Rescataron al gatito (así lo llamaron desde el principio, “el gatito”) de los bajos de un coche. Tenía signos de haber pasado un mal rato, como si lo hubieran atropellado, costra de sangre que el gato no paraba de lamerse. Se lo llevaron a casa sin la resistencia del minino que como mucho pegó un par de maulladas para hacerse valer. Pusieron un anuncio en una red social buscando un salvador para el gatito callejero y fueron cientos de solicitudes de adopción. Todo el mundo quería tener a ese gatito en su casa. Se hizo un sorteo y le tocó a doña Asunción, una señora que vivía en la calle Amparo de Madrid y que acogió feliz la noticia. De un golpetazo seco contra el lavabo noqueó al animal que, muertecito, se dejó despellejar sin remedio mientras la señora precalentaba el horno a 180 grados. Abrió una botella de Valdepeñas para acompañar al inesperado manjar. Con cebolla y ciruelas quedaba una cosa muy apañada.

© 2013, Eduardo Laporte. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorEmpatía
Artículo siguienteDinero

Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):