Ulises Gonzales
La primera vez que la volví  a ver,  recién instalada en Nueva York, Lorena me hizo pasar por un pasadizo estrecho al lado de una cama que ocupaba la oscuridad de una habitación húmeda y con olor a guardado. Yo la iba siguiendo, pensando en mis primeros días, y en cómo una mujer como ella pudo llegar a un lugar como ese. Aparecimos en una salita acomodada como dormitorio. Había una ventana con vista a la vereda , un sofá reclinable de color rojo intenso. Había colgado un espejito de segunda mano con borde de madera sobre una de las paredes. Se volteó y me preguntó “¿Qué te parece?”
Para aquel entonces, ya yo sabía algo de aquella costumbre neoyorquina de improvisar cuartos con cama. Entre las bondades de esta ciudad no se cuentan ni el espacio abundante ni los alquileres económicos. Cada inmigrante –por más brillante,  bonito o furioso que sea– a menos que aterrice en el JFK forrado con dinero, sabe lo que significa convertir un departamento  de un dormitorio en tres dormitorios, una habitación en dos y una salita (o cocina) en cuarto. Había pasado un par de inviernos improvisando para comer y ya había visto que en ciertas piezas en Queens una sala puede acomodar a familias enteras, que se puede inventar una ducha para diez en un sótano, que es posible acomodar a tres personas en un ático pequeño.
Para mí no era nada tan grave: en la playa arequipeña donde pasábamos el verano siendo niños, en una habitación se armaban seis camas y los abuelos, mis padres y mis tíos improvisaban un hotel de lujo entre paredes de piedra. Era parte de la aventura.
 Así lo entendía  Lorena. Por menos de 400 dólares cada fin de mes, le quitaba su sala al hombre cincuentón y desarreglado  que sufría para sobrevivir en la ciudad,  a dos cuadras del Parque Central.  Lo conocí la segunda vez que fui a verla.  Ella me dijo que se habían hecho amigos. Él daba la mano con inseguridad, miraba con desconfianza,  hablaba con una voz que por alguna razón me pareció la de un hombre fracasado. No tenía  pareja ni muchos amigos.
Me imaginé la escena: esta peruana coquetísima  llegaba con la cabellera larga y los jeans apretados,  buscando un cuarto a buen precio en un barrio interesante. Con una gracia natural para abrir y cerrar la boca, abanicar las pestañas, doblar la cintura, para poner en el ángulo correcto de los ojos de ese hombre la visión completa de sus nalgas de veinteañera,  aún redondas, fuertes y prometedoras. Me lo imaginé imaginándosela desnuda. Me lo imaginé dándole un buen precio codiciando las aventuras que podrían alegrarle la vida: Lorena entrando a ducharse en el único baño compartido, pasando por su pieza en la oscuridad para llegar hasta la suya, rozando las sábanas de su camota con olor a pajazo y a sudor. Pasé una noche por allí,  al lado de su cama. Regresábamos de una fiesta, me quedaba a dormir. Cerré la puerta que dividía  ambos cuartos y sentí un placer vulgar por no ser él. Por no tener su edad, por ser yo quien la acompañaba a ella, su objeto del deseo. Por poder dormir con su calor en aquella ciudad con frío.
Ella también me había adoptado como mascota de aquellos sueños suyos para conquistar el mundo. Dormía pegado a su cuerpo y claro que me imaginaba penetrándola,  pero nunca me atreví más que a acariciar su cabello y a decirle frases que ahora,  con la distancia del tiempo, me parecen más patéticas que los silencios en inglés del hombre que se tocaba pensando en ella mientras mi amiga se desvestía en la habitación contigua. “Me da un poco de asco” me dijo en un café; cuando nos encontrábamos para que me detalle sus aventuras, y yo las mías, para que nos consolásemos por estar solos en una ciudad que no se parecía mucho a la nuestra.
Lorena nació en un barrio de clase media en Lima,  tenía tres hermanos y una madre que trabajaba en modelaje. Su padre era una especie de playboycaribeño que las abandonó sin avisarles. La madre supo que se fue a trabajar en “algo de artistas” en Puerto Rico cuando mi amiga era apenas una niña.
Mi primera imagen de ella fue a sus 18 años, apretando el paso por los pasadizos de la universidad. Me la presentaron cuando ya tenía fama de mujer fatal pero yo jamás me fijé en ella porque andaba perdidamente enamorado de una chica pequeñita,  interesante,  inteligente; todo lo opuesto a la frescura de ese cuerpo soberbio que solo cursaba invitaciones a la lujuria. Se hizo amiga de amigos comunes,  por ellos supe que había desembarcado en Manhattan,  después de haber aprendido periodismo a la misma velocidad con la que sus jefes le hicieron aprender que para triunfar tenía que negociar su carne. Yo le conocía  un par de parejas. Hay quien me dijo que solo picaba en escritorios importantes, entre jefes. Con algunas cervezas  demás, un amigo común se persignó para jurarme que alguien que él conocía la había encontrado entregándole  las nalgas a una vieja estrella de los reportajes,  reclinada sobre las palancas de la isla de edición.
Tal vez huía,  pensé. Como muchos huímos de esa Lima de rumores y medias verdades donde se envidia tanto. De ese mundillo de mediocridades. O tal vez escapaba de una vida normal, porque la vida normal que ella llevaba en Lima ya no daba para más. Acá en Nueva York nos podemos reinventar,  pensábamos los dos.
Lorena supo adaptarse a las espectativas  de una sociedad neoyorquina que codicia su imagen. Recuerdo la tarde en la cual Lou Reed,  a la salida de una catedral donde recitaba sus poemas, enfundado en cuero negro, miró con admirable lujuria cuando ella le colocó la espalda para que él estampara un autógrafo sobre una casaca envejecida de cuero azul. Reed le mandó a un emisario para decirle que estaba invitada a una fiesta privada.
Fui padrino de su matrimonio y por algunos meses le perdí el rastro. Nos seguimos reencontrando,  con intermitencia.  Hoy, liberado del deseo, esos reencuentros siempre son ocasiones agradables.
Se divorció y tuvo más amores, algunos de los cuales conocí (con el rostro descompuesto por alguna interferencia entre la imagen que se imaginaron y el producto real de su relación). Varias veces he puesto en tela de juicio esa ingenuidad con que me contaba,  por ejemplo,  que dormía en la mansión de un millonario soltero y setentón que la dejaba alojarse sin pretender nada,  que le compraba entradas de primera fila a conciertos sin pretender ningún negocio, y que al cabo de ciertos meses esperando, brutalmente,  le exigía carne a cambio.  Sólo ella, al parecer, parecía  asombrarse ante lo inesperado del desenlace.
Sé que ha conseguido ascender en la escalera de Manhattan y ahora puede despreciar desde arriba a los que no creían que llegaría,  o tal vez mirar con inocencia sus primeros días en la ciudad,  los pasillos malolientes  de aquellos cuartos con cama donde empezó esta nueva vida.
Sé que sigue bellísima, si bien no para de quejarse de su edad.  Sé que ama Nueva York,  que  aún busca el amor –a su manera– y que no necesita nada más.

