Félix Terrones

 

mendez guedez 2Venezuela es un país que, al menos en lo que corresponde a estos últimos años, pareciera únicamente dar que hablar en asuntos de política, como si otros aspectos sociales o culturales fuesen menos valiosos o carecieran de interés. Resulta lamentable pues, por debajo de las proclamas victoriosas y beligerantes de quienes la gobiernan, otros tipos de lenguajes plantean una manera novedosa de interrogar determinadas experiencias vitales y sociales, manera que, sin remedio,  termina silenciada o pasada por alto. Pienso, por ejemplo, en la ficción literaria venezolana, la misma que de un tiempo a esta parte viene dándonos algunos de los nombres más valiosos que, poco a poco, han ido haciéndose de un espacio entre las editoriales y el público. Ahí tenemos a escritores como Gustavo Valle (1967) y Juan Carlos Chirinos (1967) quienes desde el extranjero, el primero en Buenos Aires mientras que el segundo en Madrid, buscan recrear el país dejado detrás pero con el que mantienen una intensa, incluso áspera, relación. Asimismo, la experiencia del exilio inspira tanto una reflexión como una forma literaria, la que dichos escritores le dan en sus cuentos y novelas.

Juan Carlos Méndez Guédez (1967) es otro de los escritores venezolanos a los que hay que seguirle el rastro. En lo personal, llegué a él por recomendación de mi amigo venezolano Freddy Castillo Castellanos, un lector muy atento de la actualidad literaria latinoamericana. Como muchos escritores latinoamericanos, Méndez Guédez se vale del exilio para ficcionalizar destinos fracturados, líneas vitales que se crispan en función de su alejamiento de la patria. Sin embargo, a diferencia de los novelistas que le han precedido, pienso en particular en el José Donoso de El jardín de al lado, el venezolano nos presenta gente común, muy distinta a esa burguesía cultivada – la de los escritores convertidos en personajes de ficción -, gente que vive la circunstancia del exilio más por razones económicas y familiares que por razones de índole política, histórica y social. Por eso, si Julio Méndez, el protagonista de El jardín de al lado, vive el drama de deber escribir sin poder (la impotencia creativa) la gran novela de la dictadura desde el exilio, los personajes de Méndez Guédez sufren, más bien, dramas familiares, divorcios, separaciones, adioses definitivos, que parecieran trasladar la atención a la realidad de todos esos migrantes latinoamericanos llegados a Europa no para escribir sino para sobrevivir.

“Arena negra”, su más reciente novela, publicada para el mercado español por “Casa de Cartón”, y para el mercado latino por “Lugar Común”, es un claro ejemplo de la manera en que Juan Carlos Méndez Guédez reúne en pocas páginas la densidad de destinos que intentan hacerse y existir afuera de Venezuela. En “Arena negra” encontramos parejas que se separan una y otra vez, hijas sin padres, mujeres abandonadas y escritores que viajan por el mundo. Todos y cada uno de ellos buscan a como de lugar encontrar un vínculo con el país, y por lo tanto la memoria, dejados atrás. Sin embargo, el presente precario y conflictivo en el que viven no hace más que negar una y otra vez lo que sus intenciones anhelan. Por eso, el exilio se revela como una caída en desgracia para quienes buscan encontrarle un significado, un valor. En ese sentido, no es casual que uno de los personajes, cansado de tanto buscar desde condición de migrante, coquetee con el suicidio. Arrojados a una realidad difícil, a los personajes les cuesta vivir sin sentir sus existencias al borde del abismo.

Visto de esta manera pareciera que existe una forma de desazón en los personajes; sin embargo, no es así. Felizmente está la literatura para darle un significado más complejo a la manera en que se formula el exilio. La novela plantea una original estructura narrativa que le da agilidad a la lectura y, al mismo tiempo, apunta a un sentido estético particular. Compuesta por partes, casi me animaría a decir viñetas, que se suceden sin necesariamente seguir un hilo narrativo bien establecido sino más bien esbozando atmósferas y situaciones. Cada una de ellas no lleva un nombre ni un número de capítulo sino una letra del alfabeto. De esta manera, las distintas letras, de la A a la Z, se suceden una y otra vez, para dar cuenta del acontecer de los personajes. Suceder que le da un orden y una estructura a lo contado pero que muy secretamente recela una propuesta de lo que es la ficción.

Dicha propuesta es sugerida por uno de los personajes, el del escritor que viaja hasta Santiago de Chile para un encuentro literario. Así, dice él con respecto de la lectura: “« Leer una novela », digo en una entrevista que me hacen en Radio Agricultura en Chile, « es la intuición de que en medio del ruido y el caos hay un mensaje nítido que nos implica. La novela es esa sospecha, esa necesidad de que entre el murmullo de palabras que no comprendemos del todo, existan algunas dirigidas especialmente hacia nosotros »”. Muy en la estética de las ficciones de fin de siglo, que son una narración pero al mismo tiempo una reflexión acerca de la literatura, Juan Carlos Méndez Guédez se las arregla para, mediante un trasunto ficcional, sugerirnos lo que espera de sus lectores. Detrás de las palabras y de su orden late una verdad que no por imposible deja de ser entrevista. De esta manera, la literatura parece tener una misión pero que nada tiene que ver con el compromiso literario que tanta tinta hizo correr a generaciones precedentes de escritores. En el planteamiento de Juan Carlos Méndez Guédez la “misión”, si cabe hablar de ella, es  plantear para el hipotético lector una percepción distinta de las circunstancias, percepción que lo asome, antes que mostrarle, a una realidad hecha de palabras donde las cosas encuentran sentido antes de perderlo como la arena que se escurre entre los dedos.

Aquel misterio o enigma que escondería la literatura hace de los lectores, otros exiliados, viajeros en búsqueda de una Tierra Prometida que no por inexistente deja de empujarnos a la acción. Con lenguaje a la vez preciso y poético, con una enorme delicadeza para dejarnos asomar a los destinos de sus personajes, Juan Carlos Méndez Guédez se nos revela como un escritor dueño de un registro maduro así como de unas inquietudes estéticas personalísimas. No me cabe duda de que estamos frente a un autor, como el mexicano Yuri Herrera o el colombiano Santiago Gamboa, que renueva el panorama literario latinoamericano, un panorama en plena efervescencia creativa y editorial que no debemos dejar de seguir ni de leer. Y es que el lenguaje de la ficción, si bien menos popular que el político, conserva todavía esa capacidad para penetrar en la realidad, recreándola y reinventándola, acaso inquiriéndola, allá donde otros encuentran excusa para abrir el hocico, dar un discurso o echar una bravuconada.

 EDITORIAL CASA DE CARTO?N ARENA NEGRA TAPA

Ordena Arena negra desde Estados Unidos o Latinoamérica en la imagen de abajo

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