Una relación perfecta.

William Trevor.

Ed. Salamandra, Barcelona, 2012, 220 páginas.

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El irlandés William Trevor nació en Cork en mayo de 1928. Escultor en su juventud, publicó con muy poco éxito su primera novela en 1958. Trabajó entonces en publicidad, hasta que en 1965 pudo dedicarse exclusivamente a la literatura, dando cuerpo a una nutrida obra que lentamente se fue traduciendo al castellano, con novelas como El último almuerzo de la temporada (1973), El pasado distante (1979), El silencio en el jardín (1988), Muerte en verano (1998) y La historia de Lucy Gault (2002). Publicó también varios libros de cuentos, escribió cinco obras para teatro y algunos textos ensayísticos reunidos en volúmenes como Excursiones en el mundo real: Memorias (1993) y Ensayos personales (1999). Entre sus múltiples premios (tres veces el Whitebread, dos el Giles Cooper, una postulación al Man Booker), en 1977 fue nombrado Comandante de la Orden del Imperio Británico.

Sus dos últimas novelas traducidas fueron Leyendo a Turguéniev y Verano y amor, en las que, como en la mayor parte de su obra, rastrea en personajes ubicados a medio camino entre un casi secreto escenario rural y un mundo de pequeñas y anexas poblaciones, en donde parecen mezclarse vidas cargadas de una gran dimensión dramática y de un puñado de gestos fuera de todo dominio, sofisticados a veces, primitivos otras.

En 2012 fue traducido un nuevo volumen de sus cuentos, Una relación perfecta, publicado en 2007 como Cheating at Canasta (títulos de sendos relatos). Son doce breves historias que sin embargo, en el propio decurso textual, adquieren dimensiones capaces de cobijar vidas enteras. En ese sentido, es elocuente su parentesco con las estrategias narrativas de la canadiense Alice Munro: en pocas páginas ambos pueden llevar al lector de un extremo a otro de las existencias de sus protagonistas, con una coherencia y verosimilitud envidiables. Ello otorga al libro un sentido de complicidad y cercanía con unos seres aparentemente triviales, casi siempre unidos entre sí por una suerte de cuentas pendientes, de bienes más o menos inasibles, de símbolos más o menos azarosos, pero que terminan asumiendo el valor de insalvables condenas.

Amores viejos

Algún crítico ha señalado que en la obra de Trevor no hay monólogos: los personajes hablan, cruzan opiniones y deseos, recuerdos y esperanzas, siempre en presencia de un prójimo. No hay soliloquios ni tampoco cabildeos de un constante narrador en tercera persona que, sin embargo, parece presenciar muy de cerca los avatares que dan forma a sus criaturas. Nunca el escritor se transforma en el psicólogo o el sociólogo de sus propias ficciones, sino que deja exclusivamente en manos de sus actores el derecho a provocar cualquier tipo de conclusión metaliteraria.

Eso sucede en particular cuando aborda individuos entrados en las últimas etapas de sus vidas, o que ya han empezado a sentir los primeros signos de sus decadencias, como solía ocurrir en los cuentos del magnífico La mesa limón de Julian Barnes. En “Trampas jugando a la canasta” un esposo permite que su mujer, enferma de Alzheimer, le gane siempre a las cartas, mucho más allá de que a manera de conjuro realice un viaje a un lugar donde ambos habían sido felices; en “En Olive Hill” una viuda ve cómo sus hijos transforman la vieja hacienda familiar en un campo de golf poco después de la muerte de su marido, y opta por la oscuridad y el ostracismo como única forma de aceptar los cambios que se producen en su derredor; en el formidable “Viejo amor”, una mujer que lee a escondidas las cartas que la amante de su marido le envía cada tanto y desde hace cincuenta años, se transforma en testigo casi involuntario de la disolución de un vínculo que la ha marcado durante todo su matrimonio, a raíz de una circunstancia fortuita.

Todas estas historias solo pueden ser narradas cuando las envuelve un potente silencio. A ello se aboca Trevor: un lenguaje preciso pero a la vez refinado, que cruza sin pudor pero sin estridencias la envergadura de sus anécdotas y apuesta, en complejo desafío, a la decantación de pasiones y destinos. Algo enlaza irremediablemente a hombres y mujeres y no es la felicidad, sino un acontecimiento de difícil gobierno, un elemento casi fantasmal que escapa a la voluntad y al poder de determinación de aquellos.

