María Espinoza

El escritor argentino Leopoldo Brizuela ha recibido uno de los galardones más preciados de la literatura: el premio Alfaguara 2012 por su novela Una misma noche. Rosa Montero, presidenta del jurado, afirmó que “la novela está contada entre susurros, pero son susurros de alerta y de avisos ante el peligro. Leopoldo nos dice que el mundo es amenazador, pero que esa amenaza la mayor parte de las veces está entre nosotros”.

Una misma noche traslada al lector hacia los años del terrorismo de Estado en Argentina, hacia el pasado del protagonista, un niño que intenta recordar los detalles de un suceso ocurrido en 1976 en el marco de la dictadura militar, y de esa manera, interroga frontalmente la memoria colectiva al tiempo que expone la no participación y  también la indiferencia y complicidad de buena parte de los individuos con respecto a la política de terror instaurada por la junta militar. Los datos autobiográficos, los testimonios y la memoria, aunque de emplazamientos colindantes entre realidad y ficción, son los modelos fundamentales de los que parte el escritor para ficcionalizar el pasado, y la mirada infantil del niño que continúa tocando el piano mientras unos hombres armados registran su casa se convierte en el hilo del conductor que guía al lector por la reconstrucción de la memoria individual y colectiva. No podía ser de otro modo: los niños son los depositarios de los principios de la justicia, libertad y existencia, y su experiencia se relaciona de manera viva y contundente en el destino de las naciones.

La ficción narrativa de Brizuela revela, así, un mismo propósito: acusar recibo del impacto social y político en el individuo, las familias y el colectivo, de lo que significó el régimen dictatorial argentino. Por otro lado, intenta arrojar cierta luz, cierto entendimiento de lo que aún representa esta realidad tan engorrosa como condenable que, de cierto modo, se mantiene vigente en el presente. Y en especial, reflexiona sobre el intrínsico carácter discursivo de la literatura y el rol social de esta como una práctica política y social de la memoria.

Biografía

Leopoldo Brizuela nació en la ciudad de La Plata en 1963. Es narrador, periodista cultural y  traductor. Comenzó a publicar sus primeros relatos en la revista Oeste, en 1977. Ha traducido a Henry James, Flannery O’Connor y Eudora Welty, entre otros, y ha coordinado diversos talleres de escritura, entre ellos en la cárcel de mujeres de Olmos, y de 1990 al 2000, en la Asociación de Madres de Plaza de Mayo.

Es autor de las novelas Tejiendo agua (1985); Cantoras, reportajes a Gerónima Sequeida y Leda Valladares (1987), y Cantar la vida: conversaciones con las cantantes Mercedes Sosa, Aimé Paine, Teresa Parodi, Leda Valladares y Gerónima Sequeida (1992). Publicó también los libros de poemas Fado (1995) e Inglaterra, una fábula (1999); el libro de relatos Los que llegamos más lejos (2002), y las novelas El placer de la cautiva (2001); Lisboa (2010); Una misma noche (2012).

Ha recibido premios y distinciones, como las becas Calouste Gulbenkian de Lisboa (2001), de la Fundación Antorchas (2002) y del Banff Center for the Arts (2002); el premio Fortabat de Novela (1985), el premio Edelap de Cuento (1996); el premio Clarín de Novela (1999); el premio municipal Ciudad de Buenos Aires; el premio Konex 2004, el diploma al mérito en la categoría Cuento, y el premio Alfaguara de Novela 2012 por Una misma noche, libro que se impuso frente a 519 obras presentadas.

En esta entrevista, el escritor Leopoldo Brizuela, flamante ganador del premio Alfaguara 2012 por la novela Una misma noche, habla sobre aspectos de la novela tales como el tratamiento de la memoria, el miedo, la dictadura militar, el rol de la literatura en la sociedad y lo que representa el premio Alfaguara en su vida.

Me gustaría comenzar esta entrevista hablando de un tema fundamental en la novela Una misma noche: el miedo. Históricamente, una de las premisas capitales de los gobiernos dictatoriales y totalitarios ha sido sustentar bajo férrea vigilancia el proceder de los individuos, los que ante el terror y miedo, posibilitan a las autoridades el establecimiento y gestión de sus políticas. Una misma noche refleja esa propagación del terror en la cotidianidad que surge como algo individual —ese el caso de Leonardo Bazán y su familia—, y que se propaga a toda la sociedad. ¿Cuáles fueron las motivaciones que lo llevaron a escribir esta historia? ¿Cómo logra finalmente enfrentar el horror y vencer esa aprehensión a recordar los acontecimientos ocurridos durante la época dictatorial?

