José Luis Muñoz

Jack London (San Francisco, 1876 – Glen Ellen, 1916) fue uno de los autores preferidos de mi juventud, cuando comenzaba a descubrir el placer de la lectura y encontraba en sus páginas exóticas aventuras que me llevaban desde los sofocantes trópicos al gélido Ártico. Con este escritor de la naturaleza salvaje empecé a viajar en mi infancia, a través de mi imaginación, para luego hacerlo de adulto en el mundo real. Fue un autor que descubrí en la biblioteca de mi padre, hurtando tiempo al estudio, algo de lo que no me arrepiento, y que lo leía en voz alta en las horas lectivas un buen profesor de literatura que tuve en enseñanza primaria, Joaquín Marco, que fue luego catedrático universitario, reputado crítico y prestó atención a mis dos primeras novelas publicadas Barcelona negra y El cadáver bajo el jardín.

Empecé a leer a London en novelas por entregas, encuadernadas por mi padre, de los años cincuenta, en una colección que llevaba por título Novelas y cuentos, en formato de diario y muy incómodo de manejar, que reunía algunas de las piezas capitales de la literatura universal en donde también figuraban Joseph Conrad, Herman Melville, Robert Louis Stevenson o Sommerseth Maugham, autores todos que avivaron en mí, desde muy joven, las ansias de viajar y la aventura. London fue capital para mi formación literaria, no sólo por la amenidad indudable de su prosa, sino porque iba directo al corazón de las historias y conseguía sobrecogerte y que te helaras de frío en la Alaska, en donde transcurrían La llamada de la selva o Colmillo blanco, protagonizados por el perro Buck, o aterrorizarte con sus historias de caníbales de la Polinesia. Sus narraciones, muy visuales y sensuales, estaban dotadas de una fuerza vital que parecía venir directamente de su autor.

Muchos años después, mi reencuentro con sus libros, en la madurez, no ha sido decepcionante sino todo lo contrario, estimulante, y ello me obliga a hacer una serie de consideraciones sobre un autor que fue un ejemplo de vitalidad. London tuvo una vida tan efímera como azarosa: en solo cuarenta años de lucha y escritura fue marinero, buscador de oro, obrero en una fábrica de conservas, vagabundo y luchador social —Cómo me convertí en socialista, La guerra de las clases y Revolución y otros ensayos, y su novela más reivindicativa. El talón de hierro, fueron frutos de su conciencia de clase— con un bagaje ideológico confuso entre el socialismo de Marx y Lenin, llegando a militar en el Partido Socialista Laboral y en el Partido Socialista de América, al mismo tiempo que alertaba del peligro amarillo y abogaba por un genocidio masivo en su narración The Unparalleled Invasion que podría ser tildada de racista. Sus novelas son relatos a la sombra de lo vivido, pura vida convertida en literatura a la que no le hace falta un estilo florido porque el autor es un narrador de historias —que vive en primera persona, como Los cuentos de la patrulla pesquera,  le cuentan o saca de la prensa, aunque también pesan sobre él acusaciones de plagio de argumentos por parte de Sinclair Lewis— y va directo al corazón de ellas, sin circunloquios, como mucho más tarde haría Hemingway, otro tipo vital que se bebió su vida a sorbos y se encontró, al final de ella, con el cañón de su escopeta.

Lo mejor de la producción de Jack London hay que buscarlo en sus cuentos tropicales, Cuentos de los mares del Sur, por ejemplo, en donde su pluma recoge terribles y fascinantes historias que circulaban por las islas oceánicas y le llegaron a sus oídos. Uno de los relatos, Diablo, de los más célebres y de los que me acuerdo por su maestría, trata de un prisionero blanco, un náufrago capturado por una tribu isleña de caníbales, que consigue, mediante hábiles provocaciones, que lo decapiten, una muerte rápida que le libra de la tortura que precede a la muerte lenta y cruel de sus compañeros de cautiverio a los que ha visto sufrir y ser devorados. Una opción terrible, sí, pero inteligente con la que, hasta en la muerte, se burla el protagonista de sus captores.

No sería hasta Martín Eden, su libro biográfico, que London no hablaría de su  difícil y, a veces, agridulce relación con la literatura de la que nunca consiguió vivir sino en una breve etapa de éxito literario al final de su vida — cuando compró y explotó el rancho Glen Ellen, en donde reposan sus restos, junto a los de su esposa Charmian, bajo un pedrusco mohoso, y siguió escribiendo, ya con mucha menos valía literaria, para ir comprando acres y ampliando su propiedad: Después de mi mujer, el rancho es la cosa más querida del mundo para mí— y hubo de alternar con una infinidad de oficios manuales. London se retrata a sí mismo en esa extraordinaria novela autobiográfica; es el marino convertido en escritor; el hombre rudo que, en vano, trata de culturizarse y ocultar su tosquedad de manos grandes hechas para el trabajo; el escritor que lucha denodadamente por abrirse camino ante la incomprensión y falta de fe de todos los que le rodean, incluso de su propia amada que desea apearle de sus ensoñaciones idealistas y que, cuando finalmente consigue el éxito — los editores reconocen su valía; le llueven las ofertas y contratos; los amigos, que antes le daban la espalda, se apresuran a alargarle la mano; su amada cambia por completo su actitud hacia él y le pide perdón por su incomprensión — por el que tanto había luchado, la meta a la que se había propuesto llegar, pierde toda su ilusión, sufre un gran desencanto al comprobar que en esta sociedad se impone el dicho de Tanto vales, tanto eres, y termina suicidándose. Un suicidio literario premonitorio el de Martin Eden, pues Jack London se quitaría la vida a los cuarenta años —extremo nunca aclarado, porque el escritor padecía una dolorosa uremia y una sobredosis de morfina, no sabemos si accidental o buscada, fue lo que le llevó a la tumba—, exactamente como su personaje de ficción y alter ego, en un claro ejemplo, no el único, de que literatura y vida son una misma cosa y muchas veces es la vida la que imita a la literatura.

London sigue siendo uno de mis iconos literarios.

 

© 2013 – 2014, José Luis Muñoz. All rights reserved.

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José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) escritor, crítico de cine y literario y articulista de opinión, es uno de los veteranos exponentes del género negro español con 45 libros en su haber. Barcelona negra, Pubis de vello rojo, Mala hierba, Lifting, Lluvia de níquel, La caraqueña del Maní, El mal absoluto, La frontera sur, Marea de sangre, Tu corazón, Idoia, Llueve sobre La Habana, Ascenso y caída de Humberto da Silva, Cazadores en la nieve y El rastro del lobo son algunas de sus novelas. Ha obtenido los premios Azorín, Café Gijón, La Sonrisa Vertical, Tigre Juan, Camilo José Cela e Ignacio Aldecoa, entre otros. Dirige la colección La Orilla Negra de Ediciones del Serbal, preside la asociación cultural Lee o Muere y es el comisario del festival Black Mountain Bossòst.
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