© 2013 – 2014, Ulises Gonzales. All rights reserved.

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(Lima, 1972)

Es licenciado en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lima y Master en Literatura Inglesa de la City University of New York, Lehman College, en donde actualmente posee una cátedra.

Ha publicado la novela País de hartos (Estruendomudo, 2010). Fue finalista del Premio Copé 2006 y sus cuentos han sido publicados en Revista de Occidente (Madrid), The Barcelona Review, Luvina (Guadalajara), Frontera D (Madrid) y Renacimiento (Sevilla). Así mismo ha publicado crítica literaria en Hueso Húmero (Lima) y artículos en La Opinión de A Coruña y en El Comercio. Fundó la revista de historietas Resina. Ha ganado el premio nacional de historietas de Calandria. Sigue publicando en el fanzine limeño Carboncito. Escribe el blog semanal Newyópolis http://www.fronterad.com/?q=blog/1712 y la revista personal online The New York Street http://ulisesgonzales.com/

Después de mochilear por toda Sudamérica y Europa decidió quedarse en Estados Unidos, donde se ha casado y está pagando su casa. Trabaja en el Bronx y vive en el condado de Westchester en Nueva York. Además de escribir ha paseado perros, ha vendido ollas, ha estacionado carros, ha enseñado periodismo, diseño gráfico, fotografía y español; también ha estudiado latín y bailes caribeños (sin éxito).

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