Pedro Medina

Uno de los escritores jóvenes más interesantes de la narrativa peruana es, sin duda, Carlos Yushimito (1977). Sus cuentos forman parte de nuestro “equipaje literario”. Hace algunos años ya, cuando en un taller de técnica narrativa nos dieron a leer su cuento “Seltz”, de inmediato supimos que a Yushimito había que leerlo. Fue así como llegó a nuestras manos el libro de cuentos Las islas (2006), una obra con sello único, ambientada en un Brasil mítico y patibulario, un territorio que no existía en el mapa, solo en el universo creativo del autor. Años después, le habíamos perdido un poco el rastro cuando de pronto una tarde, curioseando entre los escaparates de un Barnes & Noble, encontramos la edición de la prestigiosa revista Granta (2010) en la que lo seleccionaban como uno de los mejores narradores latinoamericanos menores de 35 años, nos dio mucho gusto, valga decirlo. Hace unos meses —quizás un año— en una avalancha de twittasos, vimos uno del sello Duomo Ediciones donde anunciaban la publicación de Lecciones para un niño que llega tarde (2011), el último de cuentos de Carlos Yushimito. Leímos este libro, el cual reúne todo su material publicado anteriormente, y confirmamos aquello que habíamos dicho años atrás: a este autor hay que leerlo.

Te fuiste del Perú en el año 2008. Dos años después fuiste elegido por la revista Granta como uno de los mejores narradores de tu generación. Actualmente publicas bajo el sello editorial Duomo (Barcelona) y tu nombre ya está claramente identificado como uno de los narradores peruanos más prometedores. ¿Qué ha significado en tu literatura haber dejado el Perú: mayores oportunidades en el mercado editorial? ¿Consideras que tu producción literaria ha mejorado desde que estás fuera de tu país? ¿O quizás un poco de cada cosa?

Para mí, salir del país no repercutió directamente en una mayor apertura editorial; vivo desde entonces en los Estados Unidos, lejos del centro del mercado editorial de nuestra área idiomática, que es España. Vivo en un circuito académico, reducido además a una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra, y hace casi dos años que no vuelvo al Perú, por lo que, técnicamente, nada de lo que hice tendría por qué haberme favorecido. Entenderás entonces por qué me desconcierta todo lo que me ha venido sucediendo, empezando por Granta. Cuando yo me fui del Perú tenía apenas dos libritos de cartón y una colección de cuentos publicada por un amigo mío, en un sello editorial minúsculo que ahora ya no existe.

Han sido coincidencias muy desconcertantes, en verdad, las que me han hecho visible fuera del Perú, sobre todo por la sencillez con que las cosas comenzaron a sucederme. Pero, al margen de todo eso (eso que, más que a la historia de los libros, pertenece a la biografía del autor), yo tampoco creo que haya que dejar necesariamente el país para sobresalir. Esa es una fea superstición nacional que, por lástima, comparten casi todos los países latinoamericanos. A la pregunta de si mi producción literaria ha mejorado desde que partí, te diría, con optimismo, que sí, más que nada porque tiendo a pensar que mi propia madurez debería influir sobre la calidad de lo que escribo: los años hacen que uno acumule más lecturas, aprenda o desaprenda a vivir, que sufra un poco, etc., y todo eso influye, creo yo, todo eso afecta para bien las cosas que hago y escribo, sencillamente porque me hago responsable por cada decisión que tomo e intento lidiar con sus consecuencias. Desde ese punto de vista, vivir fuera de mi país es uno de tantos factores que han afectado positivamente mi producción literaria, pero no creo, ni por asomo, que sea el más importante.

Uno de los principales objetivos de la revista Sub-Urbano es reivindicar la literatura en nuestra ciudad. Tú estuviste en Miami en el 2010, y una de tus actividades fue dar una conferencia en la feria del libro. ¿Qué imagen te llevaste de esta feria? ¿Qué podrías sugerir para que mejore? 

Mi paso por la feria del libro de Miami fue muy fugaz, tanto que yo no debería atreverme a darte una opinión al respecto. Sin embargo, algo sí creo que me pareció percibir: creo haber visto mucho flujo de gente, pero no estoy muy seguro de haber visto tantos lectores. Probablemente las cifras que muestran el volumen de compra, el tipo de textos que se compran, etc., sea un barómetro mucho más exacto que mi testimonio.