Creo que la novela nació, precisamente, del miedo. Un miedo muy concreto, real, dejado por un asalto ocurrido hacia 2009 en mi barrio, muy cerca de mi casa, muy parecido al que se cuenta al principio de la novela. Cuando con el resto de los vecinos dedujimos entre todos que había sido cometido por la Policía con los mismos métodos de la dictadura, y sobre todo cuando nos enteramos de que las víctimas no harían ninguna denuncia, me pregunté ¿y ahora? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Quedarnos simplemente esperando que nos llegue el turno?

Solo atiné, de una manera muy primitiva, diría, a refugiarme en la escritura. Desde mucho tiempo atrás tenía en carpeta la idea de escribir una novela a partir de la imagen de un niño que toca el piano mientras la policìa revisa su casa, una imagen enigmática de otra escena que yo mismo protagonicé, a los doce años. Bueno, de ahí surgió Una misma noche. Hice que el protagonista, a raíz de un asalto, recordara de pronto una noche parecida, en el año 1976, y en esos dos planos empecé a crear la novela.

Pero más precisamente, la novela surgió del miedo al miedo, como dice uno de los protagonistas. El miedo de que el miedo me hiciera perder la vida. La oportunidad de vivir.

En la novela, usted hace una reflexión novedosa acerca de la memoria —o la desestabilización de los discursos de la memoria— hasta ahora ejercitados en la sociedad argentina, presentando así una nueva perspectiva y lectura de la permanencia del pasado traumático individual y social. En la historia, el protagonista recuerda el mismo suceso una y otra vez, y cada vez de distinta forma, a partir de datos que halla en el presente. ¿Con esta trama intenta usted exponer una nueva narrativa de significado entorno a cómo el ayer se recrea y se vive en el presente? Háblenos de este aspecto de su obra.

Sí, exactamente. Mucho antes de vislumbrar esta novela, ya tenía idea de escribir un relato en el que un personaje recordara muchas veces una misma serie de sucesos, pero que cada vez, como usted lo señala, esa misma secuencia adquiriera sentidos tan diferentes como fuera posible, en virtud de algún nuevo dato que el “recordante” pudiera obtener sobre su pasado. Mi idea era poner en obra la idea de que, si el pasado es uno, y es irrevocable, la memoria no lo es: de hecho está en constante metamorfosis, en construcción. Si podemos cambiar nuestra memoria cambiaremos también nuestra relación con el presente. Esta perspectiva me parecía, dentro de la tragedia, muy esperanzadora. Porque el pasado trágico deja de aparecérsenos así como un destino que nos maneja.

Las mujeres y los niños son casi siempre las principales víctimas de las dictaduras. Con los personajes de la novela se plantea también esta problemática. ¿Una misma noche pretende ser la voz de estos sectores de la población que no tienen quién recoja sus historias?

A decir verdad, desde que Rosa Montero anunció el premio y el tema de mi novela, quedó instalada la idea de que Una misma noche es una novela sobre la dictadura, cosa que podríamos discutir un poco. Para mí, la dictadura es el telón de fondo de un destino individual, el de ese chico de doce años. No me importaba tanto denunciar lo que la dictadura —encarnada en la gente que rodea al chico— hizo, sino lo que este creyó entrever a partir de lo que esa gente hizo. Y lo que este chico comprende va mucho más allá de la dictadura, me parece. Este chico vislumbra algo muy profundo y siniestro sobre la cofradía de los machos adultos, fundada en la aniquilación de lo femenino, y por supuesto de la mujer. Esto es algo que viene de antes de la dictadura y que no acabó con ella. Simplemente, en la dictadura o en la guerra esto se ve mejor.

Durante la dictadura militar argentina, las llamadas “prácticas de la saca” se convirtieron en una de las formas de genocidio más usadas por los parapoliciales del régimen, que acostumbraban llevarse, sin prueba documental o legal de ello y generalmente por la madrugada, a los individuos que ellos suponían revolucionarios, para luego torturalos y eliminarlos. Ese es el caso del personaje de Diana Kuperman, abogada judía que fue torturada psicológicamente por el régimen. ¿Este personaje realmente existió? ¿Cuál es el significado simbólico de Diana Kuperman?

No, Diana Kuperman es uno de los personajes imaginarios de la novela: solo sus parlamentos en los Juicios de la Verdad fueron compuestos a partir de declaraciones reales de víctimas de su condición, sobre todo de la familia Graiver. Sinceramente, no sé cuál es el significado simbólico del personaje de Diana, y aunque lo entreviera, nunca lo diría, porque creo que un autor tiene que abrir misterios, nunca resolverlos. Pero puedo decir, en cambio, qué me interesaba de él al escribir. Primero, que fuera un personaje muy distinto del protagonista usual de los relatos de la dictadura: no era militante, ni represora, ni tenía demasiada idea de la política. Por lo tanto, a través de sus ojos yo podría dar una imagen nueva de lo que le pasó después de desaparecer. Uno siempre está buscando esas miradas adánicas que nos hacen ver algo conocido como si fuera por primera vez. Después, me interesaba que no fuese un personaje atado a ningún tipo de restricción ideológica al tiempo de contar su experiencia. Y también, claro, que fuera judía y que de algún modo pagara también por eso.

