Miguel Gomes

Su primera víctima fue mi amigo David. Iba a jubilarse y me decía que se dedicaría a escribir: ahora que estoy viejo me entraron ganas de inmortalizarme. La carne es débil; hay que buscarse algo más duradero que el bronce para que lo recuerden a uno. A mí me alivió saber que, en un medio tan prosaico como el nuestro, no era yo el único con aficiones literarias, así que saqué el valor de donde lo tuve arrumbado por lustros para mostrarle el único manuscrito que juzgué más o menos presentable. No daré detalles sobre la anécdota, pero sí apuntaré que era triste (quería serlo), y el tema de fondo tenía que ver con lo frágiles y pasajeros que somos los hombres, nos guste o no, soñemos con la grandeza creadora o aceptemos que es un ejercicio poco práctico. Un día, luego de una charla cordial sobre nuestras vidas sentimentales y la suerte que habíamos tenido con nuestras respectivas pacientes mujeres, David leyó las siete cuartillas que le pasé. Lo hizo en silencio, mientras me esforzaba en no escudriñarlo demasiado, atento a la más leve mueca, sorbiendo café con las cejas enarcadas y fumando como un condenado a muerte, un cigarrillo tras otro, colilla con punta, punta que se hacía colilla, y, de nuevo, colilla con punta. Humo y humo. Al concluir, me comentó que lo había impresionado —mi cuento; no mi imitación de Bogart o Belmondo—:

—Si no supiera que has escrito robándoles tiempo a otras obligaciones, diría que son de un profesional: huelo la madurez. Ya me gustaría a mí escribir tan naturalmente, como sin cálculo, sobre algo que nos toca a todos de cerca.

Me dejaron extático los elogios (créanme que me ruborizo al contarlo; si no omito los detalles que alimentan mi humana vanidad es porque hacen falta para que se comprendan las circunstancias: vraisemblance le dicen). Era una felicidad no haber tenido nunca un lector y toparme con uno que de inmediato me consagraba. Hasta vértigo me entró. Cálmate, me repetí no sé cuántas veces: David es un tipo generoso; no te ha de extrañar que prefiera llenarte de elogios a provocarte un desencanto; como no tienes talento, quiere regalarte al menos unas horas de alegría. Le juré, por mi parte, que leería enseguida sus obras completas de jubilado.

Al mes de nuestras confidencias, se jubiló y, a los dos meses, me enteré de que lo habían internado en un hospital. Había estado sintiéndose mal; leves achaques que no se puede no tener a los setenta. Un día, en medio de una reunión familiar, se desmayó. Los exámenes revelaron tumores cerebrales de grado IV, malignos y rápidos; tanto, que jamás tuve ocasión realmente de conversar con él: las veces que lo llamé al hospital los parientes me atendían y explicaban que David estaba en terapia en ese momento, o que lo operaban, o que dormía. En las horas en que pensaba con amargura en ese amigo del que estaba incomunicado, di en leer sobre cáncer y, en particular, las variedades cerebrales. Éstas, al parecer, solo causan dos por ciento de las muertes asociadas a la enfermedad.

David se sumó a ese magro porcentaje y asistí al entierro.

Perdí a mi primer lector de esa manera: me recuperé escribiendo, que es todo lo que los aspirantes a escritores sabemos de medicina.

Como uno suele tener un fondo de ingenuidad, descubrí un segundo lector. Nelson no trabajaba conmigo: de estadística poco entendía. Nos conocimos en la Biblioteca Pública. Al principio, reparé en un señor mayor que sacaba libros de a dos, de a cuatro (no es usual en nuestro pueblo). Él reparó en que yo reparaba y sacaba mis cuatro, mis dos. Una tarde conversamos en la escalera; otra tarde, más prolijamente en los sofás. Resultó ser un jubilado de la universidad que había enseñado literatura. Habló de autoras X y autores Y, zutanas y fulanos que no me sonaron, pero que eran pasto de las aulas. Yo no iba más allá de Boccaccio, Balzac, Dickens, Chéjov (Eça de Queirós cuando estaba de humor). Me habrá perdonado la ignorancia; lo cierto es que sonrió benigno cuando le comenté casi por descuido que escribía en los ratos libres; él, a la sonrisa, añadió un hombre, pues me encantaría leerte. No me hice de rogar: qué casualidad, precisamente hoy cargo encima uno de mis manuscritos. Lo tenía en el bolsillo; lo desdoblé y Nelson me pidió que se lo leyera. Nos fuimos a una de las mesas más remotas de esa sala de la biblioteca, donde no molestaríamos a nadie.