 

Un poder inmenso

En “La hija de la modista”, acaso el mejor cuento del libro, un muchacho se sabe condenado a establecer un vínculo íntimo con una mujer enigmática, que de algún modo lo acusa de haber atropellado a su hija. En “La habitación”, un hombre y una mujer se encuentran en secreto en un desangelado cuarto, pero lo que estructura la relación es que ella ha debido defender a su esposo acusado de asesinar a una amante. En “Los hombres de Irlanda”, un individuo sin trabajo y sin futuro regresa al pueblo de su nacimiento para chantajear a un sacerdote anciano, acusándolo de haber abusado de él durante su infancia. En “Valentonadas”, una mujer se descubre prisionera de por vida a consecuencia de haber sido testigo de un acto de violencia en su pasada juventud. En “Una relación perfecta”, un hombre es abandonado por su compañera mucho más joven, y él opta por ir a llorar sus cuitas ante los padres de la muchacha, que no le profesan ninguna simpatía.

En el despiadado “Los hijos”, un hombre de mediana edad enviuda y comienza tiempo después una relación con una mujer divorciada. Pero su hija, apenas una púber, termina posponiendo la convivencia de la pareja, que había planeado un nuevo casamiento. La actitud de esa intrusa, y todas las intromisiones que desbaratan las medidas que estos protagonistas creían ser capaces de tomar, establecen un poderío atroz que hace recordar aquella sentencia de Raymond Carver de que el mundo era, para los personajes de sus historias, un lugar terrible.

“La gente que elijo para escribir siente una amenaza, y creo que la mayoría de la gente siente al mundo como un lugar amenazante”, decía el autor de Tres rosas amarillas, quien siempre apostaba a otorgar “un poder inmenso, incluso perturbador”, a los objetos que poblaban sus relatos. En el caso de Trevor, no son precisamente los objetos sino esas extrañas, inesperadas circunstancias antes anotadas. “Es posible escribir una línea de un aparentemente inofensivo diálogo, y transmitir un escalofrío a lo largo de la columna vertebral del lector (el origen del placer artístico, como diría Nabokov). Esa es la clase de literatura que me interesa”, concluía Carver.

Todo ello lo logra Trevor con creces. Y es que no en balde proviene de una tierra de grandes escritores, y puede sumar su nombre a ellos. Jonathan Swift, Oscar Wilde, Bram Stoker, Samuel Beckett, Bernard Shaw, Willian Butler Yeats y James Joyce son algunos de sus más renombrados coterráneos, y a todos debe también tanta fineza como precisión.

 

Hugo Fontana.

 

© 2013 – 2014, Hugo Fontana. All rights reserved.

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(Canelones, 19 de mayo de 1955). Escritor, crítico literario, periodista. Desde 1986 ha colaborado en numerosos medios de prensa, publicando notas, reseñas y criticas literarias en Brecha; Zeta, El País Cultural; El Observador y La República.

Obra poética publicada: Las sombras, el sol (1977); Antología de las menciones (libro colectivo de la Feria Nacional de Libros y Grabados, mención compartida con Luis Bravo y Adolfo Bertoni, 1981); La voluntad de mentir (1986); Poemas de arena (1988); El gallo incierto (plaqueta, 1988).

Narrativa publicada: El cazador (novela, 1992); Y bésame así (novela, Alfaguara, 1996); Liberen a Bakunin (cuentos, 1997); El crimen de Toledo (novela, Alfaguara, 1999); Veneno (novela, Lengua de trapo, España, 2000, Sudamericana Uruguay, 2007); La piel del otro. La novela de Héctor Amodio Pérez (investigación periodística, Cal y Canto, 2001; Ediciones PuntaObscura, Montevideo, 2012); Oscuros perros (cuentos, Ediciones de la Banda Oriental, 2001); Las historias más tontas del mundo (cuentos, Alfaguara, 2001), Quizás el domingo (cuentos, Ediciones de la Banda Oriental, 2003), Historias robadas. Beto y Débora, dos anarquistas uruguayos (investigación, Cal y Canto, 2003), El príncipe del azafrán (novela, Planeta, 2005), La última noche frente al río (novela, Planeta, 2006), Un mundo sin cielo (novela, Rebeca Linke Editoras, 2008). El noir suburbano (novela, Editorial Hum, 2009) y Tierra firme (novela, Random House Mondadori, 2011).

En 1997 obtuvo el primer premio de la IMM en narrativa inédita por Las historias más tontas del mundo, y por dos veces el primer premio del concurso Narradores de Banda Oriental-Fundación Lolita Rubial: en 2001 por Oscuros perros y en 2003 por Quizás el domingo. En 2007 Un mundo sin cielo resultó finalista del concurso Juan Rulfo de Radio France Internacional en la categoría novela breve, y en 2010 recibió el Segundo Premio en el concurso anual del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

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