Evangelio según san Trópico: 14

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REBELIÓN Y CAÍDA

Conspiración del policía. Los partidarios del Mesías se lanzaron a la calle para acallar las protestas populares que comenzaban a escucharse y, como había violencia, un jefe de policía decidió proteger a la gente que se emancipaba. Puso a sus hombres a custodiar las manifestaciones opositoras, haciendo que el trabajo de los revolucionarios fuera más difícil.

Unción en el palacio. Estando el Mesías en su residencia, llegó un comando civil con un contingente de armas automáticas; cargaron las kalashnikov y se apostaron a defender el palacio. Algunos de sus discípulos se mostraban indignados: “¿A qué viene tanta agresividad?”. Y se enfurecían. Pero el Mesías dijo: “Dejadlos, ¿por qué hablar de paz? Ellos vienen a defenderme de todo el que venga a protestar. Hacen lo que pueden. Se apresuran a luchar por mí, antes de que caiga el gobierno. En verdad os digo que donde renazca la Revolución, por todo el mundo, se hablará también de lo que ellos han hecho y se venderán carteles y calcomanías con sus rostros bajo una boina”.

 

Traición del guerrero. Entonces, uno de sus discípulos, actual ministro de Guerra, fue a donde la Oposición para poner al Presidente en sus manos. Ellos, al oírlo, se alegraron prometiéndole un cargo en el gobierno que sucediera al régimen. Y él alentó un plan para que los paramilitares se confrontaran con los civiles. La matanza sería una buena excusa para el alzamiento y legitimaría la traición de las Fuerzas Armadas.

 

Último recuento. Institución del fraude. El primer día que comenzaron las movilizaciones populares exigiendo la ida del Mesías, le dijeron sus discípulos: “¿Dónde quieres que nos protejamos de los desestabilizadores?”. Mandó entonces a dos discípulos y les dijo: “Debéis ir al aeropuerto militar y os saldrá al encuentro una avioneta. Subid y donde aterrizase, una isla, decidle al Viejo Caudillo: El Mesías dice: ¿Dónde está mi cuartel donde guarecerme con mis discípulos mientras dure el recuento de votos. Él os mostrara una mansión en un malecón con guaguancó, grande y habitada por mulatas. Preparad allí para nosotros”. Marcharon los discípulos, llegaron al aeropuerto y hallaron todo tal como se les había dicho.

Caída la tarde, llegó él en su avión privado. Y estando en aquella costa, dijo el Mesías: “En verdad os digo que uno de vosotros admitirá ante el Pueblo que hicimos fraude electoral, mostrará las pruebas y pedirá perdón”. Comenzaron a entristecerse y a decirse, uno tras otro: “¿Seré yo?”. Él les dijo: “Es uno de vosotros. Sí, el hijo de la Revolución se va, según sucede siempre en la historia del Trópico; pero ¡ay de aquel que lo traicione! ¡El Mesías retornará y no olvidará la afrenta!”.

Y mientras comían, planeó la estrategia para defenderse del alzamiento que se avecinaba. “Tomad este oro  y llamad a los paramilitares”. Luego les enseñó una lista y les dijo: “Tomad este armamento y llamad a las Brigadas Populares. En verdad os digo que yo no empuñaré personalmente ya ningún arma hasta el día que vosotros venzáis y yo pueda festejarlo”.

 

Predice el abandono de sus discípulos. Después de haber aparecido en la televisión tropicalísima junto al Viejo Caudillo, salió con sus discípulos de vuelta a su propio país. Y les dijo: “Todos tendréis en mí ocasión de huida, porque está escrito: ‘Derrocarán al dictador y sus esbirros se exiliarán’. Pero después que resucite, volveré a llamaros para gobernar otras docenas de años”. El jefe de Inteligencia Militar le dijo: “Aunque fueras para todos ocasión de huida, yo moriré defendiendo la Revolución”. El Mesías respondió: “En verdad te digo que antes de que caigan todas las defensas, habrás acudido a la Fiscalía a entregarte y llevarás expedientes de casos de corrupción en los que querrás involucrarme para salvarte”.

 

Agonía en la capital. Llegaron al palacio presidencial y dijo a sus generales: “Quedaos aquí, y velad”. Adelantándose comenzó a sentir terror a morir o a perder todo el poder amasado durante esos años y llamó por el teléfono rojo al Viejo Caudillo de la isla y le dijo: “¡Aparta de mí este cáliz! ¡Deja que me exilie en tus dominios! ¡Todo te es posible!”. Pero el Viejo Caudillo le dijo: “Y si abandonas, ¿quién mantendrá mis gastos? Quédate a luchar. No es todavía la hora de huir”. El Mesías le respondió: “Que no sea lo que yo quiera sino lo que tú puedas”.  Volvió y encontró a los militares durmiendo: “¡Generales! ¡Comandantes! ¿No habéis podido velad ni una hora? Velad y disparad, para que no podáis caer en la tentación de rendiros o negociar”.