—¡Bravo! —exclamó cuando acabé.

Recibir tratamiento de tenor o prima donna me sorprendió; me dieron ganas de no morirme nunca para nunca dejar de escribir. Hubo otras interjecciones que iban directo al grano, y luego su crítica se hizo más oblicua. Para mejor comunicar sus impresiones, evocó a cierto artista plástico sudamericano, cuyo nombre exótico no retuve, que había hecho una exposición en la que no había ni cuadros ni esculturas; todo lo que podía mirar el visitante era un ataúd abierto en medio de la sala; en el fondo del ataúd había un espejo y, en el espejo, se reflejaba, todavía curioso, el visitante.

—Tu cuento —concluía Nelson— nos pone cara a cara con unas facciones que no vemos pero que somos: ¡eso es profundísimo! ¡Cómo es posible que no hayas publicado, si escribes así!

Las frases me sacudieron. Lo que le había leído, para mí, no pasaban de tonterías puestas en papel en mis horas de ocio, para abrigar la esperanza infantil de que mi vida no sería siempre lo que había sido hasta ahora, una buena vida, en el sentido más gris de la bondad. Le respondí que un día me atrevería a someter el manuscrito a consideración de alguna revista. Entre un tema y otro intimamos; hablamos de nuestros primeros matrimonios, divorcios, segundos matrimonios, hijos habidos o ya criados, hechos, derechos y de una postalita al año que no les hacía daño. Intercambiamos teléfonos (no iba a permitir que se me escapara ese lector; en cuanto terminase de arreglar el cuento en cuestión tenía dos o tres más que necesitaban un bravo).

A las tres semanas de nuestra última charla, me percaté de que no había vuelto a cruzarme con Nelson en la biblioteca. Me pregunté si no sería hora de llamarlo. La información que me suministró la bibliotecaria con quien más confianza tenía confirmaba que la ausencia de Nelson era sospechosa: debía libros. Me temí lo peor; llamé esa noche, a la hora de la cena. No me contestó la viuda de Nelson, como lo dictaban mis fantasías tétricas, sino él mismo. Qué alivio. Me saludó con la efusión a la que me tenía acostumbrado pero, tras medio minuto, cambió el tono de voz y me dio la mala noticia: el médico le había encontrado un cáncer colorrectal. Como después averigüé, es la tercera variedad más frecuente y la segunda más mortal en el hemisferio. Nelson estaba en vísperas de una operación. Lo ingresaban en la clínica a la mañana siguiente.

Tal como la historia que le había leído, la suya no tuvo un final feliz. Duró tres meses. Lamenté perder algo más que un lector: en los días previos no había hecho sino pensar en la hueca soledad que hace tictac cuando se sabe que existe la muerte.

Me puse nervioso y fumé, fumé, fumé, hasta crear una auténtica cortina de humo. Pronto noté que aun cuando no prestaba atención al asunto había fabricado una superstición casera que, sin el prestigio de los números siniestros o los paraguas abiertos bajo techo, igual me espantaba: mi obra inédita andaba matando gente.

No tardé en exponerle la sospecha a mi mujer. Norma se quedó perpleja. No lograba concebir que la persona con la que había convivido durante treinta años fuera tan irracional. Qué disparate: no te queda bien. Después del corazón y supongo que de los accidentes de tránsito el cáncer es la causa de muerte más común; ¿no te parece normal que a dos jubilados les dé? Pensaba que sabías de estadística. Luego de la indignación, se endulzó y quiso tranquilizarme. Me sugirió que le mostrara el cuento:

—¿Cómo es posible, por cierto, que primero buscaras la opinión de extraños? ¿O acaso no me consideras lo suficientemente inteligente?

