José Luis Muñoz

Hace unas semanas, como miembro del jurado que otorga el premio Rodolfo Walsh (periodista y luchador argentino asesinado por la Junta Militar de ese país) que se concede durante la Semana Negra de Gijón, el evento negrocriminal con más historia y que sigue pese a todas las zancadillas que se le han puesto últimamente, tuve la fortuna de leer dos ensayos periodísticos notables de dos colegas mexicanos, Levantones, narcofosas y falsos positivos de José Reveles,  y La frontera del narco, de mi buena y corajuda amiga Sanjuana Martínez, y ambos autores, tras analizar y datar de forma exhaustiva, y escalofriante en muchas ocasiones, la que se ha dado en llamar la guerra contra el narco, una batalla sangrienta que en cuatro años ha dejado cincuenta mil víctimas mortales y treinta mil desapariciones, un saldo inaceptable en un país que se autoproclama democrático,  coinciden en un reparto de responsabilidades entre los autores mayoritarios de esas crueles masacres sin sentido, los narcos, y el gobierno de Felipe Calderón que, en teoría, las atajan. El pronto traspaso de poderes del PAN al PRI, formación política con una larguísima lista de corruptelas entre sus miembros, y en un proceso electoral con miles de votos comprados, según denuncia el izquierdista López Obrador, no permite albergar esperanzas de que esta batalla sorda y sin cuartel que se libra en México,  y de la que no se salvan ciudades aparentemente tranquilas como Acapulco o Guadalajara, vaya llegar a su fin sino que los muertos, torturados y desaparecidos van a seguir con el mismo ritmo y con el peligro de que la sociedad mexicana termine acostumbrándose a esa espiral de violencia.

Leer estos dos excelentes ensayos periodísticos, perpetrados con valentía (no es lo mismo ser periodista en México que en USA; relatar la verdad al sur del Río Grande requiere, además de oficio, una valentía especial como prueba la lista de periodistas asesinados) me ha ilustrado sobre una realidad de violencia cotidiana en la zona que había plasmado literariamente en alguna de mis novelas, en La Frontera Sur, concretamente, ubicada en Los Ángeles y Tijuana, pero muchos años antes de que la espiral de sangre se desatara.

El modus operandi de las familias de narcos que hacen sus negocios en territorio mexicano, y que se caracterizan por una militarización extrema y una crueldad que no tiene fronteras, está directamente ligado a la impunidad de sus actuaciones. Un colega y amigo escritor negrocriminal, Andreu Martín, a mi pregunta de por qué los carteles mexicanos exhibían y hacían gala de esa patina de atrocidad en todos sus crímenes (torturas, descuartizamientos, disolución de los cuerpos en ácido, exhibición de cadáveres en la vía pública, decapitaciones…) me dio una respuesta tan simple como veraz: Porque pueden. Si la crueldad extrema es una de las señas de identidad de los narcomafiosos mexicanos, la ineficacia (alrededor de un 90% de fracaso) y corrupción de su policía también lo son y esos crímenes atroces, en su inmensa mayoría, gozan de una impunidad absoluta. Pero, ¿por qué se ensañan tanto con sus víctimas? Esa era otra de mis preguntas. No les basta con ajusticiarlas con un tiro en la nuca sino que someten a todo tipo de salvajes vejaciones a los cadáveres. Forma parte del mensaje, es un lenguaje con unos códigos muy precisos, me comentó Sebastien Rutés, un escritor galo en la última Semana Negra de Gijón. Y cierto, con ese macabro código de signos, en el que las palabras son cuerpos torturados y desmenuzados, se lanzan serias advertencias unos a otros, se aterrorizan sobre la forma en que pueden acabar como no se plieguen a sus órdenes, ellos o sus allegados.

Los narcos asesinan por ajustes de cuentas; para asentar su autoridad sobre un territorio; para reclutar nuevos adeptos (una de sus operaciones más habituales es caer sobre los desheredados latinoamericanos que cruzan Río Grande y convencerlos de que ingresen en sus filas; la negativa es la muerte segura); para atemorizar a periodistas, policías incorruptos, políticos honestos; para vaciar de órganos a seres humanos, a los que mantienen en siniestras granjas, a la espera de que hospitales inescrupulosos del vecino del norte les pidan un hígado, páncreas, riñones o corazón; para filmar asesinatos en directo y abastecer el siniestro mercado de cine snuff; por el simple hecho de “divertirse” (las mujeres, antes de la tortura y asesinato, suelen ser violadas). Contra este execrable ejército de facinerosos, el gobierno de Felipe Calderón empleó el ejército, pero los militares, también duramente castigados por emboscadas de los narcos, pacificaron a su manera territorios: toda víctima, fuera o no culpable, por el simple hecho de ser víctima de las balas de los militares era convertido ipso facto en narco, a imagen y semejanza de lo que hacía el ejército colombiano en su lucha contra las FARC o el norteamericano en la guerra del Vietnam (todo vietnamita muerto era un vietcong). Pronto la impunidad con la que actuaban los militares mexicanos en esa guerra sin cuartel los convirtieron en tan temibles como a los que perseguían y su actuación, al margen de la ley, con torturas, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones masivas, no los hicieron mejores, a los ojos del mexicano de a pie, que los facinerosos narcos.