De nuevo se alejó y al volver los encontró inactivos y dijo: “¿No habéis impartido la orden de ataque? Vestid vuestros uniformes y cargad vuestras armas, para que no caiga el gobierno sin sangre”. De nuevo se alejó para cerciorarse que los comandos paramilitares vigilaban tanto a los generales como a los civiles, listos para impedir cualquier maniobra contra él. Volviendo otra vez, encontró que los escuadrones de autodefensa y los mercenarios habían arremetido contra las miles de personas que hacían vigilia en las calles de la ciudad, pero el Ejército había intervenido para calmarles. “Levantaos. Ya no hay tiempo para salir del país pero todavía podemos garantizar que se respeten nuestras vidas”.

Pidió que los medios de comunicación que todavía tenía a su servicio le filmaran en vivo y directo y dijo “¡Se acabó! ¡Ha llegado la hora! He aquí que el Pueblo va a ser desposeído de su poder y toda la Revolución va a quedar a la deriva. Pero, aunque por ahora no hemos logrado nuestros objetivos, prefiero esta rendición momentánea para que los traidores no provoquen más muertes”.

 

Prendimiento del Mesías. Aún estaba hablando cuando llegó el ministro de Guerra y con él una gran multitud que representaba a la Oposición. El traidor había dado esta señal: “Al que yo bese, ese es”. Y cuando se acercó, le besó como solo se saben besar los militares entre ellos. Y la Oposición le echó mano y lo arrestó.

Pero uno de los miembros de las Brigadas Populares estaba apostado en un puente y disparó contra la multitud, matando a un par de civiles desarmados. Tomando la palabra, el Mesías les dijo a los militares: “¡Habéis venido a prenderme como a un invasor! ¡Todos los días os enriquecí y nunca me acusasteis! ¡Pero es para que me conviertan en un mártir!”.

Todos lo abandonaron y huyeron cuando trasladaban al Mesías hasta las dependencias militares donde permanecería preso. Un presidente de una nación vecina, Mesías en su propia Patria, le seguía, vestido solo con una chompa tejida con lana. Le echaron mano pero él, desmadejando la chompa, se escapó desnudo.

 

El Mesías ante fiscal. Llevaron al Mesías ante la Junta de Transición que gobernaría hasta que se convocaran nuevas elecciones presidenciales. El jefe de Inteligencia le había seguido de lejos hasta el juzgado donde le enjuiciaron. El nuevo fiscal buscaba un testimonio que presentara pruebas contra el Mesías, para encarcelarlo y, sobre todo, inhabilitarlo políticamente de manera definitiva, pero no lo encontraba.

Los cómplices que habían disfrutado de cargos en su gobierno pero habían sido relegados con el tiempo, atestiguaban sin demostrar nada. “Corrompió a las Fuerzas Armadas, desvió recursos para beneficiar a sus familiares y amigos, dividió al Pueblo, dio la orden de disparar contra civiles, quebró las leyes una tras otra”. Levantándose, el nuevo fiscal le preguntó: “¿No respondes nada a lo que atestiguan contra ti?”. Él callaba y nada respondió. El fiscal preguntó: “¿Eras tú quien daba las órdenes de todo lo que se hacía en tu gobierno?”. El Mesías dijo: “¡Yo soy el Pueblo! ¡Y veréis cómo resucita la Revolución y os condena a vosotros vuestras injusticias!”.

Entonces, el fiscal, rasgándose las vestiduras, dijo a la Junta de Transición: “¿Qué necesidad tenemos ya de más testigos? Habéis oído su propio testimonio que le incrimina”. Lo sentenciaron a permanecer en una cárcel aislada durante 30 años, lo que significaba que ya no podría volver al ruedo político. Y el Pueblo se burlaba de la Revolución mientras saqueaba los comercios que encontraban a su paso y se dirigía a las haciendas del Mesías y sus familiares, para desguazarlas.

 

Triple acusación del jefe de Inteligencia. Estando el jefe de Inteligencia Militar en el juzgado, otro fiscal lo miró y le dijo: “¿También tú eres cómplice?”. El lo negó, enseñando los expedientes que tenía en sus manos. El fiscal lo llevó ante el juez: “Este era culpable también de los actos del gobierno”. El jefe de Inteligencia lo negó otra vez, enseñando los papeles que había acumulado para cubrirse las espaldas. Lo llevaron ante la Junta de Transición: “Ciertamente, estas pruebas incriminan al Mesías”. Entonces le pidieron que descubriera todo lo que sabía, que era mucho, a cambio de inmunidad.

 

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Domenico Chiappe

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Doménico Chiappe (Lima, 1970) [www.domenicochiappe.com] Ha publicado el ensayo Tan real como la ficción, herramientas narrativas en periodismo (2010), la novela Entrevista a Mailer Daemon (2007), los libros de cuentos Párrafos sueltos (2003, reed. 2011) y Los muros / Les murs (ed. bilingüe, 2012), y la obra Tierra de extracción, elegida por Electronic Literature Organization para su antología ELC2 [http://collection.eliterature.org/2/] como una de las mejores obras de literatura multimedia. Se crió en Venezuela, donde ejerció como periodista, y reside en Madrid.