Según los escritores de verdad, todos tenemos un fuero interno; en el mío, yo estaba seguro de que era peligroso lo que ella me pedía. Pero sus argumentos, su insistencia me hicieron vacilar. Norma estaba en lo cierto: era ridículo que un hombre de mis luces se portase como un palurdo; ¿cómo se me había metido en la cabeza atribuirles poderes tan terribles a unas cuantas cuartillas?

Le dije que sí. Con la misma timidez con la que busqué a David y a Nelson, le di el manuscrito. Cuando lo acabó de leer, tenía lágrimas en los ojos. No sabía que yo fuera capaz de escribir así: le sonaba no a cuento de aficionado, sino de escritor-escritor. A mi vez, me conmoví, porque sabía que no estaba mintiéndome: en muchos asuntos de pareja que aquí no vienen al caso había sido sincera. A la larga, sus crudas verdades nos habían ayudado a seguir juntos y hasta a estar satisfechos de hacerlo.

Cuando percibí que no paraba de llorar, todavía con los papeles en la mano, le pregunté qué le pasaba.

—Es que parece que no te conocía tan bien como creía; no sé ahora si te conozco.

Eso me lo repitió más deshilvanadamente en sus últimos momentos: no sé si te conozco. Habían transcurrido trece meses desde la noche en que leyó mi cuento y once desde que le detectaron el cáncer de páncreas, que se había manifestado al principio como una ictericia y se le confundió, más de lo debido, con la diabetes que arrastró por años.

Me he quedado solo. Siento ahora, pienso y actúo desde una viudez que tiene la textura de la ceniza —humo y humo—. La evidencia, para mí, es suficiente: no hay supersticiones, sino medidas que se toman contra amenazas invisibles. Hacer añicos mi manuscrito no habría bastado para enfrentarme al miedo; a alguien más, esta vez dotado de talento, se le habría ocurrido una idea similar a la mía y habría vuelto a escribir una variante del cuento con más suerte, con más méritos literarios, y quién sabe si con un buen agente; una gran editorial lo difundiría y el público sería vasto. Allí latía con todas sus sístoles y diástoles la posibilidad de un genocidio. La conciencia no me ha dejado en paz; me ha persuadido de que puedo evitar que algo tan monstruoso suceda. Por eso doy a la Internet esta siniestra obrita. Mi decisión aparenta obedecer a una lógica tortuosa; ¿cómo voy a impedir que mi prosa cause mayores estragos? La explicación cae por su propio peso: hoy en día se publica demasiado, y más en el ciberespacio; en tal pajar pongo mi humilde aguja.

Nunca dejaré de ser un autor menor y mis lectores, si en efecto los tuviese, serán escasos.

© 2012 – 2014, Miguel Gomes. All rights reserved.

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Miguel Gomes nació en 1964. Ha publicado los siguientes libros de narrativa: Visión memorable (1987), La Cueva de Altamira (1992), De fantasmas y destierros (2003), Un fantasma portugués (2004), Viviana y otras historias del cuerpo (2006), Viudos, sirenas y libertinos (2008) y El hijo y la zorra (2010).Ha ganado el Premio Fundarte de Ensayo (1990), el Premio Municipal de Narrativa de la ciudad de Caracas (2004) y el Concurso Anual de Cuentos del diario El Nacional (2010 y 2012). Como crítico ha dedicado volúmenes y artículos al ensayo hispanoamericano y a diversos poetas y narradores. Estudió en la Universidad de Coímbra (Portugal), en la Universidad Central de Venezuela y se doctoró en la Universidad de Stony Brook (Nueva York). Desde 1989 vive en los Estados Unidos, donde trabaja como profesor de posgrado en la Universidad de Connecticut. Fue designado miembro de la Academia de Ciencias y Artes de Connecticut en 2009.