Paco Bescós

Margarita Leoz (Pamplona, 1980) acaba de sorprendernos con Segunda residencia, una propuesta madurada hasta el perfeccionismo, a pesar de tratarse de su primer libro de prosa. Presenta en él una visión melancólica, incluso incómoda, de la vida ordinaria a través de retazos mínimos de rutina. El resultado merece la pena, como merece la pena conocer de primera mano las motivaciones e ideas de una autora con una mirada obsesiva para el detalle y una escritura monolítica.

Margarita Leoz es licenciada en Filología Francesa por la Universidad de Salamanca y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona. Además de Segunda residencia, ha publicado una recopilación de textos poéticos: El telar de Penélope (Calambur 2008). Actualmente vive en Pamplona, su ciudad natal en el norte de España.

¿Cómo llevas lo de ser una escritora en provincias? ¿Te sientes muy sola o has encontrado un círculo con el que compartir ideas, hallazgos…?

Resulta positivo y negativo al mismo tiempo. Por un lado, te alejas de la vorágine de las modas. Puedes escribir lo que te apetezca, sin presiones de grupos culturales en boga. Pero por otro, irremediablemente se te hace menos caso. Es muy probable que tu libro tenga menos repercusión que el de un autor de la capital.

No obstante, en todas las ciudades, por pequeñas que sean, existe un cogollo artístico o literario con el que intercambiar experiencias. Sin embargo, yo me considero bastante solitaria. Quizá porque no exista ningún grupo en Pamplona en el que me sienta cómoda o que responda a mis necesidades como escritora. O quizás porque simplemente me gusta trabajar a mi aire y no busco compañía literaria.

O por tu juventud.

La de escritora joven no es una etiqueta que me moleste, al contrario. Pero me pregunto qué es ser joven y hasta cuándo va a durar. Pienso en Mozart y en Pergolesi y en cómo el concepto de juventud ha cambiado. A veces suena un poco ridículo que a determinadas personas se les califique de jóvenes cuando rondan los cuarenta. Eso es media vida. Creo que se es joven escritor a los veinte, a los veinticinco si me apuras.

De hecho, yo describiría Segunda residencia como un libro maduro antes que como un libro joven.

La observación sirve como una gran herramienta para madurar. Escribir es una cuestión de mirada, de educar la mirada y no conformarse con las verdades heredadas. Quizás en eso se distinga el escritor de los demás: en que se ha educado para ver lo que a simple vista no se ve.

¿Te consideras muy observadora?

Siempre se ha resaltado la observación en mi escritura y va de la mano del detalle significativo. Eres observador cuando no te conformas con buscar la realidad en lo que ves, sino que persigues subvertir el orden de las cosas. Que lo insignificante, el detalle, lo minúsculo, lo pequeño, salga a flote, mientras aquello que parece relevante se hunde por su propio peso.

¿Cuánto tienen los relatos de Segunda Residencia de experiencia vivida?

Todos los relatos son personales en cierta manera, porque surgen de experiencias, de un diálogo, de una frase, de vivencias que de algún modo me pertenecen, bien porque las he vivido o porque las he aprendido mediante la observación o la lectura. Pero a partir de ahí, la ficción recubre la vivencia personal hasta que ésta se difumina por completo.

Entre la lluvia y la melancolía contenida, el libro suena muy norteño. ¿Crees que puede existir una literatura del norte de la Península?

Siento cierta atracción por ese tiempo un poco triste, melancólico. Los cielos despejados tienen algo de aburrido, algo de indiferente. Es probable que el vivir y el escribir en Pamplona influyan, pero aquí la meteorología cambia mucho menos que en otros lugares. Recuerdo el año en que viví en Normandía, ¡eso sí que eran nubes y tiempo variable! En cualquier caso, no, no creo que haya una literatura del norte de la Península. Pero, posiblemente, los lectores que hayan vivido en un clima como el nuestro entenderán mejor las atmósferas de mis relatos o experimentarán una mayor empatía con los sentimientos de mis personajes.

No solo es lluvia, sino más bien el clima como elemento extremo que influye en las historias internas. Por ejemplo, hay uno de los relatos, “Llamaradas”, en el que el protagonista es el calor.

El clima nos influye, y quizás con el mismo objetivo que perseguían los Románticos —aunque con una técnica totalmente diferente—, busco que los estados de ánimo de mis personajes se reflejen en la meteorología de los relatos.

Con respecto al relato que mencionas, “Llamaradas”, yo lo situaba más, con la imaginación, en una de esas urbanizaciones de la periferia de Madrid. Pero en realidad podría ser en cualquier lugar. Me gusta que mis relatos no tengan una ubicación geográfica concreta. Que cualquier lector pueda sentir qué ocurre en un lugar familiar para él, porque vive allí o porque le es cercano.

En tus personajes uno descubre que, cuanto menos heroicos, más interés despiertan. ¿Sientes una especie de simpatía por el Diablo?