Además de los secuestros, las torturas y los ajusticiamientos, las dictaduras dejan uno de los peores legados: la insensibilidad; los individuos olvidan un tanto la noción de la solidaridad que hace tiempo era muy firme. Una misma noche nos pone de cara a esta complicidad silenciosa, a la mezquindad y los lados oscuros del ser humano. Por ejemplo, la noche que los secuaces del régimen entran a la casa vecina, Leonardo Bazán, lejos de denunciar lo que había visto aquella noche, opta por guarecerse en su casa, callar e irse a dormir. ¿Por qué sucede esto? ¿Acaso después de más de tres décadas desde la última dictadura en Argentina las secuelas aún continúan presentes? ¿La sociedad argentina no se ha repuesto, no ha asimilado la realidad? ¿Qué le falta a Argentina para ser un país realmente democrático?

Me interesa contestar cuidadosamente esta pregunta, porque la novela se ha interpretado en este sentido de manera muy ligera. Que la novela ponga en paralelo dos épocas, mostrando algunos aspectos comunes en la sociedad y el personaje no quiere decir que entre ambas épocas no medien diferencias descomunales. La sorpresa que pone al personaje ante su pasado es esta: cómo es posible que, después de todo lo que se ha hecho, del avance de la democracia y de la convicción de la mayoría de los ciudadanos de que la democracia es el mejor sistema, sigan entre nosotros huellas de ese pasado. El personaje está muy desesperado, pero no es bueno contagiarnos de su desesperación.

Si uno piensa fríamente, treinta años no es tanto tiempo, ni para una vida, ni mucho menos para un pueblo. La Argentina es un país sólidamente democrático, y precisamente lo que me interesaba era reflejar una experiencia que no se ha dado en ningún otro país de Latinoamérica: la del juicio a los genocidas. Me interesaba reflejar cómo influyen las sentencias en los ciudadanos, no solo en las víctimas y los victimarios. Una sentencia en juicio es algo que se afirma con valor de verdad, y de verdad enunciada por el Estado. El Estado dice “esto pasó”, después de que los genocidas negaran, durante décadas, la existencia de desaparecidos. Leonardo Bazán es iluminado por la justicia, y esa luz de justicia es la que lo ilumina despiadadamente.

Narrada con un lenguaje claro y entregada a los intereses de la historia, Una misma noche puede leerse en el despliegue de su cautivante intriga y suspenso a partir de dos sucesos ocurridos en 1976 y 2010. Pero además, y sobre todo, como una metáfora capaz de enlazar ficcionalmente la esfera de la política, historia, literatura, “el thriller existencial hipnotizante” (como la consideró el jurado), con los controversiales aspectos de la cotidianidad y la subjetividad. ¿Esta es una manera de narrar es algo natural en usted o ha sido aprendida a través de los años? Mientras escribía, ¿tenía plena conciencia de ella?

¡Qué interesante! Lo primero que se me ocurre decirle es que escribí la novela muy rápido, como llevado por una gran fuerza. Una fuerza que no venía de dentro de mí —esa es la sensación— sino desde fuera, como un río torrentoso que me eligiera como cauce para después llegar al lector. No recuerdo muy bien cómo fui eligiendo las características formales, y tengo la sensación de no haberlas meditado demasiado: salieron así, como si la misma historia hubiera elegido el lenguaje en que decirse. Ahora bien: me interesa mucho esa pregunta sobre lo aprendido, porque creo que solo pude haber escrito la novela en esta etapa de mi vida, aunque, como ya dijimos, el material sea casi tan viejo como mi memoria. En ella se ve creo lo poco o mucho que pude ir aprendiendo en la escritura de las novelas anteriores, las herramientas que ya forman parte de mi arsenal. Quizá solo me decidí a abordar una novela sobre el medio en que me tocó vivir, y sobre mi tiempo, cuando estuve seguro de contar con ese arsenal, tomado de muchas literaturas, muchas lecturas sobre muchos géneros, de muchos países.

Tras enterarse de que había ganado este premio usted afirmó: “No escribo lo que pienso, sino que escribo para saber lo que pienso” y que le interesa explorar aspectos como la responsabilidad civil durante la dictadura y la frivolidad con que se juzgan a veces ciertas reacciones. Después de terminada la novela, ¿qué consigue entender Leopoldo Brizuela de esa oscura época y las secuelas que le dejaron personalmente?

