Historia del Traidor y el Camión de Hielo…

Manejaba mi viejo Volvo por la Turnpike North con rumbo a Davie, Broward county, totalmente desconectado del mundo -lost in space– como suelo hacerlo cada vez que tengo que ir a trabajar en algún empleo eventual de supervivencia, es decir, en esos trabajos que, como dijo el ex presidente mexicano Vicente Fox, «no los quieren hacer ni los negros». Las notas de La mia storia tra le dita, de Gianluca Grignani, me trasportaban desde la copia ilegal del CD-Mix a épocas más felices de salud, dinero y -eeh- amor…
Justo cuando empezaba a escuchar el tema siguiente -A far l’amore comincia tu- y a soñar con Raffaella Carrá en sus fabulosos treintaitantos, un pitazo, luces de bengala y una manada de policías con el hígado revuelto por el calor, me desviaban de la ruta hacia el borde derecho de la autopista. Pensé en elevar mi revolucionaria voz de protesta, pero antes de que me salga el primer
«gallo» recordé que llevaba casi tres años sin licencia de conducir, sin visa válida y sin pretextos valederos ni en inglés ni en español, así que me aparqué calladito detrás del último coche en la interminable fila de vehículos «secuestrados» mientras seguía recordando que mi seguro estaba vencido y la placa prestada correspondía a un maltrecho Toyota del siglo pasado, arrumado en  un taller amigo a la espera de ser canibalizado. Varios metros hacia adelante, al comienzo de la fila, divisé un grupo de camiones nuevos, rodeados por hombres y mujeres con casacas azules con un logo muy grande en la espalda que decía «hielo» pero en inglés (ICE), por lo que pensé que había habido algún accidente donde estaban involucrados trabajadores de alguna fábrica de hielo seco. Caminé unos pasos hacia adelante sólo para percatarme de que los muchachos del hielo estaban armados y ponían contra la pared a una fila de gente extraída de los vehículos a los cuales esposaban como delincuentes comunes. Un auto cercano, con las mismas siglas, llamó mi atención. Tenía bajo el logo de ICE un marbete que rezaba: U.S. Immigration and Customs Enforcement, es decir «La Migra». Una sonrisa automática, involuntaria y estúpida, apareció en mi rostro. Quedé congelado en pleno infierno de Miami. Se me aflojó el estómago, empecé a sudar frío, a hablar solo, a buscar en mis bolsillos documentos que nunca existieron; cogí de mi auto una botella de agua helada que para entonces ya estaba tibia y me la bebí despacio, como si fuera un inglés tomando su té hindú a las five o´clock en Mumbai. Miré a los arrestados: de lejos se
les notaba el fenotipo característico latino, del cual carezco para bien o para mal; los arreaban como ganado hacia los camiones-buses de la policía de migraciones… La indignación y la impotencia que sentía me hicieron reaccionar a lo bestia y tiré un portazo que casi revienta los cristales de mi automóvil. Una bella policía de carreteras, que más parecía una actriz rusa de películas porno, se acercó a increparme amenazante, a lo que sólo atiné a responder lo más gringo que pude: «Focking illegals! For the second time I will miss the appointment with the judge, I will lose the custody of my son!” El sentimiento maternal de la policía pudo más que su mente cuadriculada y con un tosco ademán me indicó que la siguiera con mi auto, abriéndome camino con su Harley-Davidson hacia la autopista. Enfilé hacia el norte lo más pegado a la izquierda que pude, pasando por toda la fila de «colegas ilegales» apresados o en vías de serlo. Un sentimiento de culpa me inundó de pies a cabeza. Ni las caricias ni los coqueteos de mis eventuales compañeras de trabajo, exuberantes negras haitianas y jamaiquinas, lograron devolverme la
sonrisa por esos días…

GinoNzski.
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