Indudablemente, como dices, mis personajes no son heroicos, sino simplemente humanos, pero muy humanos. Me gusta aproximarme a ellos sin juzgarlos, que sea el lector quien saque sus propias conclusiones sobre los actos de los personajes. Elaboro los relatos desde una perspectiva aparentemente neutra, sin juzgar, pero a veces la focalización de la historia hace que me acerque a personajes de cierta complejidad moral. Deseo comprender sus motivaciones, incluso en estos casos, en los casos de personajes con actitudes moralmente reprobables.

Esto produce una relación muy auténtica con el lector.

Quiero que el lector se identifique con personajes totalmente diferentes de él. Y busco que haya una evolución, no tanto en los personajes —que son los mismos—, sino en la percepción que el lector tiene de ellos. En algunos casos, nos caen mal al principio; esto es una distancia voluntaria con el lector. Y al final lo que queda es una mirada tierna, compasiva.

Has estudiado Filología Francesa (y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada). Me da la impresión de que los escritores filólogos tenéis las cosas muy claras, no necesitáis moveros tanto por intuición.

No es que nos movamos menos por la intuición, sino que tenemos parte de la tarea ya hecha gracias a nuestros estudios. Yo me alegro infinitamente de que me hayan “obligado” a leer a ciertos autores, ciertas obras. Por mí misma, con otros estudios, me habría costado mucho más dar con ellos en el laberinto de las lecturas, o quizá nunca los hubiese descubierto. Por otra parte, mis estudios fueron decisivos a la hora de orientar mi escritura, pero al mismo tiempo la escritura fue decisiva a la hora de inclinarme hacia estos estudios. Quiero decir que yo tenía muy claro que lo de la literatura me interesaba desde el principio, como lectora y como escritora.

 Y además de filóloga también ejerces de poeta. ¿Cuánto te influye la poesía a la hora de escribir prosa?

Para mí la prosa es un receptáculo perfecto para lo poético. En mi poesía, lo poético no emerge tanto de la elección de ciertas palabras o de la musicalidad de los versos —aunque también—, sino de las imágenes que el propio lector elaboraba. Ese concepto de lo poético existe también en Segunda residencia.

Creo que, esencialmente, la prosa y la poesía requieren dos técnicas distintas y no deberían parecerse demasiado, al menos no en lo malo. No encuentro lícito escribir prosa con las armas de la poesía, ni viceversa. Existen demasiados poetas que se meten a prosistas y la cosa chirría por todos lados.

Entonces, ¿crees que se nota cuando hay una prosa hecha por poetas y una poesía hecho por narradores?

Por supuesto, y yo lo quería evitar a toda costa. Hay que ser honesto con uno mismo, pero si no podemos serlo, al menos hay que ser honesto con el lector, no engañarlo.

Algunos poetas se meten a prosistas y no dan una; crean un universo onírico poético que no se entiende. Hay pocos narradores que se metan a poetas, pero también los hay, y tampoco me parece que escriban poesía por mucho que le den a la barra espaciadora. Lo que ocurre con este tipo de escritores es que son malos y no saben medir sus fuerzas. No las han puesto a prueba antes de meterse en esas arenas movedizas.

Otra disciplina que practicas es la divulgación. Participas en un magazine de la televisión regional y también en una tertulia sobre libros en la radio Navarra: Así suenan los libros, de Onda Cero. Además, llevas tu propio blog: loslibrosdenoapagueslaluz.blogspot.com.es ¿Te ayuda esto a crecer como escritora?

Sí y no. En parte sí, porque me obliga a estar atenta a las novedades literarias, me envían libros, me hace leer y estar al tanto de los suplementos culturales. Estoy en contacto con otros escritores, otros lectores, los contertulios del programa de radio, etc. Me ayuda a estar en el mundo. Pero lo cierto es que el trabajo de la escritura para mí está totalmente alejado de esa realidad. Quizás hasta te distrae. Para escribir necesito aislarme, tener mis momentos de tranquilidad, alejarme de todo lo que sale, lo que surge, las novedades, las noticias en torno al mundo literario… La sobreexposición a las novedades literarias acaba resultando perjudicial para la tarea del escritor, al menos en mi caso. A esto hay que añadir Facebook, Twitter (que no tengo), demasiado Internet…

¿Para cuándo podemos esperar lo próximo? ¿Será prosa, volverás a tocar la poesía, te animarás con la novela…?

No sé qué será lo próximo. En mi escritorio siempre tengo abiertos varios cajones: en algunos hay libros a medio escribir, en otros tengo proyectos mínimamente esbozados, en otros manuscritos enteros que esperan una corrección que no llega… No sé muy bien a qué le tocará el turno esta vez. Sigo escribiendo poesía: esa parte no la quiero dejar de lado. Después de la buena recepción de Segunda residencia no descarto tampoco escribir otro libro de relatos. Me apetece también lanzarme a la novela. En cuanto acabe con la promoción del libro veré qué retomo o qué inicio. Todas las puertas están abiertas.

© 2012, Paco Bescós. All rights reserved.

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.