que, en un segmento temporal casi infinito, no existe casi nada que el azar no pueda crear y ‘descrear’. El azar ha podido incluso unir todos los ingredientes precisos para componer vida. Pues bien: una sombra ocupa el raciocinio de Herta y allí se ha atrincherado y allí se ha hecho fuerte. Y tiene que ver con eso: con la probabilidad.

Todo estudioso del cosmos sabe que SÍ es posible que el mundo termine el 21 de diciembre de 2012. Siempre que no confundamos la palabra posible con la palabra probable, y que tengamos en cuenta que una sola oportunidad entre miles de miles de trillones queda convertida por arte estadístico en posible. Asimismo, todo estudioso del cosmos también se encuentra en posición de enumerar las diversas causas candidatas a finiquitar el mundo. Algunas de ellas ocurrirán con seguridad, si no se les adelanta una competidora: la Tierra será devorada por nuestro Sol agonizante, la Vía Láctea colisionará con Andrómeda, provocando nuevos vectores de atracción gravitatoria que podrían terminar con nuestro planeta en cualquier helado rincón del universo… dentro de millones de años. Otras no tan futuras, menos probables y menos letales, pero más dramáticas: el supervolcán de Yellowstone, meteoritos, rebeliones robóticas, invasiones extraterrestres, pandemias…

Pero la que obsesiona a Herta se trata de aquella categoría exterminadora compuesta de formas destructivas totales y presentes, por muy improbables que sean. Sobre todo, tres: el colapso de vacío, un agujero negro intruso en el Sistema Solar y, su favorita, una explosión de rayos gamma.

Richard Dawkins: ¿Por qué tu favorita?

Herta Tellkemp: Oh, el colapso de vacío me veo obligada a considerarlo porque constituye una opción teórica plausible. Pero nunca ha sido observado allí fuera, como los otros dos fenómenos. Un agujero negro errante tropezando con nuestro planeta se me antoja sexy, pero no dejaría títere con cabeza… ni sin cabeza. El mundo se apagaría como una bombilla, no habría tiempo para que nuestro cerebro simulase túneles con luz blanca al final ni voces invitándonos cariñosamente al paraíso, ni para que la vida pasase ante nuestros ojos. Todo resultaría mecánico y prosaico. Un hacerse la nada justo después de nuestro todo. Confieso que me apasiona imaginar qué unidad temporal se aplicaría al momento que dista entre una humanidad levantando la frente ante el cosmos y un puntito de radio cero e infinitamente denso en el que no existe ya ni humanidad ni frente ni cosmos. Solo un vacío de observadores, solo una carencia de descripciones, nombres y verbos.

Richard Dawkins: Sí, pero, ¿y los rayos cósmicos? Si la fuente de la erupción se halla en un radio de menos de tres mil años luz, también causaría ese efecto.

Herta Tellkemp: Me interesan las erupciones más lejanas. Las que provocarían una extinción similar a la del Pérmico. Las que desintegrarían la capa de ozono y quemarían todo ser vivo expuesto.

Richard Dawkins: Pero, ¿por qué, Herta? ¿Por qué esta locura? Con lo mucho que hemos luchado para iluminar el camino del método científico, traicionas a tu causa uniéndote a los charlatanes, a los majaderos milenaristas, a los acólitos de Nostradamus, a…

Herta Telkemp: Pues porque los únicos supervivientes a esa destrucción serían ellos. Los preparados. Los preppers. A mí no me importaría morir pero, si la milmillonésima posibilidad de que una erupción de rayos cósmicos calcine la Tierra el mismo 12 de diciembre llegase a suceder, ¿te imaginas qué tipo de mundo resurgiría de tales cenizas? ¡Un mundo de predicadores, de creyentes, de profecías, de monsergas y monserguistas, de gárrulos, de…! No me hagas hablar que me enciendo.

Richard Dawkins: Entonces, ¿no crees en la profecía?

Herta Tellkemp: ¡Claro que no! Me siento obligada a sobrevivir para ser la persona que explique a toda esa recua de descerebrados que la destrucción se ha debido a una minimísima casualidad, y no al designio de un Dios o de un alienígena  vinculado no se sabe cómo a aquella civilización precolombina.

Richard Dawkins: Pero Herta, tú misma lo has dicho: ¡La milmillonésima posibilidad! ¡Se estima que en cada galaxia solo se produce un brote de rayos gamma cada quinientos mil años! ¡Y que ocurra justo ese día! ¡El 12!

