Vivo estos días con el retrovisor puesto, aunque solo lo miro a ratos. Y son ratos que me gustan, como si estuviera viviendo el aniversario de una efeméride propia. Siempre he pensado un hombre, una persona, tiene que tener su propia cultura: sus hitos, su folclore, su gastronomía, un lenguaje característico,  incluso unos cuadros propios. Un kitsch kunderiano personal e intrasferible, vaya. Y que al unirse con otra persona, esa cultura individual devenga algo más grande, social, incluso. En un país de dos. 

Celebramos fiestas de santos que ni siquiera sabemos dónde nacieron, qué hicieron, cómo se ganaron su santidad. ¿Por qué no celebrar, rememorar, las experiencias gratas del pasado? Me veo ahora como el último flâneur, el que fui en esos días de junio de hace justo un año, animado por el descubrimiento de X, pero también algo cansado de deambulajes demasiado trillados en solitario. París, incluso. En esa ciudad, verano del 99, ejercí de flâneur, libreta en mano, sin saber que existía esa etiqueta y sin conocer toda la literatura en la que luego he buceado, la del paisaje urbano, las ciudades, la memoria, la de una cierta melancolía. La del paseo y la observación. 

La del El robinson urbano de Muñoz Molina, que leí con avidez en julio de 2004, y que luego dio nombre a mi novela fallida, titulada en plan remedo como El náufrago cosmopolita. De ahí viene, un poco, todo. 

Ayer estuve en mi antigua casa, la de la calle San Lorenzo, para recoger unos libros que no pude llevarme en un primer momento. Algunos de ellos firmados, como los de Miguel Veyrat que con suma amabilidad me envió a finales de 2008. Entre ellos, también, despreciado en un primer momento, Fenêtres de Manhattan, del citado Muñoz Molina, que compré en esa enorme librería que es Gibert Jeune, en la plaza Saint-Michel, dentro del meollo de Saint-Germain-des-Près. Me apetecía leer en francés, porque entonces me apetecía todo lo francés, construir, cultivar, ese otro yo mío, descuidado quizá demasiados años. Lo compré con la excitación con que se compran los libros sobre el lugar en el que, previsiblemente, seremos felices: en apenas dos semanas me iba con dos buenos amigos a Nueva York. 

El libro, claro, viajó de París a Nueva York, y luego lo seguí leyendo en Madrid. Los tres escenarios de mi última novela, y pienso ahora que este libro tiene mucho valor dentro de mi particular museo de las efemérides íntimas. Hice bien en rescatarlo, ayer. Y, hoy, cuando pensaba en todas historias personalísimas, caí en la cuenta de que lo debía de haber comprado justo hacía un año. Lo abrí con la esperanza de encontrar mi propia firma, y ahí estaba, como recién salida de una larga y solitaria hibernación. 

© 2012, Eduardo Laporte. All rights reserved.

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Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):