Esta pregunta ya se la hemos hecho a otros autores radicados en Estados Unidos y las respuestas varían mucho. Nos gustaría conocer la tuya, puesto que vives acá. Hay un número considerable de escritores hispanos destacados que radican en Estados Unidos, y no son pocos los que van adaptando su literatura al contexto en el que se desempeñan. Es el caso de Edmundo Paz Soldán, Yuri Herrera y Luis Hernán Castañeda, por ejemplo. ¿Crees que estemos ante una corriente literaria hispana gestante en Estados Unidos?

Quizás haga falta una perspectiva un poco mayor para evaluar este fenómeno. De momento, yo diría que esta corriente literaria hispana, como tú la llamas, podría estar replicando perfectamente lo que supuso en décadas anteriores, incluso a fines del XIX, para los autores latinoamericanos, el otro destino literario que era París. Claro que la adaptación, como bien dices, es mayor ahora en los Estados Unidos, tal vez porque la naturaleza porosa de los Estados Unidos adapta, integra mejor a sus migrantes, incluso desde esa apertura meritocrática que la estructura social aristocrática francesa nunca ha tenido. Solo hay que ver lo mal que lo pasaron los poetas modernistas, los lugares que ocuparon los escritores latinoamericanos en la vanguardia —salvo quizás Huidobro—, etc. Pero, más allá de eso, dado que la mayoría de autores que mencionas han llegado ya formados aquí, difícilmente se puede producir un mimetismo mucho más, digamos, estructural; a lo mucho, se percibe —al menos yo percibo— un cosmopolitismo, una sensibilidad más global, pero todo eso es superestructural, no penetra en una sensibilidad que pueda leerse como local. Eso está reservado claramente a los autores hispanos de raigambre afectiva más profunda, como Daniel Alarcón o Junot Díaz.

Háblanos un poco de tu obra. Empecemos por una pregunta que quizá sea un tópico, pero dada la particularidad de tus cuentos, la consideramos pertinente. ¿Cuáles son, más que tus influencias, tus principales referentes literarios? Tu literatura, desde sus inicios, tiene un sello particular, muy diferente de cualquier otra de tu país y de tu generación.

Esta siempre es una pregunta difícil de responder para mí. La voy a relocalizar en un lugar más cómodo, que es la lectura. Autores que me motivan a escribir, que me perturban, que nunca dejan de viajar conmigo: Felisberto Hernández, William Faulkner, Guimaraes Rosa, César Vallejo, Juan Rulfo. Autores que leí compulsivamente de joven pero que ya no leo (no por ningún tipo de militancia o aversión personal): Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Vicente Huidobro, Günter Grass, Ernest Hemingway, Kafka. Autores que leí y que podría, eventualmente, volver a leer: Truman Capote, Oquendo de Amat, Rubem Fonseca, Cervantes, Joseph Brodsky, Clarice Lispector, José Watanabe, Julio Cortázar, Nicanor Parra, Ítalo Calvino. Autores que he descubierto últimamente y con los que he quedado fascinado: Kobo Abe, Mario Levrero, Thomas Pynchon. Yo creo que mi propia tradición literaria es mucho más reducida y tal vez más dispersa; pero más o menos, moviéndose por diferentes edades y etapas, se nutre de esos autores, cuanto menos, como base (es probable que me esté olvidando de varios otros).

Tu obra está identificada por los cuentos. El cuento, como sabemos, es uno de los géneros más difíciles de dominar para un escritor. Además, el mundo editorial es muy exigente en la publicación de libros de cuentos. ¿Cómo definiste tu camino en este género? ¿Cómo surge tu inclinación por el cuento? ¿Qué nos puedes decir del dominio de la técnica del cuento para un escritor? En tu opinión, ¿cuán necesario es dominar la técnica narrativa del cuento para un escritor?

Personalmente, yo no creo demasiado en los decálogos de los cuentistas. Toda la experiencia de la escritura es siempre íntima, consecuencia de un proceso muy individual que no puede intentar uniformizarse a partir de preceptivas ni consejos. Hay cierta domesticación en eso, algo muy semejante a lo que ocurre con los talleres o las maestrías de escritura creativa, a los que me resisto muy profundamente. Desde el testimonio, puedo decirte que mi proceso es lento e intuitivo, algo disperso en cada una de sus etapas. Y que quizás está bien que así sea, porque refleja mi manera de hacer, en general, las cosas. A mí, al cuento como género preferido me lo ha trajo la lectura. También me lo trajo, probablemente, la poesía. Creo que todo lector de poesía apuesta siempre a la brevedad narrativa, que es mucho más compleja en su capacidad para sintetizar o condensar experiencias que la novela (que requiere de otro tipo de inversión de tiempo, por lo tanto, de otro afecto). De todos modos, creo que la lectura define sus propias réplicas sobre la experiencia del lector que escribe; se acomoda, sospecho, a su organismo, como lo hacen los alimentos. Por ejemplo, a mí las autobiografías, como los tomates, por lo general me sientan muy mal, pero hay gente que las disfruta, e incluso hay autores que las escriben de modo brillante, como Nabokov o Chesterton.

