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El Mesías ante el Ejército. Luego que lo enjuiciaron, el Alto Mando Militar celebró una reunión con la Junta de Transición, que fue velada al público. A la salida, el nuevo general supremo dijo: “En las Fuerzas Armadas la responsabilidad es institucional”. La Junta de Transición aseguró también que ningún oficial sería acusado por los desmanes cometidos durante el régimen del Mesías.

 

El Mesías ante el Pueblo. Después esposaron al Mesías y lo llevaron y entregaron a un nuevo juez de la Corte Suprema. El nuevo juez le preguntó: “¿Eres tú el responsable de la antigua revolución?”. Y él respondió: “Tú lo dices”. Y el fiscal lo acusaba de muchas cosas. El juez de nuevo le interrogó: “¿No te defiendes? ¿Hiciste todo esto solo?”. Pero el Mesías se compungió hasta el punto que el juez se maravilló con tal sensibilidad.

Por el enunciado democrático participativo, que seguía vigente aún con el nuevo gobierno, recién instaurado, el pueblo elegiría de viva voz si indultaba al Mesías o votaba cuál sería la representante anual del certamen Miss Universo. Y el nuevo Consejo Electoral preguntó: “¿Qué preferís?”. Las televisoras estatales aclamaron el concurso de belleza y se olvidaron de su Mesías.

El nuevo juez preguntó entonces: “¿Qué quieren que haga con el Mesías?”. Y los del pueblo respondieron: “¡Mételo preso y acaba con su revolución!”. Y el juez preguntó: “¿Y no creéis que haya algo que se pueda rescatar?”. Y la gente, azuzada por la Oposición, clamó más alto: “Nada, mételo preso y acaba con su revolución”. El juez, entonces, queriendo satisfacer al Pueblo, hizo desfilar a las misses y mandó al Mesías a la cárcel.

 

Coronación de quiebras. Los fiscales acusaron al Mesías y llamando a las autoridades bancarias, le involucraron en la quiebra que sufrían las instituciones financieras públicas y las entidades privadas propiedad de sus amistades y familiares, y comenzaron a recitarle: “Los auxiliaste subrepticiamente sin que quedara registrado el dinero que les dabas”. Y le sacaban evidencias de tener cuentas cifradas en el exterior, al mismo tiempo que le embargaban los bienes que tenía en el país, aunque todavía no sabían el nombre de todos sus testaferros.

 

Crucifixión. Desposeído de poder y de riqueza, transmitieron el proceso en su contra por todos los medios de comunicación. Lo condujeron a un lugar donde habían sido enterrados sus enemigos en sepulturas anónimas y colectivas. Le mostraron imágenes de adoloridos familiares de víctimas de la represión que pedían justicia. Lo embargaron y repartieron los bienes de su propiedad que encontraron en las residencias que todavía no habían sido saqueadas por el Pueblo, echando a suerte entre los vencedores de la contienda lo que se llevaría cada uno.

Los titulares de prensa decían de él: “¡Tirano!”. La confiscación de los bienes se extendió a los secuaces que permanecieron fieles a la Revolución. Los que le juzgaron le insultaban y decían: “¡Bah! ¡Tú que te hacías llamar redentor de la Patria, redímete a ti mismo y limpia tu imagen de sanguinario y ladrón!” También los que veían cómo requisaban sus tesoros le pedían que los salvara del despojo y del suplicio de la opinión pública. “Todavía puedes exculparnos”, le decían.

 

Muerte del Mesías. Desde la hora sexta hasta la hora nona, los noticiarios transmitieron los escándalos financieros, políticos, sociales e, incluso, familiares de los que podían enterarse. Y en horario estelar se oyó el grito que profirió el Mesías cuando ingresaba en prisión: “¡Enemigos del Imperio, por qué me habéis abandonado!”. Algunos de sus antiguos aliados, al oírle, firmaron comunicados deslindando su política internacional de aquella revolución, con minúsculas.

El Mesías expiró políticamente cuando fue encerrado en la mazmorra de donde no saldría en tres décadas. Y el Trópico se rasgó en dos nuevamente. Una parte del Pueblo frente a él, al verle encarcelado así, exclamó: “Verdaderamente era un revolucionario”. Había varias personas mirando de lejos, que le habían apoyado en todas sus reelecciones, y otras muchas que se habían enriquecido con la política del caudillo.

 

Sepultura del Mesías. Llegada ya la tarde, el nuevo general supremo de las Fuerzas Armadas se atrevió a ir hasta el juez para pedirle que le entregara el cuerpo del Mesías, ahora que, desprovisto del favor del Pueblo, yacía sin vida política. El juez admirado que el Pueblo le volviera la espalda tan pronto, preguntó a uno de sus discípulos si aquello era cierto y él le respondió que así era. Al saberlo, concedió que el Mesías fuera con el nuevo general supremo, que le compró un sombrero y un habano y lo depositó en la isla del Viejo Caudillo. Algunos de sus fieles seguidores miraron a dónde se exiliaba.

 

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Doménico Chiappe (Lima, 1970) [www.domenicochiappe.com] Ha publicado el ensayo Tan real como la ficción, herramientas narrativas en periodismo (2010), la novela Entrevista a Mailer Daemon (2007), los libros de cuentos Párrafos sueltos (2003, reed. 2011) y Los muros / Les murs (ed. bilingüe, 2012), y la obra Tierra de extracción, elegida por Electronic Literature Organization para su antología ELC2 [http://collection.eliterature.org/2/] como una de las mejores obras de literatura multimedia. Se crió en Venezuela, donde ejerció como periodista, y reside en Madrid.