El mapa y el territorio.
Michel Houellebecq.
Anagrama.
377 págs.
Traducción: Jaime Zulaika.

El otro día aquí, mi compañero Pedro Medina reseñaba Plataforma, una de las más celebradas novelas de Michel Houellebecq. Y hoy le dedicamos unas frases a su última obra, que fue publicada en español el pasado septiembre, después de una espera que se ha hecho larga desde que la novela ganase el premio Goncourt.  No es fácil leer a Houellebecq, uno nunca sabe bien cómo interpretarlo. En ocasiones puede pensarse que sus textos solo soportan una lectura sarcástica, a veces parece un moralista posmoderno, otras, un provocador sin causa. Pero la facilidad para romper esquemas no puede ser tomada por defecto, y la multitud de mensajes poderosos que se extraen de sus novelas, una vez pasadas por el tamiz de la lectura crítica, así como la originalidad de sus tramas, lo convierten en uno de los más interesantes autores de la actualidad.El mapa y el territorio cuenta la historia de Jed Martin, un artista poco comprometido con el arte, un amante poco comprometido con el amor, un ser vivo poco comprometido con el acto de vivir, que, sin embargo, triunfa en todo casi sin proponérselo. No es una historia de pasiones, sino de desapasionamientos: en lugar de ser feliz con su éxito, Jed Martin vive alienado, apático, vacío. Se revela como un alter ego del propio Houellebecq, con el cual, además, se encuentra durante el relato. La relación del autor ficticio con el real se describe como una especie de admiración melancólica: lo tomará como modelo, como sabiendo que su destino, su proceso de aislamiento cada vez más radical, va a asemejarse mucho al tipo de vida del escritor.El texto contiene ingredientes típicos en la obra de Houellebecq. A él no le interesa el mundo más que como objeto de narración (‘el mapa es más interesante que el territorio’). También propone el consumo, sin asomo de crítica, como analgésico fácil y breve para aliviar tal desinterés: embutidos, perros, viajes, coches, cámaras digitales; al fin y al cabo, la verdad publicitaria es una de las pocas verdades verificables mediante la experiencia, frente a otras verdades más universales y de mejor reputación, como el amor, la familia, la religión, que parecen suscitar una desconfianza patológica en este autor.

‘Los Audi se caracterizan por un nivel de acabado particularmente alto, con el que sólo pueden rivalizar algunos Lexus, según el Auto-Journal’.
Al margen de que suscribamos o no estas ideas, el mensaje posee tal originalidad que no podemos más que destacar su frescura y su interés, en un mundo en que predomina el aburrido wishfull thinking.Y, sin embargo, hay que advertirlo: El mapa y el territorio puede decepcionar al lector fiel de Michel Houellebecq.Primero, porque la carga de provocación es notablemente más ligera que en trabajos como La posibilidad de una isla, Plataforma o Las partículas elementales. Ni siquiera cuando de verdad lo intenta: en la última parte de la novela, donde las imágenes se vuelven más duras y las ideas se desnudan, el autor cae en la descripción de una violencia de látex y sirope, como sacada de CSI, que no convence en absoluto. No consigue revolver ni media tripa.Además, parece que Houellebecq intenta compensar esa flojera, esa pérdida de punch, incluyéndose a sí mismo como personaje y mostrándose, vaya por Dios, como un tipo muy loco, muy sociópata, muy alcohólico. Como si estuviera diciendo a su lector habitual: ‘Eh, ya sé que esto no es lo que esperabas; pero sigo siendo el de siempre, mira lo que cuento de mí mismo’. Tampoco convence.Segundo, porque la prosa se encuentra en un tremendo estado de abandono. En ocasiones, da la sensación de que se hayan colado páginas de Stieg Larsson en el manuscrito original. No es de recibo adoptar un tonillo populachero (‘los calores intensos’, ‘enfriamiento brutal’), abusar de un vocabulary (‘traders’, ‘nerd’, ‘escort girl’), yes,  in english, my friend, y luego utilizar el adjetivo ‘ditirámbico’ hasta en tres ocasiones. Estos errores no son de los que pueden achacarse a una traducción descuidada.

No solo la prosa. Los personajes asombran por su bidimensionalidad, por el poco esfuerzo que se ha tomado en diseñarlos y situarlos en el texto.

Algunos críticos más entusiastas han destacado una voluntad de desentrañar el mercado del arte. No parece, sin embargo, que el interés del Houellebecq en esto pase de lo más superficial. Durante la lectura asistimos a muchos acontecimientos en torno al gremio de los artistas, galeristas y marchantes, pero el autor los despacha con un par de pinceladas: poco más que la referencia a un puñado de críticos de arte famosos y alguna revista especializada. De hecho, en los agradecimientos el autor reconoce que no suele documentarse sobre estos temas. Sí existe, sin embargo, una acertada valoración del Arte como actividad imprescindible para aprehender un mundo muchas veces hostil al individuo: por eso el mapa siempre es mejor que el territorio.

Dicho esto, ¿merece la pena leer El mapa y el territorio? El lector se encontrará sometido a un vaivén: de fragmentos insustanciales, aburridos, feos, a momentos brillantes, con una alta concentración de ideas y de imágenes terriblemente descarnadas y descorazonadoras. A todo aquel que pueda desesperar en la página cien, podemos animarle a continuar, hablándole de lo que se perderá si abandona: los últimos capítulos de la tercera parte, y, sobre todo, el excepcional epílogo, lo mejor del libro, con ese relato de las últimas décadas de vida de Jed Martin, ya convertido en un ermitaño, y la exposición de su última obra maestra.

En definitiva, una obra muy difícil de juzgar, difusa, exigente con el lector. Más aún: exigente con el buen lector, al que se encomia a tolerar los defectos que habitualmente no tolera. Quizá la novela comience a dar frutos en la mente unos pocos días después haberla terminado, cuando se haya olvidado el estilo chapucero y los fragmentos insustanciales. Y sólo las imágenes potentes y las ideas abrumadoras, que las hay por doquier, permanezcan en la memoria.

© 2011 – 2012, Paco Bescós. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorConversando con el escritor José Luis Muñoz
Artículo siguienteEntrevista Juan Gabriel Vásquez: Premio Alfaguara de novela 2011

El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.