Para el lector es inevitable envolverse en los contextos o espacios físicos donde se desarrollan tus historias. Ya sea en el Brasil de tus primeros cuentos: “Bossa nova”, “Las islas”, “Tinta de pulpo”, e incluso ahora, en tu producción más reciente, “Los que esperan”, del libro Lecciones para un niño que llega tarde, se percibe a los espacios físicos como una suerte de lugares patibularios, pero míticos. ¿Hay algún planteamiento deliberado para lograr este efecto? ¿Es esta, quizás, una de tus obsesiones como escritor?

Para mí es difícil intentar teorizar mi propio universo literario de un modo tan específico. Pero, fíjate, yo me paso muchas horas metido en mi cabeza, imaginando, charlando conmigo mismo. A veces me resulta muy conveniente porque me da refugio a muchas conversaciones aburridas o innecesarias que no logro evitar. Pero cuando estoy escribiendo, cuando logro escribir, me hace feliz creer que soy capaz de traducir esa comodidad tan personal a través de la creación de atmósferas, de personajes que interactúan y construyen sus historias, y me hace feliz creer que soy capaz de hacer todo eso verosímil a un lector. También me encanta pensar que hay un universo creándose en todo lo que escribo que define un espacio y no al contrario; quiero decir, que no es el espacio el que define las historias. Ahora, siendo sincero, yo difícilmente logro pensar en espacios. Mi Brasil de Las islas ha sido eso en muchos aspectos; el centro de Lima de “Los que esperan” también. Son reminiscencias de espacios transitados no solo a través de la experiencia, sino también de lecturas, de muchas películas, de música que alguna vez oí. Entonces toda esa amalgama, toda esa esencia híbrida, adquiere la consistencia de un lugar de fondo, que existe sobre todo porque hay criaturas que las habitan. Yo quisiera creer que mis espacios son como el reflejo de esas luces que echan las criaturas abisales que avanzan por su oscuridad familiar. El cuerpo alumbrando el lugar por el que se mueve: un lugar panorámico definido, de pronto, por la fuerza que emana de la criatura que vive, que es narrada. Temer es sentir un espacio tembloroso; alegrarse es transitar un lugar con más luz. A eso me refiero siempre cada vez que elogio la creación de atmósferas como centro de una práctica narrativa.

¿Cuán difícil te resultó construir personajes infantiles que, además, sean de cierta manera retorcidos, como los que has presentado en tus cuentos “Las islas” y “Lecciones para un niño que llega tarde”? ¿Te costó lograr la verosimilitud necesaria?

En absoluto. Habiendo estudiado durante once años en un colegio de sacerdotes católicos, lleno de niños varones, crueles, como todos, en un país ya de por sí cruel, yo diría que he tenido mucha suerte antropológica.

Finalmente, Carlos, ¿qué nos puedes contar acerca de tus próximos proyectos literarios? 

Estoy trabajando en dos novelas, ambas diferentes entre sí. Una de ellas tiene título. Se llama: Los climas extraños y empieza con unos versos muy hermosos de Joseph Brodsky. Además, sigo escribiendo cuentos. A lo largo del último año he escrito algunas historias de tipo fantástico u onírico que se publicarán, con suerte, en un par de antologías este año o a comienzos del próximo. Mi idea es que también puedan reunirse en un único libro; pero todo dependerá del tiempo que tenga este verano para organizar mis archivos.

Muchas gracias.

© 2012, Pedro Medina León. All rights reserved.

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Nació en Lima, Perú, en 1977. Es autor de los libros Streets de Miami, Mañana no te veré en Miami, Lado B y Varsovia. Es editor de las antologías Viaje One Way y Miami (Un)plugged. En el año 2017 se produjo el cortometraje The Spirit Was Gone, inspirado en los personajes de su novela Lado B. Además es creador y editor del portal cultural y sello editorial Suburbano Ediciones. Como gestor cultural ha sido co-creador de los programas #CuentoManía, Miami Film Machine, Pido la palabra y Escribe Aquí –galardonado con una beca Knight Arts Challenge por la Knight Foundation Center-. También es columnista colaborador en El Nuevo Herald y ha impartido cursos de técnica narrativa en el Koubek Center de Miami Dade College. Estudió Literatura (Florida International University) con una especialización en Sociología y en su país Derecho y Ciencias Políticas (Universidad de Lima).