El mundo sabe que, entonces, Ryan Gosling hablará clrrrro:  Sitúate tres años atrás. Me encuentro en un crucero que recorre los fiordos de Alaska. Algo muy de Hollywood. Me han invitado a cambio de publicar en mi Twitter que la compañía me ha tratado muy bien y que ha sido un gran viaje y que me he divertido mucho y que gracias al operador Alaska’s Morning Light mis dolores de cabeza debidos al estrés han desaparecido por completo. No tengo idea de qué necesidad hay de ello: los camarotes, todos de lujo, están ocupados desde hace meses. No les hace falta ninguna publicidad.

Yo aún me tambaleo a causa de una de mis últimas relaciones, que me ha dejado malherido. Hablo de una de esas relaciones locas en las que caí después de cortar con Eva. Una relación muy Ryan Gosling, te diré. Creo que todas las estrellas pasamos por períodos así de autodestructivos ya sea por las drogas o por el sexo. Yo salía con una de esas chicas que, cuando no te practica la mejor felación del universo, te arroja jarrones a la cabeza. La quería, créeme. Y me empeñé en ayudarla. Querer ayudar a alguien que no se quiere ayudar a sí mismo me parece la tarea más disolvente que existe. En la mayoría de los casos, ni siquiera consigues que reconozcan su problema. Sólo consigues sexo. Bueno, sexo: para qué quejarnos.

Sí, el sexo era maravilloso, y traía consigo un síndrome de abstinencia que me mantenía enganchado. Pero pronto ella comenzó con los celos. Sentía celos hasta de las mujeres que yo besaba en las películas. Un día me dijo que, o dejaba de actuar, o se mataba. Yo ya había llegado a mi límite, así que reaccioné retándola, diciéndole que ojalá fuera verdad, porque si algo le sobraba al mundo eran taradas como ella.

Cinco horas más tarde, no quieras conocer detalles,  la ingresaba en el hospital, justo a tiempo para evitar que muriera desangrada por los cortes que se había infligido en la muñeca.

Yo la quería igual que ahora quiero a Rose. Pero no la escogí. No, ni siquiera Ryan Gosling puede escoger. Algo aquí dentro (y al decir esto Ryan Gosling se tocará, no el pecho a la altura del corazón, sino la sien con el dedo índice) escogió por mí. Me costó terminar la relación. Pero yo no era el indicado para ella ni ella para mí. Y, créeme, formábamos una pareja que a la prensa le hubiera encantado.

Así que me encuentro en ese crucero de Alaska y llevo ya unos meses sin pareja, tratando de recuperarme de la ruptura a base de alcohol y de follarme a todas las que se cruzan en mi camino. Y, tachán, conozco a Heather. Una chica… Joder… qué chica. Y no se parece a las demás, te lo aseguro. Yo nunca en mi vida me he acostado con alguien así, y soy Ryan Gosling. La mayoría de las actrices de Hollywood habrían resultado vulgares al lado de Heather. Hablo con ella una noche en el casino del barco, ella con un vestido negro, vaporoso, que deja libre casi toda la espalda, a pesar de que en el exterior la temperatura ha descendido a quince grados bajo cero y el agua del mar se está congelando. Y le digo que soy actor, y me responde que ya sabe quién soy, y que ella se dedica a la Neurobiología y que trabaja en el Caltech. Y decido que sí, que puede ser ella, que resulta lo suficientemente marciana como para borrar todas las impurezas que llevo atascadas en la memoria. Ella, sí.

Pero hay un problema. Oye, me digo a mí mismo, Ryan Gosling no debería tener problemas. Pero sí, hay un problema. Heather se hace acompañar por un hombre mayor, o que no es mayor pero parece mayor: el doctor Woodrow. Un tipo cetrino con mucho pelo en los brazos, pequeño y enclenque. Candidato al premio Nobel por su aportación a la bioquímica y a la neurología, me cuentan. Yo no doy crédito a que semejante mujer salga con semejante espécimen. Asumo que estará forrado y que ella se habrá unido a él en un triste intento por escapar de la pobreza y pagar su crédito universitario.

Pero, ¡ey!,  aquí está Ryan Gosling, con el rostro y el torso y el caché de cinco cifras por película de Ryan Gosling, para devolverle a ella la fe en el amor. La veo a menudo, paseando por cubierta, abrigada con pieles de valor incalculable con las que seguro que la agasajará su profesor. Estolas, joyas, copas de champagne. Y, en el interior, vestidos que desvelan un cuerpo increíble.

Y me dice el doctor Woodrow: Usted la mira muy a menudo, se queda mirándola, la mira de veras. Normalmente la desean, pero no con tantas ganas como usted. Y usted es Ryan Gosling, la gran estrella.

