Tarde extraña en la que me desplacé hasta esa zona del norte de Madrid que rara vez piso, y mira que en su día nos movíamos bastante por esos cuzcos, bravos murillos, estrechos alvarados y hasta torre Europa y pijerío tontiloco de los años 2000.
Gran descubrimento la calle de los Artistas. Me encantó el itinerario que tenía que describir, hasta el objetivo de tal galería de arte/presentódromo de libros: calle de los Artistas, calle Dulcinea y calle Quijote, hasta coronar más tarde una vía de nombre menos ilusionante, como la de comandante Zorita, y quién sería este militroncho, seguro que ningún santo. Porque en este barrio todas las calles son de franquistones de tapadillo, aunque la biografía de capitán Haya creo que tenía su intringulis, y paso de mirar wikipedia a estas horas, pero ahí queda eso. 
La calle los Artistas, qué cosa sinuosa y casi transgresora en ese barrio cerebral, urbanizado, coñazo, como de burócratas de medio pelo, de ministrables frustados, de secretarios de la UCD que algún día tuvieron un despacho lustroso. Hoy leí en un estado de Facebook, no sé ya de quién, que animaba a hacer cosas inútiles, sin sentido, perder el tiempo, perderse incluso… como modo más rápido de alcanzar, el arte, la creatividad. 

Quizá el esfuerzo creativo tengo algo que ver con eso, con las ganas de salir de la espesura, de cierto bosque en que uno se ha metido. Hay que buscar, pues, esas latitudes boscosas, diremos, en plan Battiato. Y, sí, lo apunté ayer, podía estar Franco, y ahí estaba, estuvo, y me quedé con tan solo una frase de su discurso algo caótico antes de presentar la impresentable Musikanten

Soy un fascinado por el budismo tibetano. 

El acto en cuestión en la calle del militroncho estaba de bote en bote. Mi presencia en ese lugar era un tanto difícil de justificar, y menos aún para aguantar, en mi estado levemente griposo, largos minutos de pie, escuchando vaguedades. 
Así que largué, seguido por una cierta vocecilla interior que me confirmaba lo pertinente de la acción. Y volví sobre mis pasos y de pronto afloró un terreno conocido, y ese paisaje ajeno pasó a ser propio y lo reconocí al instante, como el piso de mi antigua novia, en aquellos primeros años de conquista de Madrid. Vi el bar donde una tarde de julio leí en prensa que un tal José Luis Rodríguez Zapatero había sido elegido secretario general del PSOE. Alcé la vista y vi aquel piso, en el que pernocté no pocas noches. En esas alturas, había hecho el amor hace casi 13 años; de pronto, el barrio me pertenecía de alguna manera.

Calle Reina Mercedes

Me adentré en los feísmos latinos próximos a Bravo Murillo y di con una librería horrible que parecía más bien una lavandería 24 horas, pero con unas ofertas bastante tentadoras, en plan DIA libresco. Cinco libros, diez euros. Tenía tiempo, tenía la paz de la seudogripe, así que me puse a husmear entre los estantes como si no tuviera nada más que hacer en mi jodida vida. Tal fue mi celo escrutador que la tipa me tuvo que animar a irme, porque eran más de las nueve y había que cerrar. 

Ayer pensé en largarme una temporada, no sé a dónde, ese escapismo temporal como idea balsámica, y me entró el miedo de estar en el extranjero y no tener libros en español, buenos libros. Tengo muchos libros, pero no siempre los libros que a uno le apetece. Compré estos cincos libros, que en general me apetecen, y me alegré de no haberme quedado en la presentación, aunque ahí dentro se encontraba una mujer de la que me han hablado maravillas, y a la que iba a ser presentado: 

Nueve cuentos, JD Salinger
Antología poética, Federico García Lorca
Bob Dylan, Jordi Sierra i Fabra y Jordi Bianciotto
Leyenda del César Visionario, Francisco Umbral
Homenaje a Paul Auster, Herralde (ed)

(perdón por las erratas, es tarde…)

© 2013, Eduardo Laporte. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorUn pedacito de Francia que ha sabido adaptarse muy bien a las palmeras de Miami Beach
Artículo siguienteLa partida de Nelly Munguía, voz y alma del Sara Sara

Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):