Hugo Fontana

El geógrafo y pensador anarquista Eliseo Reclus nació en Francia en 1830 y falleció en Bélgica en 1905. Segundo de los catorce hijos de un pastor calvinista y de una madre descendiente de Enrique I de Inglaterra, desde muy joven se opuso a los deseos de su padre, que lo quería convertir en estudiante de Teología, y deambuló en compañía de su hermano mayor Elías por una Europa sumida en permanentes conflictos políticos. Leyó a Saint-Simon, Comte, Fourier, Owen y Proudhon, quienes marcarían para siempre su pensamiento, en tanto continuó sus estudios que, a los veinte años, lo llevaron a la Universidad de Berlín, donde asistió a los cursos de Karl Ritter sobre el planeta Tierra. Su vocación por la geografía terminó de plasmarse cuando en 1852, tras el golpe de Estado de Napoleón III, debió exiliarse en Londres y más tarde marchar hacia Irlanda. Poco después, y según sus propias palabras, “el ansia de conocer el mundo y ver nuevos paisajes (…) me empujaron hasta el puerto de Liverpool, desde donde ese mismo año embarque en un velero con destino a Nueva Orleans.”

Fue entonces cuando dio comienzo a un peregrinaje casi imposible de narrar. En Nueva Orleans se desempeñó en los más diversos oficios hasta que comenzó a trabajar como preceptor de los hijos de Fortier, un terrateniente y convencido esclavista. Remonta el Mississippi, llega hasta Chicago y retorna al deep south para estudiar aquella sociedad a menos de diez años del estallido de la cruenta Guerra de Secesión, hasta que un día decide partir hacia los Andes. “Me había enamorado de la señorita Fortier y ¿cómo casarme con la hija de un propietario de plantación y, a la vez, desear la abolición de la esclavitud?

En 1855 está en Colombia, y se establece en Riohacha, una localidad al pie de la Sierra Nevada de Santa Marta, desde donde comienza un riguroso estudio de la zona, viajando de un lado a otro y “midiendo el planeta con los pies”, según sus propias palabras. Quiere establecer una explotación agrícola siguiendo los preceptos de sus teóricos de cabecera, pero dos años más tarde contrae malaria y sólo con la ayuda de su hermano Elías consigue retornar a Francia “con la firme convicción de vivir como hombre libre y ser geógrafo”. Será el momento de comenzar a escribir acerca de todo lo que había visto, y pronto la famosa editorial Hachette le encarga, casi al modo de un precursor turista accidental, la redacción de una serie de guías para viajeros que lo ponen nuevamente en marcha por su país, Alemania, Suiza, Italia y España.

Las damas galantes

En 1861 aparece su libro Viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta, y durante esa década acumula trabajos que va dando a conocer en distintas publicaciones periódicas, hasta que en 1869 un editor le encarga un libro para niños. Surge entonces El arroyo, breve volumen que vende miles de ejemplares y que él explicaba según la siguiente sentencia: “La historia del infinito la hallamos contada en una gota de agua”. Con el trajín, va depurando su estilo hasta alcanzar momentos de verdadera poesía en medio de sus agudas descripciones científicas, entre ellas las pertenecientes a Historia de una montaña y La Tierra, descripción de los fenómenos de la vida del globo.

Clarisa y Fanny, sus dos primeras esposas, fallecen en respectivos partos con pocos años de diferencia. Conoce por esa época al ruso Mijail Bakunin, recién llegado al continente tras años de presidios en su país, uno de los fundadores del anarquismo moderno y de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), que Reclus luego integrará. Pacifista, tildado de “moderado” por el historiador alemán Max Nettlau, repetidas leyendas sostienen que, una vez que detonaron las luchas de la Comuna de París en 1871, decidió ir al frente para acompañar a los revolucionarios, pero con un fusil descargado. “…el 4 de abril, sin haber disparado un solo tiro, fui apresado”, cuenta en “Una biografía imposible”, larga nota donde repasa algunos de los episodios más entrañables de su vida. “Cuando entramos en Versalles, las turbas de burgueses, con sus damas galantes del brazo, nos recibían con todos los insultos imaginables, mientras, con las manos ligadas, desfilábamos ante ellas.”

