El texto narrativo tiene que ser autónomo y debe explicarse en sí mismo», entrevista al escritor Arnoldo Rosas

Ainara Mantellini

Uno se acostumbra es de esas novelas en las que el lector rápidamente se da cuenta de que tiene que poner más atención de la usual, que debe estar atento a ciertas pistas, vueltas de hoja, cambios de voces. El lector de Uno se acostumbra, se da cuenta de inmediato que esta novela lo va atrapar: son las ganas de leerla sin parar, o bien, de leerla muy poco a poco, casi subrayando las palabras clave con la mirada. Y los hay, como yo, que prefieren leerla al ritmo que impone el texto, solo para volver a leerla después a un compás tan antojado y caprichoso como propio.

Trata de Antonio Martínez, o de su personaje desdoblado, y de todos los personajes que rodean a Martínez y a los que él inventa (o para los que deduce) vidas y maneras de ser, y nombres y estados de ánimo.  La trama se reparte así en varios personajes que parecen compartir la misma geografía y tiempo, pero que sutilmente nos van mostrando las circunstancias que les rodean, solapándose unos sobre otros. Una suave vorágine, un remolino de personajes que parecen ser una cosa pero son otra, que preferirían vivir otras vidas o que creen que viven en la pesadilla de otro personaje que los inventa. Tal como nos inventamos los unos a los otros en la calle, basados solo en las apariencias, y buscando al menos parecer a los demás que somos felices y vivimos vidas de ensueño.

El autor de esta novela es el venezolano Arnoldo Rosas, escritor que cuenta ya con varias décadas de producción literaria y reconocimientos en Venezuela y el exterior. Otras novelas suyas son Nombre de Mujer y Massaua. Rosas concedió a Sub-Urbano una entrevista a partir de Uno se acostumbra en la que le pudimos preguntar abiertamente acerca del proceso de composición de una novela que requiere lectores avezados.

SU: Uno se acostumbra es una novela prácticamente en clave, que requiere de un lector despierto para el armado de la trama y los personajes. A la hora de escribir, de imaginar el hilo de la trama, ¿Tiene el autor en mente los juegos con el lector? ¿Piensa en un tipo de lector en específico?

AR: A mí me gusta escribir lo que me gustaría leer. Tanto en tema como en forma. Entonces, sí, me imagino a mí mismo leyendo lo que escribo y, de esa forma, voy sembrando el texto de minas que puedan estallarle al lector al menor descuido, o de trampas que lo hagan suponer caminos opuestos a lo que ocurrirá en la trama. En el caso particular de “Uno se acostumbra”, la escribí interactuando con unos muy particulares lectores de prueba, siguiendo el modelo de los  folletines del siglo XIX. Finalizaba un capítulo y se lo enviaba por email a los miembros de mi familia -mi esposa y mis hijos- y mientras ellos leían y me comentaban de vuelta, yo avanzaba con la escritura. La intención era sorprenderlos y mantenerlos atentos a la espera de lo que ocurriría, torciéndoles a más no poder la historia, pero, manteniendo, por supuesto, la coherencia. Fue una experiencia muy bonita y divertida. Espero que esa diversión que tuve le salpique a todos los nuevos lectores de “Uno se acostumbra”.

SU: Más allá del interesante estilo de entramado de los personajes, la novela tiene una carga psicológica importante: no es Antonio Martínez el único personaje que se desdobla y que imagina vidas para sí mismo. El señor Gamboa y Carlos Alejandro también presentan líneas tangenciales, como si uno fuera la pesadilla ajena del otro. ¿Podríamos decir que esta novela quiere presentar un rasgo que nos es común a todos los seres humanos? ¿El de vestirnos de personajes diferentes durante una misma vida, y además, acostumbrarnos a ello?

AR: En efecto, sí forman parte de la arboladura de los personajes. De todos. Porque en todos ellos hay conexiones de personalidad, unas más sutiles que otras. La razón, creo yo, es que, al final del día, todos tenemos mucho más en común que diferencias, por más que nos empeñemos en magnificarlas, y todos andamos mirando un poco hacia los otros, con cierta envidia, pensando quizá que están mejor que uno. Pero, también, como ciertamente afirmas, muchas veces jugamos a interpretar papeles ajenos y quedamos entrampados en la costumbre. Temas como para meditar, tal vez, o para burlarse, quizá.

SU: Ciertos guiños nos acompañan a lo largo de la novela: como los títulos de los capítulos; todos hacen referencia a piezas musicales. De las rondas infantiles a Ella Fitzgerald, y de Charly García a Calle 13. ¿Qué hay detrás de ello? ¿La música como imagen descriptiva y determinante de los personajes?

AR: La música es un elemento recurrente en mis trabajos. Soy melómano sin saber nada del tema. Oigo de todo y mi día está muy acompañado de canciones y de música en general. Así pues, mis  personajes también oyen música. Unos más que otros.  Acá, en “Uno se acostumbra” el juego de la música está más enfocada en dramatizar las circunstancias, aunque, ahora que lo mencionas, sí tienes razón en lo que señalas: ayuda a describir a los personajes en su carácter y sensibilidad.

