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Me gusta este invierno de antibiografía. Pasan pocas cosas, no hago biografía, hiberno vitalmente. Así como necesitamos la noche para poner en orden todos nuestros estímulos, lo asimilado durante el día, creo que necesitamos el invierno para no vivir, para asimilar todo lo que nos ha ido pasando durante el resto del año. Y para coger fuerzas para volver a vivir, durante la primavera, verano y el otoño, que es estación para enamorarse. Yo lo he hecho en las cuatro, soy así de fácil. 
No me gustan los grandes fastos durante el invierno. No me gusta el carnaval, los premios Goya, los Oscars. No me gusta la tamborrada de San Sebastián, pero sí ese día jovial que era San Blas, en Pamplona, con sus pirulís milagrosos, que servía de medio excusa para no ir a clase por la tarde. Porque a nosotros nos tocó la época escolar en que había que ir al colegio todas las putas tardes, no como ahora. 
El invierno es una etapa para volver al centro. Para quitarse de mierdas. Para deshacer toda esa hiedra biográfica, cultural, que nos complica el camino. Creo que fue Sting quien dijo que era “un hombre de invierno”. Tiene un disco sobre el invierno. Me gusta Madrid porque, aunque suave, se vive el invierno, hay una experiencia de invierno. No podría vivir en Barcelona, con ese pseudoinvierno. Quizá la mala baba de ciertos catalanes venga de ahí, de esa no-existencia de inviernos que impide el encuentro con uno mismo, recuperar el centro. Decía también Sting que hacía, o hace, cinco veces el amor con su mujer cada noche.

Runner in the fog, de Juan Sorbet, desde Manhattan.

Leo un libro sobre Leonard Cohen. Cuenta cuando tuvo que refugiarse en el monasterio zen de Los Ángeles, el de su maestro Roshy. Dice que un monasterio es en realidad un refugio para gente herida. El anhelo de un invierno purificador, pero que dure incluso cinco años, como estuvo Cohen en su retiro zen. Y me levanto a por la cita en cuestión (envíen sus mensajes, con la palabra NAUGRAFO, al 27979, si quieren agradecer este detalle):

“Después de la gira de presentación de The Future estaba totalmente dislocado. Había bebido muchísimo y mi salud había caído en picado. Entonces decidí retirarme y cuidarme como nunca lo había hecho. Al fin y al cabo, un monasterio zen es un lugar de rehabilitación para personas traumatizadas, personas que han sido profundamente heridas, destruidas, mutiladas por la vida diaria; y llega un momento en que ya no puedes más”. 

Lorca, el flamenco y el judío errante. pag 293. Alberto Manzano. Ediciones Alfabia
La idea de que no hacen falta más monasterios, sino más inviernos.

Ayer leí a Jules Renard: “Los muros de provincia sudan rencor”. 
A veces pienso, precisamente, que es en la provincia donde uno puede recuperar ese centro. Y no en este dislocado Madrid tan presto a la estridencia.
No hay que tener demasiadas experiencias, nos sugiere un sabio Pablo D’Ors en Biografía del silencio
Y aquí cotizan al alza.

The long and winding road, de Irene Antúnez.

© 2013, Eduardo Laporte. All rights reserved.

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Eduardo Laporte

Eduardo Laporte

Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):