Sentenciado a cadena perpetua, su pena es conmutada a diez años de destierro gracias a una carta firmada por algunos de los intelectuales europeos de mayor renombre, entre ellos Charles Darwin. Su destino, que en un principio iba a ser Nueva Caledonia, es finalmente cambiado por Suiza, donde reside ocho años. Vuelve a casarse, esta vez con la botánica y entomóloga Ermance Trignant-Beaumont, y firma un nuevo contrato con Hachette para publicar Nueva Geografía Universal, un elefantiásico proyecto que terminaría reuniendo diecinueve tomos de casi mil páginas cada uno, profusamente ilustrado –incluso por Gustav Doré- y cuatro mil mapas, a editarse en un principio en delgados folletos que recorrerían, al igual que su autor, el mundo entero. Uno de los lectores más atentos de este trabajo habría de ser el republicano y conservador Julio Verne, de todas formas amigo de Reclus: “ambos, enamorados del viaje, uno del real, el otro del imaginario, (que) se dedicaron a divulgar el saber geográfico entre la burguesía del II imperio”, según apunta el crítico catalán Pere Sunyer Martin.

Mi hermano Elías

Es en esos años que también conoce a Pedro Kropotkin, otro de los referentes del pensamiento anarquista, quien colaboraría en el monumental trabajo de divulgación científica escribiendo los capítulos dedicados a Siberia. Reclus, por su parte y al igual que el italiano Errico Malatesta, se convertiría en una de las firmas habituales del periódico Révolté, que el príncipe ruso editaría en Suiza hasta su detención y condena de cinco años en Francia, lapso en el que el geógrafo se hizo cargo de la revista.

El 5 febrero de 1880 da una conferencia en Ginebra que a los pocos días se publica en un folleto, Evolución y Revolución, que servirá como base para un libro que aparecería años más tarde. Mientras tanto, sus viajes continúan: Egipto, Túnez, Argelia, Constantinopla, Asia Menor, Hungría, Lisboa, Madrid, Barcelona, Nápoles, tal como él mismo enumera sus destinos. En 1889 vuelve a Estados Unidos y viaja también a Canadá. Recién en 1890, casi veinte años después de haber sido expulsado, regresa a Francia. Y en 1893 emprende el último de sus largos recorridos, llegando a Brasil, Uruguay, Argentina y Chile, y escribe un nuevo capítulo para su obra colosal: “L’Amazonie et la Plata”.

Va recogiendo distinciones académicas en Europa y ofreciendo conferencias en una y otra casa de estudios, crea la Sociedad de los mapas y los trabajos geográficos que llevaría su nombre, y ayuda a fundar la Universidad Nueva de Bruselas, inspirada en los preceptos del educador catalán Francisco Ferrer i Guardia. A principios del siglo XX concluye el trabajo El hombre y la Tierra, de 4.500 páginas, que sería publicado en seis tomos profusamente ilustrados. Ha sufrido varios quebrantos de salud y su corazón lo acecha desde mediados de los 90. Finalmente escribe en su autobiografía: “Hoy, 11 de febrero de 1904 ha muerto Elías… Me llega el turno. Mi queridísimo -¡y de tantos!- Elías, se ha dormido dulcemente después de seis semanas de la enfermedad que se apoderó de él. (…) Y ahora el cuerpo rígido se halla extendido sobre el lecho de la habitación vecina…”.

