Drácula en Killian Palms…

Gino Winter

“Siempre hay una princesa con deslizantes vestidos blancos, y su rostro…
su rostro es un río. La princesa es un río lleno de lágrimas de tristeza y congoja…”. 

Bram Stoker – Drácula

Cinco bartenders gringas, todas jóvenes, bellas y de medidas infartantes, nos reemplazaron en la barra de la fiesta de aniversario del The Falls Mall “por disposiciones superiores”, quedando los cuatro barmen cubanos y yo relegados a trabajos menores, como servir vino en las mesas y recoger platos sucios… Las chicas estaban tan apenadas que no dejaban de ofrecernos sus mejores tragos, que fueron subrepticiamente ingeridos por los cuatro malandrines y este pobre mártir que se los cuenta ya casi con la vergüenza perdida…

Pasada la media noche, una hora antes de que termine la fiesta, fuimos despedidos con un cheque en la mano y una buena dosis de alcohol en el cuerpo, todos menos yo, que como siempre soy el “piloto designado” y con las justas pude empujarme un par de mojitos y un Rémy Martin achampañado…

Nos acomodamos en mi viejo Volvo con rumbo a Kendall Lakes y les advertí que paráramos en una gasolinera; me respondieron a coro que no, que mejor paráramos frente al Miami Dade College, donde vendían unos cigarrillos saborizados de los mejores. Usnavy (no es broma), el más canchero del grupo, me dijo que no me preocupara, que me guiaría por un atajo que sale directo a la 104th Killian Parkway, justo frente al MDC…

Luego de más de media hora perdidos por los oscuros recovecos de Killian Palm y sus alrededores, con la lucecita testigo del gas encendida, el viejo Volvo dio una tosida de advertencia y se plantó, exigiendo combustible…

Después de las discusiones y las puteadas de rigor a Usnavy y de despertar a Danyer y a Robelkys, Camilo —el más centrado de los cuatro— nos convenció de empujar el auto hasta donde estaba la luz más próxima, una tremenda casona grisácea rodeada de verjas y jardines. Empujamos casi dos cuadras, y justo cuando estábamos llegando a la mansión, las luces se apagaron y un horrible possum (zarigüeya), que acá les dicen raccoon (confundiéndolos con mapaches), corrió asustado rozando mi pantorrilla y haciendo que el cuerpo se nos escarapele a los cinco. Un extraño silencio, más unánime que la noche de Borges, nos envolvió…

Fui designado (por mi inglés británico o por estar sobrio) a tocar la puerta y solicitar ayuda. Cuando estaba caminando hacia la verja de entrada, un horrible grito nos puso en alerta, y luego de dos alaridos más, apareció corriendo por la esquina una rubia curvilínea en baby doll, sin zapatos, pálida, llorosa, aterrorizada, con marcas de arañazos desde el cuello hasta las piernas y toda salpicada de sangre. Pasado el shock inicial, me dirigí hacia ella y le di el alcance; se aferró a mi cuello y pude sentir sus pezones duros sobre mi pecho, pero solo por un segundo, porque el cuarto grito lo dio justo en mi oreja izquierda, haciéndome saltar y soltarla, para luego tomarla de la mano, ofrecerle un pañuelo y jalarla hacia mi Volvo. Mis amigos, premunidos de herramientas de la cajuela del auto, partieron envalentonados hacia la esquina, corriendo como quien no quiere llegar, en parte por los tragos y en parte porque se cagaban de miedo, pero el honor latino obliga…

Apenas iban a doblar la esquina cuando se dieron una media vuelta, como cuando un perro corre hacia un muñeco de año nuevo y justo cuando lo va a alcanzar empiezan a reventar los cohetones…

“¡ARRANCA HUEVÓN, ARRANCA POR TU MADRE, COMEMIELDA!”, me gritaba el cuarteto aterrorizado y con unas voces tan horripilantes que —sin pensarlo— metí a la gringa al carro y empecé a darle a la llave sin resultados, con una desesperación contagiada por los cuatro energúmenos que golpeaban mi auto sin entender que sin gasolina no hay locomoción…

