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Esta serie del Macropost quizá venga en el peor de los momentos. Pero creo que por otra parte es un asidero necesario para seguir sintiéndome pegado a la escritura. Recuerdo a una alumna del taller literario exponiendo las pejigueras que implica la menopausia; ese proceso de adolescencia al revés en que la naturaleza te envía uno de sus mensajes crueles (ya no eres fértil, te haces vieja) sin paños calientes ninguno. Esa naturaleza que es como es, sin ética ni moral, y que sin embargo no nos genera odios ni la criticamos. Quizá el creyente debería acercarse a su dios de una manera similar, o no cuestionar tanto sus posibles designios. 
Total que la mujer menopáusica necesita, de vez en cuando, una mirada masculina, un destello de deseo, un piropo obsceno. Para seguir sintiéndose mujer, no una carcasa biológica que comienza a replegarse. 
Así que quizá por eso la pertinencia de estas líneas, para seguir sintiéndome escritor escribiendo. Esa del escribir sobre el acto de escribir que, ¿es escribir? 
Qué suerte haber nacido hombre, por cierto. 
Es oportuno porque escribir tiene algo de meditación: no pones la mente en blanco, pero sí que piensas solo una cosa, la que estás escribiendo en ese momento y eso es algo que produce bastante placer, la focalización del pensamiento. Apresar, por unos segundos una idea, tensa, viva, correosa, por la que uno se pasea como por un desfiladero, siempre a punto de caernos; quizá la literatura tenga algo de actividad de riesgo, de alpinismo de salón, a saber. 
Ayer me propuso Paco Bescós ir a la presentación de la última novela de Guillermo Roz, que seguramente esté muy bien y sea una de las mejores voces narrativas de nuestro tiempo. Le comenté que cada vez estoy menos para novelas. Como si me aportaran más caos que otra cosa, cuando lo que yo quiero es desfilar por el carril unitario de una idea, de una sensación, no de todas a la vez. Y para eso se necesita algo que te atrape de una forma que la novela, con su artificio y su aparato, no siempre consigue. A mí por lo menos. Lo mismo con la última de Víctor del Árbol, Respirar por la herida, que debe de ser buenísima, pero qué cuesta arriba se hacen esas casi 600 páginas sin haber comenzado ni una. 
Hablábamos en el anterior post de la necesidad de avanzar hacia el centro. Son muchos los elementos que nos marean y nos confunden, empezando por las redes sociales, que nos llenan de voces el cerebro. A menudo reniego de mi condición de periodista cultural o avanzo a duras penas por esa etiqueta profesional, por esa cosa de tener que leer, asumir, empezar, terminar, comentar, criticar y entrevistar a tanta gente con tantos libros, todos interesantes, y lo digo esto sin ironía ninguna. 
Recuerdo al personaje de Solo, de Cuatro amigos de David Trueba, al que envidiaba cuando me regalaron ese libro, en junio de 1998. No entendía su hastío ante una actividad a todas luces envidiable, como la de periodista de escritores y gente interesante. 
Esta mañana pensaba, en el metro, en Robinson Crusoe, el libro, que leí en el invierno de 2004. Y pensaba en cómo los libros han de leerse cuando tocan, y no por prescripción profesional. Solo así dejan poso y son válidos. Y recordaba también ese tesón del náufrago para luchar contra los elementos, y su recurso a las actividades manuales para no volverse loco y tener siempre algo en movimiento, un proyecto. Y su apego a una espiritualidad, codificada y quizá rígida en su caso, como la procedente de la Biblia. Y en tantos momentos de felicidad como los que alcanza, a su manera, el naúfrago metido a hedonista forzado. El hedonista que aprende a ser feliz en la renuncia, que es quizá la acepción más válida de este término, según mi tío Julio, al menos.
Así que quizá no sea tan impertinente esta serie del MACROPOST ni estén tan fuera de lugar estos escritos, ahora que me acuerdo del bueno de Robinson, que pasó por Pamplona en el ficticio  y nevado otoño del año 1688. 

© 2013, Eduardo Laporte. All rights reserved.

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Eduardo Laporte

Eduardo Laporte

Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):