borges-portada-alephVintage Español, 2012. 224pp.

A la hora de leer a autores como Borges, sobre todo si se trata de la primera vez, el lector suele sentirse amenazado por la idea de que si no se cuenta con una preparación académica versada en los diferentes estilos literarios y conocimientos generales de historia de la cultura, será imposible comprender los textos. Esto no es más que producto del encumbramiento que han otorgado académicos de alta talla y también muchos otros menos estudiados a este tipo de autores.

En realidad, para leerlos solo hace falta eso: leer. Y en el caso de Borges, leer con sensibilidad.

El Aleph, título de uno de los cuentos más emblemáticos del autor, es también el nombre de una compilación de relatos fechada en 1949. Las historias en esta compilación son independientes, pero las une una temática en común: la inquietud del autor por desentrañar el funcionamiento temporal del mundo, saber si lo que existe y lo que no existe está signado por el tiempo presente, y si ese tiempo es una convención creada para nuestro entendimiento simple: así las historias van tocando puntos como los recuerdos, los laberintos, los espejos, las leyendas, todos aristas de una figura geométrica totalizadora: un elemento final tan maravilloso como temible, que los reúne a todos en un solo instante: el Aleph.

En el ámbito de la narrativa, Jorge Luis Borges estuvo estrechamente ligado al Ultraísmo, que proponía un estilo limpio de los excesos ornamentales del Modernismo, y a autores de la línea de lo que conocemos como Literatura Fantástica, como Bioy Casares. Además, cultivó la poesía, y de ello vemos un marcado rastro en la composición de muchos de sus relatos, donde encontramos frases y pasajes que bien podrían ser parte de imágenes poéticas, más que narrativas.

Todos estos estilos son la herramienta perfecta para un escritor que persigue describir esa idea de la existencia simultánea de los tiempos, de la permeabilidad de las acciones, de la composición del universo: porque lo que no se puede explicar, solo es posible sentirlo.  Así, escribir de forma lineal, con una oralidad fluida, echando mano de elementos del género fantástico y de la poesía permite al autor esa licencia de poner en papel y hacer existir ideas tan complejas como las bases de las religiones o la metafísica: una literatura más bien filosófica.

Es posible que los lectores que se aproximan a Borges por primera vez se sientan intimidados por las muchas referencias a mitos griegos y a personajes fabulosos, legendarios o históricos del medio oriente. Otros detendrán la lectura cada dos o tres líneas para intentar encontrar claves en Google o Wikipedia.  Les invito a hacer el ejercicio de leer la compilación de relatos de El Alpeh, como lo habrían hecho los lectores de los años 40 y 50 (cuando fue publicada la obra por primera vez): leer los relatos y dejarlos construir su propio mundo fantástico en nuestra mente, sin apelar a más ninguna referencia que aquellas con las que contamos como lectores. Dejar entonces la investigación y la profundización en los símbolos usados por Borges para una segunda o tercera lectura. Sí, es cierto que Borges volcó en sus relatos un vasto mundo de conocimiento, pero también es cierto que cada relato está escrito sin pompas ni rigores y que puede leerse en forma simple: el lector encontrará que los temas que se tratan en los relatos no le son ajenos: la muerte, la continuidad de las vidas, las ideas religiosas sobre el poder creador de Dios o de los dioses, el tiempo.

Este es un autor capaz de involucrar al lector con sus relatos al punto de jugar con él y provocarlo a desentrañar claves e ironías: mediante el uso de referencias deliberadamente ciertas y otras deliberadamente falsas, Borges va construyendo un universo de posibilidades con el que cada lector podrá relacionarse a su propio ritmo, y según sus propias referencias.

No hay que temer. Lea a Borges. Para entenderlo, basta sentirlo con el corazón, antes que con la razón.

Ainara Mantellini

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