Salí del carro, y cuando iba a preguntar qué pasaba, corriendo por la esquina apareció un flaco horrible de casi dos metros, pálido, con frac, corbata michi, una capa negra al viento y las manos y la boca llenas de sangre. Bela Lugosi y Christopher Lee eran dos monjitas de la caridad comparadas con esta bestia horripilante. Era inmenso, con dientes de tiburón, colmillos de lobo, y tenía unos brazos larguísimos y unas manazas monstruosas y corría a grandes trancos emitiendo sonidos indescriptibles de barítono con chancho que te astringían el orto y te daban ganas de hacer pipí mientras corrías, sin parar a hacer la pose reglamentaria…

“¡CORRAN, CORRAN, CORRAN CARAJO, CORRAN!”, grité con voz de sargento (el final me salió en un hilo, como falsete de Montaner) mientras jalaba del brazo a la rubia y trataba de hacerla correr a mi ritmo de campeón olímpico. Los cuatro borrachos salieron cueteados, cayéndose y tropezando entre ellos, mientras la rubia se cayó al suelo y se comenzó a revolcar. Reculé para recogerla de la pista con el poco heroísmo que todavía me quedaba y, al tratar de levantarla, me di cuenta de que la hija de la remil puta se estaba carcajeando, mientras me aclaraba en inglés que le daban ataques de pánico…

Gritos de terror venían de mi grupo y entre el amplio bagaje de palabras obscenas se mezclaron varios gritos de mamá, ay mamita y ay mamacita linda, con acento guajiro… Cuando estaban por darme el alcance, todas las luces de la casona se prendieron y los reflectores del jardín exterior alumbraron a una veintena de monstruos grotescos y hasta mamarrachentos, que festejaban como mongolitos y corrían hacia nosotros con botellas de licor y vasos en las manos, recagándose de risa como si se hubieran fumado una palmera completa cada uno o como si se hubiera muerto Fidel de diarrea…

El bendito “Drácula” se sentó en el suelo porque las piernas ya no le daban y la risa no lo dejaba respirar. La chica del baby doll me abrazó de nuevo, y dándome un besote en mi boca seca, me rogó “I beg your pardon, hahahaha, is a little joke”… Ni sus ojazos azules ni sus bellos nipples rosadosque se transparentaban a través del encaje blanco— pudieron sacarme del estupor y de la cólera… El corazón me bombeaba a mil y los cubanos estaban tirados en el pasto, sin aliento, sin borrachera y al borde del desmayo. Un cojudazo con los ojos inyectados, disfrazado de Nosferatu, me ofreció un vaso descartable lleno de whisky con hielo, y un gordo rosquete, calvo, vestido de Tío Lucas, me extendió su cajetilla de Marlboro light.

No podía reírme, yo, que soy cachaciento por naturaleza… Quería pegarle a alguien.

Los insultos y puteadas anaeróbicas de mis compañeros fueron aplacados con sendos vasos de cerveza y licores diversos, servidos por un grupo de chiquillas de lo más pizpiretas y sexis, maquilladas como Lili Monster y vestidas con transparencias, al mejor estilo de Victoria’s Secret.

Sánguches de salchicha, gasolina y unos porros de cannabis fueron la última contribución del Club de Teatro del MDC, cuyo actor principal y capitán del equipo de basketball, el flaco Draculín —pastor de jirafas y la puta que lo parió— nos escoltó con su MX5-Miata hasta la salida de Killian Palms.

Dentro del Volvo, mis amigos miraban fijamente hacia la nada, exhaustos, en silencio, con su botella de Budlight tibia en la mano y su porrito apagado en la otra. Durante el camino nadie habló. Las ganas de pegarle a alguien no se me quitaban. Cuando llegamos a la cochera donde habían dejado sus vehículos, fueron bajando uno a uno, enseñando la palma de la mano como señal de despedida. Nadie habló…

Ginonzski.

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Ginonzski

Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.
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