La conversación tiene lugar en la cubierta de estribor un sorprendente día de sol. El barco ha anclado en Glacier Bay. Los altavoces explican la formación geológica del glaciar Muir y sus características y yo debería estar contemplando el glaciar Muir y sus características, como todo el pasaje, pero no lo hago: la contemplo a ella y sus características. Es cuando él, el doctor Woodrow, se me acerca por la espalda y me habla por primera vez. Él quiere resultar amistoso, pero mis niveles de deseo hacia su pareja ya han pasado de lo tolerable y siento unas enormes ganas de escupir al doctor.

Le digo: ¿No le avergüenza que todo el mundo sepa que ella está con usted por su fortuna?

Y me dice: ¿Por mi…? Oh, señor Gosling. No puede estar usted más equivocado. Yo no tengo un dólar. De hecho, ¿aún no conoce su nombre completo? Heather…

Y entonces pronuncia ese apellido que preside las entradas de cientos de hoteles en más de medio mundo, sí, tú ya sabes a cuál me refiero.

Y sigue el doctor: La conocí en una recogida de fondos para mi departamento de neurobiología, me humillé ante ella para conseguir que financiara un experimento. Pero aceptó. Sólo con la condición de que le permitiera formar parte de mi equipo. Me mostró su impresionante currículo académico y enseguida empezamos a trabajar juntos. Si me conceden el Nobel, podré devolverle parte de lo que me ha prestado.

Mi cara debe de adoptar entonces el mismo color del glaciar Muir ante el que nos hallamos, porque el doctor afirma: Entiendo cómo se siente. No puede comprender que un ganador como usted, la cúspide de la pirámide evolutiva, el macho alfa, pueda ser relegado por alguien como yo.

No sé dónde está el truco, contesto, pero…

Y él me dice: Hay truco, sí. Reside en desear la felicidad o, lo que es lo mismo, la ausencia de dolor. Yo nunca la haría daño. Y estoy tan seguro de mi propuesta que le reto a usted a tratar de seducirla. No me interpondré. Es más, le apuesto 1000 dólares a que no lo consigue.

¿Está loco? Soy Ryan Gosling, le hago notar. Y me doy cuenta de lo patético que sueno.

Acepté el desafío, le dirá a usted Ryan Gosling en su fiesta nupcial, tras la ya séptima copa de whisky solo, pues el cisne de hielo ha terminado de desvanecerse y no hay forma de servir un on the rocks. Y sufrí la mortificación de reconocer que el doctor estaba en lo cierto. Él asistió como testigo a todos mis intentos. Me acercaba a Heather para hablar, pero era rechazado con la mayor falta de interés por su parte.

Sé que no puedo competir en intelecto con el profesor, le suplicaba, y quizá no te conformes con una cara bonita, pero yo, ya lo sabes, soy una persona sensible, icono hipster, dicen de mí,  me gusta el ballet e incluso … Mi artillería tropezaba con su más absoluta indiferencia. Y el doctor reía.

Una noche me las arreglé para coincidir con ella a solas en cubierta. Ejecuté mi ensayo maestro. Concentré la tensión justa en la comisura de los labios y en las sienes para reproducir una semisonrisa  de efecto absolutamente devastador. Te juro por todo lo más sagrado que sentí que el glaciar Muir temblaba y se licuaba al presenciar la curvatura de mi boca.

Ella dijo: Por favor, señor Gosling, no sea usted tan obvio. No hay nada que moleste más a una mujer que la obviedad. Pero esto ya debería saberlo. Porque es usted Ryan Gosling.

Y se fue.

Me sentí tan frustrado que me obligué a mí mismo, no ya a ganar la apuesta, sino a desvelar el tramposo secreto que obligaba a aquella mujer a amar al doctor Woodrow. Me pasé una noche entera en Internet leyendo artículos sobre el doctor. Averigüé que trabajaba a menudo para un emporio farmacéutico. Publicaba sus papers  acerca de química de las emociones en revistas como The Lancet, Nature , Science… En uno de ellos hallé lo que buscaba. Estaba lleno de tecnicismos, así que entendí  lo que pude: algo sobre un cóctel hormonal que se ensayaba en psicópatas para ayudarlos a sentir empatía y que, en algunos casos, hacía experimentar síntomas de enamoramiento. El artículo tenía ya unos años; el tiempo suficiente para que la fórmula hubiese cambiado de composición y se hubiera probado con otros fines varias veces.

Salí de mi camarote. Decidido. Como una bala… de cañón… por los pasillos de bajo cubierta… como cañones (da usted por hecho que Ryan Gosling ya no está para metáforas). Me disponía a liberar a la mujer de las garras farmacéuticas que el profesor había tendido sobre ella. Golpeé la puerta de su cabina. Fue Woodrow quien abrió. Irrumpí dentro. Ella vestía un camisón y, por el estado de las sábanas y la espesa humedad disuelta en el aire, se diría que acababan de hacer el amor. Puedo percibir estas cosas porque soy Ryan Gosling.

Dije: Usted está envenenando a esta mujer con una especie de elixir del amor. Aún no comprendo cómo, pero  estoy seguro de que lo está haciendo. Y le apunté con un dedo y mis enigmáticos ojos azules para intimidarlo.