Pero hay otro punto con respecto al tema: “Uno se acostumbra”, para mí, trata de la búsqueda de la felicidad. Una constante universal e histórica en la que estamos inmersos como locos cuanto ser humano habita, habitó o habitará en este planeta. Bajo ese sentido, la novela la estructuré a la usanza de un libro de autoayuda, si es que eso existe. Cada capítulo tiene, aprovechando las letras de temas musicales, una orientación tradicional en esa clase de libros: ¡Viaje! ¡Ejercítese! ¡Salga al aire libre!, y por ahí te vas, pero con un tono que intento sea un poco más jocoso. Espero haberlo logrado.

SU: Jocoso y con cierta ironía. Pero además del guiño musical, también está presente el guiño literario: Las Confesiones de San Agustín (que leen Carlos Alejandro y también el Sr. Gamboa) y la novela de Eco a que se refiere Matilde. En el primero, el cambio de vida, en el segundo la recuperación de la memoria. ¿Espera el autor contar con lectores conocedores de estas obras que vean los paralelismos o los vasos comunicantes con los personajes de Uno se acostumbra?

AR: De ninguna manera. El texto narrativo tiene que ser autónomo y debe explicarse en sí mismo. Claro, hay todo un patrimonio cultural al que recurrimos para entendernos y que no necesitamos aclarar. Al escribir apuesto a que eso es así. Que todo el mundo sabe que es un avión y un aeropuerto, un automóvil y un taxi, un teléfono celular, etc. Pero no puedo pretender que todo el mundo haya leído cuanto libro existe. Si uso esos elementos por motivos dramáticos, de apoyo a mi historia, explico allí mismo lo que considero debe saber mi lector para que vea por donde voy en la narración. Si por suerte ya conoce el libro, o la película, eso es un plus que le permite hacer los juegos de análisis que mencionas o hasta confrontar mis puntos de vista.

SU: Uno se acostumbra es una historia del acontecer diario: con personajes que podemos ser nosotros mismos o encontrarlos en el Metro.  Un año después, usted publica Massaua: una novela histórica de más de 500 páginas, basada en hechos reales y legendarios. ¿Cuál de los dos trabajos de escritura disfrutó más? ¿Cuál le produce mayor gozo?

AR: Como te mencioné al inicio, escribo sobre – y como – lo que me gustaría leer; pero también tengo la convicción de que cada historia tiene una forma y una longitud muy propia para ser eficiente, para que le funcione al lector.  Dicho esto, debo decir que disfruté y sufrí muchísimo escribiendo tanto “Uno se acostumbra” como “Massaua” o mi primera novela, muy anterior, “Nombre de mujer”, o como me pasa con mis cuentos y micro-relatos. En la medida que escribo me voy haciendo amigo de esos individuos que habitan en mi imaginación o en las páginas que voy redactando, y me entusiasmo y excito,  y a veces hasta me da mucho dolor ponerlos a pasar tanto trabajo como pasan. Pero cada texto tiene sus bemoles.

En “Uno se acostumbra” la mayor dificultad estuvo en hacer creíbles e identificables las diferentes voces, que reflejaran distintos puntos de vista y pudieran representar con fidelidad a una mujer, a un alto ejecutivo, a un adolescente y así, manteniendo el ritmo y la frescura. Lo más complejo en “Massaua” fue conseguir toda la data necesaria para reconstruir tanto la anécdota, como los ambientes, todo el acontecer histórico que envolvió ese viaje de un grupo de buzos de la pequeña isla de Margarita en Venezuela para ir a pescar perlas en India, atravesando medio mundo, hasta terminar abandonados en Massaua, en Eritrea, en el mar Rojo, cuando era colonia de Italia, por allá por 1935, justo cuando se avecinaba la II Guerra ítalo-Abisinia, y mantener un tono narrativo fresco para que nadie me abandonara la lectura a mitad del camino.

Pero eso es lo que me divierte y me apasiona de escribir. Espero que los lectores también se apasionen y diviertan con mi trabajo.

Eso es precisamente lo que encontramos en Uno se acostumbra: una historia capaz de entretenernos lo suficiente para no soltarla y con la mezcla justa de drama y humor.  En los cinco capítulos de la novela identificamos al menos siete cambios (o intercambios) de voces narrativas.  A veces hablan los personajes desde un narrador protagónico, pero al minuto siguiente es más bien la voz de su conciencia la que habla en segunda persona.  En otras ocasiones, como en el caso notorio de Myriam, presenciamos más bien un monólogo. Y esta sucesión de voces se cuela en la lectura de forma sutil, sin estorbar al ritmo de la lectura, y desvelando poco a poco la trama y la interrelación de los personajes.

Nos entretiene la historia y nos entretiene el esmerado estilo de Arnoldo Rosas, que no nos deja leer por encima sino que dialoga continuamente con nosotros.

Ordena UNO SE ACOSTUMBRA haciendo click en la imagen

 ARNOLDO

 

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