David Campos

Julián Herbert (Acapulco, 1971) vive en Coahuila desde 1980. Es autor de los libros de poemas El nombre de esta casa (Tierra Adentro, 1999); La resistencia (filodecaballos, 2003); Autorretrato a los 27 (Eloísa Cartonera, Buenos Aires, 2003), y Kubla Khan (Era, 2005). Ha publicado también la novela Un mundo infiel (Joaquín Mortiz, 2004) y el libro de cuentos Cocaína (manual de usuario) (Almuzara, España, 2006). Compiló junto a Rocío Cerón y León Plascencia Ñol el volumen El decir y el vértigo. Panorama de la poesía hispanoamericana reciente (1965-1979) (filodecaballos, 2003). Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2003 en la rama de poesía y el V Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola (2006). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ganó el XXVII Premio Jaén de Novela por Canción de tumba, y además es vocalista del grupo de rock Madrastras.

¿Qué era al inicio Canción de tumba? Me refiero a cómo salió la idea de hacer ese libro.

El embrión de la novela está descrito ahí, tal cual: mi mamá ingresó al hospital por leucemia; yo debía cuidarla, y como padezco de insomnio, me dedicaba por las noches a escribir. Digamos que la escritura empezó a salir como tal antes de ser una idea, antes de decidir que aquí había una forma colindante con la novela.

Digamos que te pusiste a escribir sobre lo que más tuviste a la mano.

La historia (o al menos buena parte de ella) anduvo acompañándome toda la vida. Pero no sabía que iba a escribirla. Digamos que, aunque el hecho de darle forma y construir con ella un objeto metaliterario son decisiones muy racionales, la historia que narra el libro no “se me ocurrió”: más bien me atropelló.

¿Sientes que fue el momento para escribirla?

Bueno, fue un proceso largo: escribí el borrador de la primera parte en noviembre de 2008; luego la dejé ahí tirada varios meses. Después la retomé, pero volví a abandonarla en setiembre de 2009, cuando murió mi madre, y estuve en silencio hasta principios de 2011, cuando decidí terminarla. Así que creo que era su tiempo, porque los materiales fueron organizándose de una manera muy caótica, pero a la vez muy clara para mí. Nadie me dictó el libro ni nada pero, creo, logré hasta cierto punto que el orden de mi existencia se plegara alrededor de la forma que iba tomando el libro.

¿Cómo se le da esa forma al libro? ¿Lo vas llevando tú o dejas que el libro te “cuente” a ti?

Yo pienso que es un fenómeno de ida y vuelta, como cualquier forma literaria, supongo. Los materiales brotan de un proceso mental (más mental que vital: uno no cuenta lo que le pasa, sino lo que cree o intuye o alucina que le pasa), y este proceso va decantándose a través de la escritura. Y sobre todo a través de la reescritura: corrijo muchísimo. Y bueno, la estructura elegida es producto del cálculo y el azar, y también de plagios, homenajes, teoría literaria, accidentes. Uno construye —opino— no desde el acto de escribir sino desde el acto de leer. Porque uno es el primer lector de sí mismo. En cualquier caso, una novela —autobiográfica o no— es una obra de ficción. Como dijera Iser, un texto literario no tiene representación pragmática en “la realidad”, en el mundo de la norma social: es siempre una experiencia individual.

Al parecer Canción de tumba trata sobre la muerte de tu madre, pero vas más allá: retratas una realidad actual de México con un breve repaso sobre ciertas anécdotas olvidadas de su historia; es decir, historias en la historia. ¿Qué opinas de esto?

La neta es que esa lectura/escritura de lo mexicano (histórico y contemporáneo) es algo que no vi venir. O al menos, no al principio. Simplemente es una especie de contracanto que aparecía y yo procuraba dejar fluir. No creo en la inspiración, pero creo en el oído: creo en eso que Harold Bloom llama “escucharse a sí mismo por accidente”. Por otro lado, el ruido de fondo que hace México alrededor de cualquier historia que suceda en México está volviéndose ensordecedor. Más que usarlo como tema, a mí lo que me interesa es matizarlo, mantenerlo a raya: no dejar que la denuncia o la sociología se coman la forma literaria. Yo a lo que aspiro es a escribir lo mejor posible, no a denunciar las múltiples maldades que aquejan a mi país. Si en el camino se pega algo de maledicencia, es porque me pareció estéticamente relevante.

¿Empezaste escribiendo poesía o narrativa?