Heather, le dije a ella, aléjese del doctor. Venga conmigo. En pocos días olvidará el amor, si se puede llamar amor, que siente por él. Es tan solo obra de la química.

Señor Gosling, dijo el doctor Woodrow, todo el amor es obra de la química. Más aún, todo lo que sucede en su triste vida de actor de éxito en Hollywood es obra de la química.

Usted no está negando mi acusación, dije yo.

Él suspiró. Se acercó a un mueble, abrió un cajón. Ella, sentada en la cama, se retorcía. Hizo ademán de levantarse como para detener a su pareja. Y chilló: Woodrow.

Déjalo, Heather. Tiene derecho a saber. Además, es Ryan Gosling.

Entonces el doctor extrajo del cajón un neceser lleno de ampollas de cristal rellenas de un líquido transparente. Y lo puso en mis manos.

Le presento lo que usted llama elixir del amor. Una fórmula de oxitocina, dopamina, endorfina y otros principios activos, que provocan la alteración de ciertos neurotransmisores con… bueno… con este resultado.

Luego usted lo reconoce, grité. La ha estado drogando.

Y entonces ella intervino: No exactamente, dijo. Se levantó de la cama. Tomó una de las ampollas. Y, ante mis ojos y en pocos segundos, demostrando una habilidad asombrosa, propia de quien ha repetido esa operación mil veces, clavó en la ampolla una jeringuilla que luego se inyectó en el abdomen.

Y el doctor dice: Yo no estaba de acuerdo. Le di las ampollas para que se librase de una vez de la influencia tóxica de su ex marido, así podría escoger a alguien más adecuado. Daba pena verla en aquellos días. Nunca pensé que el elegido sería yo. Ni siquiera soñaba con ello.

Pero, ¿por qué usted?

Ya se lo he contando, señor Gosling, yo nunca le haría daño.

Pero… ¿Y…? ¿Y la libertad?

Ella soltó una carcajada al escuchar esa palabra: ¿Libertad? ¿Dónde está la libertad de enamorarse, señor Grosling? Un mecanismo hormonal descontrolado que se desata sin saber por qué y que funciona como la peor de las adicciones. ¿Cuál es la libertad? La libertad es esta, señor Gosling. Y alzó ante mis ojos la jeringuilla vacía. Es poder escoger, por primera vez en toda la Historia, a la persona adecuada. Escoger con la razón, no con las gónadas. Es ser feliz por fin.

Yo nunca le haría ningún daño, señor Gosling, insistió Woodrow. Ella lo sabe.

Ante la segunda botella de whisky, ante usted, ante los despojos de la gran fiesta de su casamiento, Ryan Gosling comenzará ya a cabecear, a dejar que sus párpados se desplomen, en ese lugar de  Cornwell, Ontario, Canadá, al que usted premiará con su asistencia destacada uno de estos años que están por venir.

Ryan Gosling: Rose no sabe que he estado tomando la droga del doctor Woodrow. No sé por qué, no me atrevo a decírselo. Ahora pienso que escogerla a ella, razonadamente, después de mucho meditarlo, y obligarme a quererla, ha sido por fuerza un acto de amor mucho más intenso que el mismo enamoramiento. Pero no sé si ella lo entendería. Guárdame el secreto, por favor. .

Usted: Pero, ¿no lo encuentras artificial? ¿No te preocupa… no sé… la trampa?

Ryan Gosling: Escucha, enamorarse está lleno de trampas. Está terriblemente condicionado por millones de factores. Te enamoras influido por los cánones de belleza, por la presión social, por el dinero. Fíjate en el ave del paraíso: de alguna ridícula manera, la selección natural premia a los ejemplares más vistosos que son, al mismo tiempo, los que más posibilidades tienen de ser descubiertos y cazados por los depredadores. El elixir del doctor Woodrow es la auténtica libertad de decisión. El verdadero amor. La abolición total de los corazones rotos y…

Las palabras de Ryan se habrán convertido ya en algo poco más inteligible que un ronquido. En ese momento, usted se dará cuenta de que Rose avanza en su dirección a través de la pista de baile, en la que ya solo queda una pareja de jóvenes, que duermen de pie, apoyados el uno en el otro. Rose mantendrá aún la sonrisa y el vestido en un estado de blancura irreprochable. Y usted la observará y será testigo de una belleza que jamás podrá ser percibida por ojo alguno ni descrita en palabras.

Rose: ¿Te ayudo a subir a la cama?

Ryan: Gracias, Rose.

Gosling se levantará y cargará el peso sobre el hombro de su esposa y su rostro deformado por la bebida cobrará un gesto reconfortado, como de niño al que le besan una herida en la rodilla. Mientras se dirigen despacio al dormitorio, con pasos torpes, usted escuchará:

Ryan Gosling: Rose, ¿verdad que nunca me harás daño?

Rose: No, Ryan, claro que no.

© 2013, Paco Bescós. All rights reserved.