En este avispero removido en que se ha convertido la sociedad mexicana, como gráficamente define el escritor asturmexicano Paco Ignacio Taibo la actuación de Felipe Calderón, cualquiera puede ser víctima de los carteles mafiosos y de los militares de gatillo fácil, y las víctimas van sumando sin que sea muy fácil su adjudicación. Además, la frontera difusa entre los autores de los delitos y sus perseguidores se está diluyendo tanto hasta el punto de no saber dónde empiezan unos y acaban otros, o bien son todo lo mismo. Es un hecho sintomático que uno de los grupos de narcos más temidos por sus espantosos crímenes, los Zetas, tuvieran su origen en un cuerpo de elite de la policía mexicana.

El conflicto mexicano, la sangría imparable, sólo podrá atajarse desde la inteligencia. Para esa inmensa bolsa de pobreza que existe en México, país con una desigualdades sociales lacerantes, siempre será un incentivo enrolarse con los narcos que retribuirán, gracias a sus desorbitantes ganancias que obtienen del mercadeo de estupefacientes ilegales, a su tropa con sueldos infinitamente mejores de que los de policía o soldado que siempre tendrán que vivir de la mordida. Pero también debe erradicarse esa cultura de la violencia, que está latente en muchos países de

 Latinoamérica, con ambiciosos programas de educación que muestren a los niños y adolescentes que la violencia es una lacra espantosa y el matonismo no es un síntoma de la virilidad sino que nos acerca al reino animal. Y el gigante del norte, Estados Unidos, también tiene responsabilidades enormes en todo lo que está sucediendo al otro lado de su frontera. Si existe esa proliferación de carteles mexicanos de la droga es porque su mayor consumidor está a tiro de piedra. La controvertida legalización de las drogas dejaría a los narcos mexicanos sin materia prima con la que traficar y permitiría controlar la calidad sanitaria del producto vendido legalmente, pero estamos lejos de esa solución radical, que acabaría drásticamente con el problema, porque hay muchos interese turbios, e implicaciones políticas, en todo lo que hace referencia al narcotráfico que mueve una ingente cantidad de dinero al margen de los circuitos legales y libre  de impuestos.

Pero hay otro tema que Estados Unidos debería controlar y no lo hace porque es uno de sus mayores negocios: las armas. Casi todas los millones de armas que hay en territorio mexicano vienen del gigante del norte y los soldados del narco tienen en sus manos alta tecnología militar gracias a la liberalización del negocio de la muerte que tan buenos resultados da a la industria armamentística estadounidense que no exige certificados de buena conducta a sus clientes. Mientras ese intercambio letal que se produce en la frontera de estos dos enormes gigantes norteamericanos no se pare, el de armas por drogas, la sangre seguirá corriendo a raudales al sur del Río Grande y las dos naciones tendrán su parte de responsabilidad en ello.

*José Luis Muñoz es escritor y uno de los máximos representantes del género negro español. Sus últimas novelas publicadas son Llueve sobre La Habana (La Página Ediciones, 2011) y Patpong Road (La Página Ediciones, 2012). La Frontera Sur (Almuzara, 2010), novela ambientada en la frontera entre USA y México, obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona.

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José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) escritor, crítico de cine y literario y articulista de opinión, es uno de los veteranos exponentes del género negro español con 45 libros en su haber. Barcelona negra, Pubis de vello rojo, Mala hierba, Lifting, Lluvia de níquel, La caraqueña del Maní, El mal absoluto, La frontera sur, Marea de sangre, Tu corazón, Idoia, Llueve sobre La Habana, Ascenso y caída de Humberto da Silva, Cazadores en la nieve y El rastro del lobo son algunas de sus novelas. Ha obtenido los premios Azorín, Café Gijón, La Sonrisa Vertical, Tigre Juan, Camilo José Cela e Ignacio Aldecoa, entre otros. Dirige la colección La Orilla Negra de Ediciones del Serbal, preside la asociación cultural Lee o Muere y es el comisario del festival Black Mountain Bossòst.