La gran familia humana

La evolución, la revolución y el ideal anárquico fue finalmente el título del libro que publicó en 1897. Durante años el movimiento anarquista abrevó en esta obra, provocando el fervor de los militantes del más diverso signo, desde los pacifistas a ultranza como Malatesta o Luigi Fabbri hasta aquellos que habían optado por otros métodos, como Severino di Giovanni, quien es detenido en Buenos Aires –para ser posteriormente fusilado por la dictadura del general Uriburu- tras perpetrar un robo a mano armada buscando fondos para editar el libro de Reclus, episodio detalladamente descrito en Severino di Giovanni, el idealista de la violencia, de Osvaldo Bayer.

 Al igual que Bakunin, que en su madurez logra distanciarse de Hegel para rastrear en la obra de Kant categorías esenciales como la de la libertad, Reclus busca en Spinoza otras respuestas que lo alejen del determinismo tan en boga en la Europa decimonónica. Pero en ningún momento se fatiga en su libro la mirada del científico, intentando llegar a conclusiones que le permitan afrontar con acierto la encrucijada que vivía la clase trabajadora. Es un continente donde la expectativa de vida del proletariado apenas llega a los 40 años y donde mueren 6 millones de personas al año debido al hambre y a las pésimas condiciones ambientales. Y sostiene: “En la gran familia humana, el hambre no es solo el resultado de un crimen colectivo; es además un absurdo, puesto que los productos exceden dos veces las necesidades de consumo”.

Sus ideas se detienen en el concepto de evolución, al que define como “el movimiento infinito de cuanto existe, la transformación incesante del universo y de todas sus partes, desde los orígenes eternos y durante el infinito del tiempo”, y agrega luego que para la ciencia no hay diferencias entre evolución y revolución, sino que en ellas anidan “hechos de un mismo orden, que solo difieren en la amplitud del movimiento.” Sus ejemplos provienen de la astronomía y de la biología, de océanos y mares, de hombres y animales. Esos mundos establecen una dinámica en la que, con el paso del tiempo, reinará una innegable armonía aunque el movimiento jamás se detenga. “Así, puede decirse que la evolución y la revolución son dos actos sucesivos de un mismo fenómeno; la evolución precede a la revolución, y esta a una nueva evolución, causa de revoluciones futuras.”

Llevar estos fenómenos al plano social es la minuciosa tarea del pensador. Para él, lo esencial ocurre en el terreno del conocimiento y del aprendizaje, instrumentos básicos para el avance del hombre. “¡Queremos saber!”, exclama, y a ello se aboca y contribuye con todas sus energías. Ha agregado algunas páginas a su conferencia original, dedicadas a la actuación de los grupos socialistas europeos que se han constituido en partidos y pactado políticamente con las instituciones establecidas, clero, ejército y magistratura. “Ciertamente, los socialistas llegados al poder, proceden y procederán del mismo modo que sus antecesores, los republicanos: las leyes de la historia no se alterarán a su favor”, escribe, para preguntarse algunas líneas más adelante: “¿Qué resolución pueden tomar, llegados a este terreno, si no es la de seguir la rutina gubernamental, enriquecer a su familia y colocar a sus amigos?”. Y unos pocos años antes de la Revolución de Octubre, ya aventura una advertencia concluyente: “Toda revolución tuvo su día siguiente…”.

El objeto final

Poco después de su muerte Kropotkin escribió que Reclus “era anarquista hasta el fondo de su espíritu, hasta la más pequeña fibra de su cuerpo. Pan seco le hubiera bastado para atravesar una crisis revolucionaria y trabajar en la instauración de un porvenir de bienestar para todos. Supo permanecer pobre, absolutamente pobre, a pesar del éxito de sus bellos libros. Nunca parece habérsele ocurrido la idea de dominar a alguien; odiaba las más pequeñas huellas de espíritu de autoridad. Para él, en fin, que conocía tan perfectamente los pueblos diseminados sobre la tierra, los cuales nos muestran la etapas recorridas por la humanidad , para él la anarquía no era simplemente el sueño de un enamorado; era la conclusión, la clave de bóveda de la historia de la humanidad, de la ciencia, el objeto final, que existía tan ciertamente como estrella por la cual se rige hoy nuestro sistema solar; y con la naturaleza, la bella naturaleza que él amó tanto, lo mismo que la amaron Goethe y Shelley, era para él una necesidad física, nunca se dejó desviar de su camino por ninguna creencia supersticiosa inspirada por el temor a un imaginario mundo ultraterreno”.

