Democracia Pablo Gutierrez caratula

Por Paco Bescós

Democracia.

Pablo Gutiérrez.

Ed. Seix Barral. 2012.

234 páginas.

 Temáticamente, la debacle económica está llamada a convertirse en la Guerra Civil de las nuevas generaciones de escritores en España. La crisis ha demostrado tal poder de modificación de la realidad y se ha enraizado de tal modo en nuestros esquemas psicológicos y culturales, que resultará difícil que ninguna manifestación artística se libre de su influjo durante muchos años. Los jóvenes hemos asistido a la desintegración masiva de sueños, de esperanzas y de garantías. Y necesitamos preguntas y respuestas acerca de este desastre. Aún está por escribir la gran novela sobre la crisis española. Y la buena noticia es que existen buenos candidatos para hacerlo, cuyas interpretaciones de la realidad pueden proporcionar un sentido, si no técnico o histórico, sí emocional.

No sé si Democracia sienta las palabras definitivas acerca de este tema. Pero la expectativa de conocer el punto de vista de un autor tan especial como Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978), muy querido aquí, en Sub–urbano, nos obligaba a abrir bien los ojos ante el texto de su última novela.

La denuncia no es el registro acostumbrado de este autor, que se mueve como pez en el agua en territorios esencialmente intimistas, como demostró en Nada es crucial (Lengua de Trapo, 2010) o Ensimismada correspondencia (Lengua de Trapo, 2012). Pero el arma favorita de Gutiérrez, la prosa, sirve en cualquier batalla, tanto para describir la más delicada intimidad como para ejercer la crítica hasta parámetros cercanos al humor negro.

 

Enconomista, megainversor, filósofo, Soros ha consagrado su fortuna estimada  en once mil millones de dólares a la consecución del proyecto de Sociedad Abierta, siguiendo las teorías de Henri Bergson y Karl Popper, que propugnan un mundo sin autoritarismo en la gobernanza, con transparencia en los órganos políticos y asentado en la libertad y el respeto a los derechos humanos, como en la República de Star Wars antes de la caída y corrupción del emperador Palpatine, episodio tres. Manzana, campana, sandía, ding, dong, ¡siete-siete-siete!, las monedas se deslizan como arroyo de plata, Greenspan es Palpatine, Soros es Obi-Wan, la fuerza es el dólar, Leh-Bro es Anakin, Marco es una rata del desierto, el joven director general es Han Solo.

Resulta difícil encontrar un lenguaje de mayor riqueza que el de Gutiérrez hoy día. Por adjetivación, por precisión, por sensualidad, por ritmos y por atmósferas, el andaluz puede presumir de escritura. Y en esta novela también consigue que reluzca. Solo por esta razón, Democracia merece un trato exclusivo.

Otra cosa son las tramas. Democracia cuenta el proceso de degradación de Marco, un joven madrileño que se convierte en una de las primeras víctimas del derrumbe. Pierde su trabajo en una agencia inmobiliaria y es incapaz de hacer frente a esta nueva situación, dejándose llevar por la desesperanza y, finalmente, por la locura, hasta un punto de no retorno. Quizá sea este personaje, Marco, lo que más pesa en contra de la novela. La excesiva vulnerabilidad con la que se le describe y su bobaliconería le restan verosimilitud. A esto hay que sumar un par de giros argumentales que sueltan sendos chirridos en los oídos del lector.

Pero no debería de ser esta razón suficiente para dejar de leer Democracia. Porque durante el texto asistimos a momentos francamente brillantes, contados con argumentos incisivos y un humor al mismo tiempo ácido y fresco, probablemente fruto de la desesperación y la resignación del propio autor ante las noticas que se verá obligado a leer todos los días en el periódico. Y, si bien el protagonista no llega a satisfacer del todo las expectativas, algunos de los personajes secundarios contienen toda la fuerza y la honestidad que debemos exigir a un tema como el que la novela trata. Si he de escoger alguno, me quedo con la finísima disección a la que somete a un personaje real: el financiero George Soros. Y también con Cloe, la madre del protagonista, condenada a la soledad por ser demasiado fiel a la justicia, voluntariamente o por simple mala suerte.

Evitó también la farmacia, la tienda de conveniencia, el bar, a veces Cloe bajaba a media mañana, como un hombre, entraba sola, pedía un gorrión de vino, ya no asustaba a nadie con su cara de chiflada, aquellos vestidos que se arrojaba encima.

Además, está la forma en que Gutiérrez ataca el asunto principal. Es de agradecer que sea capaz de profundizar más allá del lema de la pancarta y de la recién nacida y ya manoseada indignación. Los pasajes, en forma de fábula, en los que se dedica a sondear el origen de la crisis, son de una claridad y originalidad reconfortantes, en medio de la abrumadora lluvia de datos que habitualmente recibimos. No trata de erigirse en el técnico que venga a salvar la vida del lector, sino de sentar una estética que explore los orígenes sentimentales del conflicto.

…el contribuyente pagará las imprevisiones y la amoralidad de los inversores porque el contribuyente también es un inversor (pausa), el contribuyente invierte en el Estado cuando paga sus impuestos y cuando compra un electrodoméstico a plazos pensando que dispondrá de una oficina de atención al ciudadano para reclamar las cláusulas de la garantía, (…), por desgracia (nueva pausa teatral) el Estado olvidó vigilar el sector más sensible e inmaterial del sistema, y las consecuencias de ese olvido han sido funestas, (…), recuerde que el Estado lo forman hombres tan ambiciosos e inseguros como los propios inversores, los ingenieros de finanzas y los creadores de fondos de alto riesgo.

“—Oliver Willard de Columbia, apunta esto: todo ocurrió como reflejo del alma humana. Ambición, deseo, envidia, fantasía e ingenuidad son los verdaderos valores burslátiles. La explosión de felicidad financiera y la implosión del enorme vacío posterior fueron el resultado de la misma energía.

Por estos motivos merece mucho la pena leer Democracia, una de estas primeras novelas de la crisis que tantos lectores ya demandan, y la última obra de Pablo Gutiérrez, que nos sigue sorprendiendo. Un autor que, de demostrar en próximas publicaciones el mismo talento para reinventarse desde la fidelidad en sí mismo, acabará por destacarse como una de las voces más importantes de nuestra narrativa.

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