DORÓTY EN DISNEY WORLD

Llegué a Disney World, Orlando, casi frisando los treinta años, en una especie de segunda luna de miel con la que entonces era mi esposa. Luego de divertirme como piromaniaco en las diferentes atracciones, me acerqué a un restaurante al paso para reponer energias y mientras hacía mi pedido, se me acercó un caballeroso argentino ofreciendo pagar mi cuenta si lo ayudaba a hacer también el suyo, puesto que al no saber él absolutamente nada de inglés, cada vez que pedía el almuerzo le terminaban dando un helado y una soda… en el mejor de los casos. Esa tarde estaba lloviendo y hacía un viento helado a pesar del fuerte calor de la mañana. El argentino mataba por un café y un sanguche caliente y lo que tenían en la mano él y su mujer eran dos barquillos  de ice-cream y un vaso enorme de Coca-Cola con hielo… Acepté ayudarlo sin necesidad de que pagara mi cuenta y le ordené un combo de pollo al spiedo y dos capuchinos. Luego de devorar su «posho» me pidió que siguiéramos juntos con el fin de asegurar la cena. Me presentó a su esposa Doróty, así, grave o llana, con acento argentino en la segunda «o» (no Dorothy). Eran una pareja cercana a los cincuenta años con la cual congeniamos de inmediato. Nos metimos en la cola más cercana que resultó siendo la de Splash Mountain, un largo paseo acuático en troncos flotantes dentro de una montaña llena de muñecos animados mecánicamente que van narrando un cuento para niños. Doróty estaba encantada, ella era profesora de primaria e imaginaba todo lo que les podría narrar a sus alumnos al regreso. Todo iba de maravillas  hasta que llegamos a la cima y el coche salió volando por un túnel y caimos como quince metros a una lagunita cuyas aguas nos mojaron hasta los calzones… Doróty estaba hecha una sopa y petrificada por el susto. Parecía una cacatúa escandinava envuelta en un estropajo. Le chorreaba tanta agua por entre las piernas que nos pareció que la vieja se había meado. Su esposo, mientras la consolaba, nos comentó que estaban de vacaciones forzadas porque su neurólogo le había recetado descanso y distracción como cura para el shock nervioso que sufriera en un accidente de tránsito . Eso nos cortó la risa de cuajo y pasamos a formar parte del cortejo fúnebre. Yo tenía la conciencia tranquila, pero los ojos de Doróty me acusaban injustamente clavándose como puñales en mi cara de circunstancias. Me dijo que si yo sabía inglés porqué no le había explicado el asunto. Sobre la marcha desplegué mi plano y le fui explicando una por una las atracciones que seguían. Doróty insistía en que sólo subiría al tren que paseaba tranquilamente a los turistas por todo el parque y nos señaló con vehemencia el paradero más cercano, al cual nos constituímos solidariamente. Luego de pocos minutos de espera, llegó el bendito tren, el cual me pareció más pequeño de lo que lo había visto a la entrada del parque. Doróty estaba tan seria que preferí no hacer comentario alguno y así nos acomodamos y empezamos la marcha. Doróty estaba radiante, feliz, disfrutando del paseo. Pasamos por una pequeña laguna y seguimos paralelos a un falso riachuelo hasta divisar la entrada de una mina abandonada. Doróty parecía un monje Zen camino al Nirvana. Al levantar la vista pude leer un letrerito que rezaba en inglés algo así como«Bienvenidos a la vía del Tren Loco del Cañon del Colorado»… Bajé la vista y al mirar la dulce carita de Doróty se me retorcieron las tripas y me sobrevino un ataque de risa de lo más cacasena e inoportuna. Quedé en posición casi fetal, tosiendo, lagrimeando y emitiendo sonidos incomprensibles, mientras ajustaba los esfínteres para evitar cualquier desgracia… Quería hablar y no me salía una sola palabra completa, solo reía neuróticamente como un orate con Red Bull. Mi esposa y el argentino me hacían preguntas confundidos, pero yo levantaba la cabeza y veía la cara de Doróty tan inocente, sin sospecha alguna de lo que se le venía encima, que sentía que su mundo se iba a acabar en pocos segundos y los cuatro nos iríamos en un sólo paquete a la misma mierda… El Trencito Loco del Colorado, mientras tanto, trepó y trepó la montaña y cuando llegó a la cima se «descacanó» como por un tubo, casi en caída libre, sin dejar de dar curvas y hacer piruetas, saltando sobre los rieles como si se fuera a despeñar buscando la vertical. Me dolían las manos por agarrarme tan fuerte y la cabeza me daba botes de un lado al otro como si fuera un árbitro de pin-pón, la espalda me sonaba como matraca y… y … la pobre Doróty, empezó a gritar con toda su alma argentina y se quedó en el intento; parecía esos muñecos que usa la BMW para simular accidentes, en pleno accidente… Al final de la vía el trencito de marras paró de golpe. Pude ver cómo se le saltaban los globos oculares a la pobre Doróty y se le torcía la dentadura postiza… Mientras su marido la abrazaba con todo el cariño que aun le quedaba después de veinticinco años de casado, Doróty me lanzó una mirada entre amarga y lastimera y abriendo lentamente un costado de su boca,  me dijo dulcemente: «Hiiijo de la re-mil puta que te re-mil parió… a tí, al cabrón Disney y a toda su maldita familia de muñecos trolos, maldito asesino sicópata, retorcido de mierda, ojalá y te quemes en el quinto infierno por los dos lados y te pudras por toda la eternidad en la inmundicia de la..». Seguían como cuatro versículos más pero mejor los dejo ahí no más porque son un poquito «fuera de contexto», y no quiero más problemas con la Iglesia. C’est la vie!… Siempre he tenido dificultad para conservar a los amigos, por esas cosas del destino…

Ginonzski.
Copy rigths FII UNMSM 2007
The Latinreporter USA
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