En Montevideo, el 23 de julio de 1905, a dos semanas del fallecimiento de Reclus, el Centro Internacional de Estudios Sociales organizó un homenaje en el que participaron figuras procedentes de un amplio espectro político, entre ellos José E. Peyrot, Emilio Frugoni y Ángel Falco. Edmundo Bianchi, otro de los asistentes, decía entonces que Reclus “llamaba hermanos a los pájaros, a las flores y a las aguas”, y hablaba “con el respeto de un hijo por la negra tierra que pisamos y que hoy le cobija amorosamente”.

La edición en Montevideo de Evolución, revolución y otros escritos, con prólogo de Osvaldo Bayer, debe ser bienvenida por el rescate de la figura y el pensamiento de un individuo adelantado a su tiempo, acaso el primero de los más convencidos ecologistas y defensores del planeta. El volumen incluye además de sus textos centrales, un discurso pronunciado por Reclus en 1895, durante la sesión de apertura de la Universidad Nueva de Bruselas (“Del heroísmo en los estudiantes y en los profesores”), el breve artículo “A propósito del vegetarianismo” y fragmentos de la ya citada “Una biografía imposible”.

 

Evolución, revolución y otros escritos, de Eliseo Reclus, Alter ediciones, Montevideo, 2013, 165 páginas

 

 

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(Canelones, 19 de mayo de 1955). Escritor, crítico literario, periodista. Desde 1986 ha colaborado en numerosos medios de prensa, publicando notas, reseñas y criticas literarias en Brecha; Zeta, El País Cultural; El Observador y La República.

Obra poética publicada: Las sombras, el sol (1977); Antología de las menciones (libro colectivo de la Feria Nacional de Libros y Grabados, mención compartida con Luis Bravo y Adolfo Bertoni, 1981); La voluntad de mentir (1986); Poemas de arena (1988); El gallo incierto (plaqueta, 1988).

Narrativa publicada: El cazador (novela, 1992); Y bésame así (novela, Alfaguara, 1996); Liberen a Bakunin (cuentos, 1997); El crimen de Toledo (novela, Alfaguara, 1999); Veneno (novela, Lengua de trapo, España, 2000, Sudamericana Uruguay, 2007); La piel del otro. La novela de Héctor Amodio Pérez (investigación periodística, Cal y Canto, 2001; Ediciones PuntaObscura, Montevideo, 2012); Oscuros perros (cuentos, Ediciones de la Banda Oriental, 2001); Las historias más tontas del mundo (cuentos, Alfaguara, 2001), Quizás el domingo (cuentos, Ediciones de la Banda Oriental, 2003), Historias robadas. Beto y Débora, dos anarquistas uruguayos (investigación, Cal y Canto, 2003), El príncipe del azafrán (novela, Planeta, 2005), La última noche frente al río (novela, Planeta, 2006), Un mundo sin cielo (novela, Rebeca Linke Editoras, 2008). El noir suburbano (novela, Editorial Hum, 2009) y Tierra firme (novela, Random House Mondadori, 2011).

En 1997 obtuvo el primer premio de la IMM en narrativa inédita por Las historias más tontas del mundo, y por dos veces el primer premio del concurso Narradores de Banda Oriental-Fundación Lolita Rubial: en 2001 por Oscuros perros y en 2003 por Quizás el domingo. En 2007 Un mundo sin cielo resultó finalista del concurso Juan Rulfo de Radio France Internacional en la categoría novela breve, y en 2010 recibió el Segundo Premio en el concurso anual del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

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