Interesante. En esa respuesta cito una frase de Flannery O’Connor: “No escribo lo que pienso, sino que escribo para saber lo que pienso”. Me gustaría volver a citarla: “La lectura y la escritura son experiencias que dejan un saber, pero un saber que no puede expresarse sino parcialmente con palabras”. De la experiencia de haber escrito la novela me quedó un sentimiento absolutamente diferente del que abrigaba antes respecto de aquellos años. Como si ahora pudiera convivir más civilizadamente con los recuerdos; convivo con el pasado de todos nosotros, repito, civilizadamente, sin que ya me domine. Ahora, en esta gira latinoamericana que está promediando he comprendido algo muy impresionante que la novela sugiere: que la experiencia de Leonardo y de su padre son profundamente americanas, enraizadas en su condición de descendientes de “pueblos originarios”. La violencia de esa noche no es solo la violencia de la dictadura: es una violencia que tiene por lo menos cinco siglos de antigüedad.

¿Qué opinión tiene sobre la responsabilidad de la literatura y el escritor en todo esto? ¿El clima de mutismo logró contagiar a la literatura argentina de este mal nocivo: el miedo a llamar las cosas por su nombre? ¿Cree usted que las generaciones literarias del siglo pasado fracasaron en cuanto a la forma de dirigirse a los lectores y a la sociedad?

Hmmm. La pregunta tiene demasiados presupuestos que creo que no comparto. ¿Tiene la literatura una responsabilidad para con la sociedad? Creo que la verdadera literatura surge de una total prescindencia de las demandas ajenas; como decía Hanna Arendt, del “diálogo del yo con el yo”, que reivindico más aún en épocas de tanta presión social, de tanta invasión de la intimidad. ¿Puede la literatura ir más allá que el resto de la sociedad? Lo dudo. Una de las reflexiones que más a menudo me surgen cuando repaso mi novela es que no se puede recordar solo: de eso habla la novela. Se necesita la ayuda de todos los que vivieron el mismo pasado, del poder político, de quienes amamos. La literatura no puede exorcizar ni cerrar heridas por sí sola: solo puede ayudar al autor, quizás, a convivir con el recuerdo, como le decía.

Por otro lado, no estoy tan seguro de que la dictadura no estuviera presente incluso en la literatura que no la nombraba. Creo que existen muchísimos casos en que los autores se referían a ella por metáfora o ausencia —que es lo que se podía hacer—, y bastaba para dar pie a obras de excelente calidad estética.

¿Qué representa para un autor el haber sido reconocido con el premio Alfaguara y por esta prestigiosa institución dentro de la comunidad de escritores a la que pertenece? Y en lo personal, ¿qué representa para usted?

El premio Alfaguara da ante todo una gran tranquilidad para seguir escribiendo, que es lo que más me importa. Una tranquilidad basada en la seguridad de que el libro premiado está ya dialogando con los lectores y lo seguirá haciendo sin necesidad de que yo me ocupe de él, y puedo dedicarme a un nuevo libro. Pero le debo sobre todo, repito, esta alucinante gira por Latinoamérica, percibir la dimensión americana de mis sentimientos y conflictos de mis pesronajes y relatos.

Después de la publicación de Una misma noche, ¿está trabajando en algo nuevo? ¿Qué nos puede adelantar de su siguiente proyecto?

No, no estoy trabajando en nada. No tengo tiempo. Tengo ideas, sí, impulsadas por la gran ansiedad de no estar escribiendo. Pero son ideas demasiado parecidas a la novela de que hablamos, y nada me garantiza que cuando, en noviembre, pueda sentarme por fin a escribir, la escritura de esos proyectos no me aburra de inmediato. En general, siempre me tienta algo nuevo.

Finalmente, y ya para terminar, me gustaría hacerle una pregunta. Sé que es aún muy joven para formulársela pero de igual manera la hago: ¿cómo le gustaría que lo recuerden?

Con ternura (lo que implica que solo me importa que me recuerden unos pocos).

Leopoldo Brizuela, premio Alfagura 2012, le agradecemos mucho esta oportunidad que nos ha dado de conversar con usted. Hasta una nueva oportunidad y que sigan los éxitos.

© 2012, María Espinoza. All rights reserved.

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María Espinoza nació en Lima, Perú y actualmente reside en Miami, FL. Obtuvo un doctorado en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Internacional de la Florida. Es conferenciante y ha publicado artículos en periódicos y revistas de literatura y arte. Artista plástica ha participado en exhibiciones en Latinoamérica y Estados Unidos.
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