Empecé haciendo rolitas. De rock, claro. Como a los catorce. Quería tener una banda. No se me hizo sino hasta los treinta (he sido vocalista de dos bandas de rock), pero también por esa época, o quizá antes, escribía algo que parecía guiones para cómics, tipo el libro vaquero y cosas así. Siempre he sido fan de la cultura pulp. Luego, a los diecisiete, le entré a la poesía, pero casi de inmediato hice también mis primeros cuentos, e incluso empecé a hacer crítica. A los diecisiete publiqué mi primera reseña; era sobre Cementerio de tordos, de Pitol. Eso no se me va a olvidar nunca. Por otro lado, no soy muy fan de la precisión entre géneros: más bien me interesa la impureza, la transtextualidad.

rolitas:

¿De ahí que escribas la parte de un correo que te envió Yépez desde Tijuana, o algún anglicismo como “caché”?

Exacto. El correo de Yépez existe, lo tengo en mi compu. Claro que en la novela aparece reescrito: nada en la novela está puesto directamente, ni siquiera las “citas” atribuidas a tal o cual autor (incluso algunas de esas citas las escribí yo). Lo reescribo todo. Lo hago por la misma razón por la que uso no un anglicismo sino muchos (y también construcciones tomadas de otros fraseos latinoamericanos, e incluso chistes franceses o traducciones de letreros en alemán). Me interesa el oído de mi lengua, no su corrección; ni siquiera su supuesta “realidad”. Me parece que la primera obligación —y quizá el mayor placer— de un escritor es inventar un dialecto unipersonal. Claro, eso es súper difícil, casi imposible. Los únicos que lo han logrado son esos genios tipo Cervantes, que te convencen de que esa jerga suya tan rara ES el español.

¿Qué piensas en la literatura del noreste? Se menciona mucho a la Golden Age Coahuilense.

Sí, bueno, creo que eso se debe al reportaje que hizo Gatopardo. Y también, claro, a las extraordinarias habilidades de showman de Carlos Velázquez, que supo vender muy bien su concepto de “la condición posnorteña” (reciclado en clave enemiga por Yépez en Milenio). A mí no me molesta ese rollo —al contrario: creo que ha contribuido a la mejor circulación de mi libro—, pero tampoco me interesa mucho. Soy más norteño en mi vida cotidiana que en mi condición de escritor. I mean: soy súper chauvinista: creo que el norte de México es la última cerveza de la fiesta (y está bien heladita). Pero la obra de Carlos Velázquez o Yuri Herrera o Valeria Luiselli me interesa porque es literatura potente, no por lo que diga su partida de nacimiento.

¿Qué es lo más difícil para ti al escribir?

Depende… Mira (me voy a repetir, porque esto lo digo siempre): para mí escribir es como ser piloto de un carro de carreras. Agarras cada curva según como viene. En unas hay que acelerar, en otras amachinar bien el volante, en otras frenar tantito con motor.

Visto desde ahí, tal vez lo más difícil para mí es encontrar un intersticio que comunique la espontaneidad con la autocrítica. si te canteas para cualquiera de los dos lados, te derrapas: el texto se vuelve cursi o ramplón o frígido o pretencioso. Pero si agarras bien la curva, entonces, dicho como lo decía Ramírez Heredia, “baja el Farón”.

¿Tienes algún episodio favorito de un libro, o algunos?

Seguro. Muchos. Pero el más antiguo que recuerdo y el que más quiero, está en La isla del tesoro, de Stevenson. Al principio del libro nos dice que Jim, el protagonista, se ha quedado huérfano, como lo cuenta el propio Jim. Nos lo dice sin mucho énfasis, así nomás, como algo sin importancia. Pero luego, en el clímax de la aventura, ya cuando están en la isla, Jim se roba el barco de los piratas, lo traslada a una playita lateral y tiene que pelear a golpes con uno de los piratas. Jim acaba matando al forajido. La escena final del episodio muestra a Jim mirando por primera vez a los ojos de un cadáver que yace bajo el agua cristalina. Entendiendo lo que es la muerte. Stevenson no lo dice, pero para mí es en ese momento cuando Jim entiende lo que es la muerte y lo que es ser huérfano: el profundo desamparo que significa dejar de ser un niño y convertirse en un hombre: alguien capaz de matar.

¿Estás trabajando en un nuevo libro?

Estoy terminando un libro de poemas, sí.

Por último, ¿cómo ves tu orfandad desde la literatura?

Te puedo decir que la literatura es una parte sustancial del humano que soy. Por eso, en parte nunca voy a ser huérfano.

Gracias, Julián.

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