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El otro día, en una fiesta en la que hubo sexo, drogas y house, porque se ve que el rock’n roll no se lleva ya, me dijo un tipo que me había borrado de Twitter porque “solo dices banalidades, macho”. Me ha vuelto a agregar, porque en persona le debí de parecer menos banal, y mentiría si dijera que no me afectó ligeramente ese comentario, porque significa que no soy inmune a las críticas. Y llevo un tiempo como inmune a ellas, excesivamente inmune, en lo artístico-literario.  Y eso no es bueno. Criticadme, por favor.
Creo que ha llegado el momento de abandonar esta literatura yoísta, dar el salto hacia los demás, hacia el mundo; concluir esta fase como la de un largo entrenamiento y dejar paso, ya digo, al mundo.

Ya veremos.

Me irritan los autores que se citan a sí mismos en los libros. Lo hace Manuel Vilas, Alberto Olmos y Agustín Fernández Mallo. Lo hace Paul Auster en ‘Ciudad de cristal’, y también en ‘Leviatán’, con un Peter Aaron, que tiene las mismas iniciales que el escritor americano. Pero a Auster se lo perdonamos, porque es uno de los padres de estos juegos de manos metaficcionales. También a Cervantes, que cita en ‘El Quijote’, no sé en qué fase. Y a Sánchez-Ostiz, que lo hace, como nota al pie de página, en ‘La nave de Baco’, si la memoria no me falla.
En la novela que transcribo, también me he citado, y supongo que irritaré al futuro lector. Pero es un ejercicio de literatura transmedia, una invitación al lector a buscar en Google la foto en la que sale el menda, y de la que se habla en un momento dado. Oh, qué ggggenial.
Cuándo se cansara uno, o sea yo, de ser materia literaria de uno mismo. Tolstoi escribió ‘Infancia’, ‘Adolescencia’ y ‘Juventud’, y luego dio el salto a los Relatos de Sebastopol. Coetzee también escribió ‘Infancia’, y después una genial ‘Juventud’, pero siguió, de un modo más o menos fiel, pegado a si mismo. ‘Verano’, una de sus obras maestras, es una muy recomendable vuelta de tuerca sobre la autobiografía. Con no pocas dosis de autoflagelamiento y casi ridiculación de uno mismo. Los detalles sobre una falta de brío en el plano sexual de John Maxwell Coetzee son, cuando menos, valientes.
¿Por qué escribir sobre nosotros mismos? ¿Por egocentrismo? ¿Por falta de temas mejores? ¿Por una honesta y verdadera necesidad de indagar en nosotros mismos y, con ello, indagar en todos los demás? Los ensayos de Montaigne van por ahí.

© 2013, Eduardo Laporte. All rights reserved.

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Eduardo Laporte

Eduardo Laporte

Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):