Herta Tellkemp: Richard, cada cual erige su propia cruz y debe emplearse en sostenerla. El terror que me produce dicha situación me parece cimiento suficiente para la mía y la de otros tantos. Soy una cruzada.

Richard Dawkins: Pierdes la cabeza.

Herta Tellkemp: Soy una cruzada.

Richard Dawkins: Continúo hablando contigo por la estima de tantos años. Por favor, razona. Y, aún así, si esa idea demencial sucediera, ¿cómo crees que podrías convencer a esos ignorantes de que un suceso tan extraño ha tenido lugar sin intervención sobrenatural, justo el día que ellos esperaban que iba a suceder, personas que ya creen en la profecía del fin del mundo sin necesidad de que una falsa prueba apoye su demencia?

Herta Tellkemp: Quizá yo no sea capaz, Richard. Pero, si consigo no ser quemada en ninguna hoguera, enseñaré a mis hijos a transmitir nuestros valores, y ellos se los transmitirán a sus hijos, y quizá entonces, cuando empiece a pensarse en el gran cataclismo tan solo como un recuerdo, surja una comunidad de apóstoles del mensaje que… Richard, debes unirte a mí… ¡Entra conmigo en el búnker, Richard!… Eh… Richard… ¡Richard!…

Para entonces, el doctor Dawkins ya cruzaba la calle esquivando el intenso tráfico rodado.

Meses después, Herta se ve obligada a mudarse a Estados Unidos. No encuentra, en la ilustrada Alemania (‘Viva Europa’, piensa para sí misma, en un alarde más de esquizofrénica inconsecuencia) los medios suficientes para asegurar la auto conservación. Nadie se preocupa lo suficiente de comercializar raciones de campaña, potabilizadores, generadores de alcohol, ni mucho menos armas cortas y munición de asalto en Alemania. Sí, existen determinados distribuidores, pero nada comparable a Norteamérica, donde la preparación constituye una auténtica cultura. Aterriza en Atlanta, con visado de turista, el 21 de septiembre. Ocupa la casa con búnker que localizó a través de Internet e hizo que un agente comprara. Ahora debe asegurar y acondicionar su madriguera.

Herta se sorprende a sí misma coincidiendo en tiendas de armas y comida enlatada con otros preppers.  A algunos de ellos termina conociéndolos por su nombre de pila; está Jay Lee, con un Sagrado Corazón tatuado en la frente; está Don, que lleva una escopeta calibre doce y comida y agua para tres días en el maletero de su coche, por si acaso el fenómeno se adelanta; está Dolly, mucho más preocupada por la profecía maya que por la diabetes implacable en la que han derivado sus doscientos kilos de peso. Ocultando sus verdaderas convicciones, Herta se reúne con ellos para estudiar técnicas de supervivencia halladas en páginas web de todo el mundo.

El calendario corre. Hace tiempo que no entra en contacto con antiguos compañeros de la universidad, ni investiga qué tipo de burlas acerca de ella circulan  en los foros académicos. No quiere ni pensar qué dirán en la redacción del Science. Ni mucho menos en cómo estarán aprovechando su cruzada revistas que se titularán Astrology Today o Misterious Digest o como quiera que sea. ‘Científica cosmológica, antes militante escéptica, se prepara para el fin del mundo vaticinado por los mayas’, supone Herta. Y, de hecho:

Jay Lee: ¡He leído un artículo en el que aparecías, hermana! ¡No sabes el bien que le haces a nuestra causa, que Dios te bendiga!

Herta Tellkemp: …

El día 20 de diciembre, Herta no se molestó en madrugar. Despertó a su marido y a sus dos hijos. Desayunaron con hambre. Aprovecharon las comodidades sanitarias de su recién estrenada y muy norteamericana casa. Al atardecer, descendieron tranquilos y ordenadamente al búnker.

Hijo de Herta Tellkemp: Mamá, ¿crees que mañana volveremos a la superficie?

Herta Tellkemp: Lo más probable es que sí, hijo.

Hijo de Herta Tellkemp: Pero, ¿no es igual de probable que el mundo se acabe pasado mañana o dentro de dos días a que lo haga el día 21? ¿No nos has enseñado eso, mamá?

Herta Tellkemp: Efectivamente.

Hijo de Herta Tellkemp: Entonces, ¿nunca vamos a salir de este búnker?

Herta Tellkemp: Sí, hijo. Saldremos.

Hijo de Herta Tellkemp: ¿Por qué?

Herta Tellkemp: Porque si el mundo se destruye cualquier otro día que no sea mañana, ninguno de esos imbéciles habrá tenido razón.  Y ya no será mi problema.

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