fanta9(Tome Fanta, la bebida de los fantasmas…)                By Gino Winter

Noventa dólares y ocho horas de clase me bastaron para obtener mi certificado oficial de Security; veinte dólares más convirtieron las ocho horas en cuatro, con lo cual pude volver a enfrentar la vida de ilegal e incrementar con unos gramos más al kilo de diplomas coxudos que tengo guardados en una caja de zapatillas de planta convexa, que según los fabricantes te mejoran la postura, fortalecen tus piernas y te levantan el culo… ¡perfecto para mi edad!

Me uní al grupo de temps (empleados temporales) conformado por dos cleaners -Tulio y Quique- y dos guards, Marco y yo, y partimos hacia uno de los edificios más vetustos de Lummus Park, histórico distrito de Miami, para hacernos cargo del temido turno de amanecida.

Tulio, un simpático indígena de los Andes peruanos, estaba más asustado que perro en canoa, pues venía de un villorrio en donde no había ni electricidad y había llegado a USA como agricultor -quien sabe por qué error de la estadística- y estar acá era para él como estar en La Guerra de las Galaxias. Mientras él y Quique hacían labores de limpieza, Marco y yo empezamos a recorrer el edificio vacío -en penumbras- al trote, ya que aprovechábamos los anchos pasadizos desocupados para hacer un poco de ejercicio y así ahuyentar el sueño mientras vigilábamos.

Ya de madrugada, nos juntamos los cuatro en una oficina semi-abierta, llena de escritorios y computadoras pasadas de moda y nos servimos sendas tazas de café del Starbucks, con cupcakes y butifarras, mientras Quique, al estilo de su Chincha natal, nos relataba la leyenda de la gente asesinada, en ese mismo building,  en las épocas de Al Capone, cuya antigua casa de veraneo estaba en venta cerca de allí, en Palm Island.

A Tulio le empezó a temblar la cucharita cuando escuchó la historia sobre la cabeza humana con los ojos embutidos en la boca y con la lengua de corbata, encontrada en uno de las papeleras justo allí donde él estaba sentado y Marco, ex militar de aeronáutica, se descojonaba de risa mientras nos ofrecía una “chata” de ron Bacardí para amenizar el coffee break… De pronto, en lo mejor del jolgorio, el bidón de agua empezó a burbujear y a cambiar de nivel, como si alguien se estuviera bebiendo el agua, y , mientras yo trataba de explicarles que era la variación barométrica debida al cambio de presión atmosférica -por la tormenta tropical que se anunciaba- una vieja máquina de teletipo -esas que se usaban para enviar y recibir los famosos télex- empezó a teclear sola como una pianola, y Tulio, cagándose de miedo, dio un salto agarrándola a escobazos mientras gritaba “!EL TUNCHE!, ¡EL TUNCHE!”  (El Diablo) con tal vehemencia que nos “muñequeó” a toditos… Cuando ya me había parado de un salto por la impresión, recordé que los teletipos suelen teclear al recibir un mensaje y, asumiendo una pose de sabelotodo, se lo estaba informando al grupo, pero Marco no me dejó terminar y a empujones me sacó al pasillo gritándome “¡ESTÁ DESENCHUFADA HUEVÓN!”. Nos faltó culo para correr, a los cuatro. No tuve tiempo ni de fijarme en el enchufe. Salimos despavoridos hacia el hall de los ascensores y justo antes de que alguno apretara el botón, el ascensor se abrió frente a nosotros y Tulio se zambulló adentro, mientras Quique gritaba “¡¿QUIÉN LO LLAMÓ?! ¡¿QUIÉN LO LLAMÓ?!… Demasiado tarde para el pobre Tulio, que intentó regresar, pero las puertas del ascensor se le cerraron en las narices; sólo pudimos escuchar su horripilante alarido extinguiéndose pisos abajo mientras reculábamos hacia las escaleras de escape, las cuales logramos descender luego de atorarnos en la puerta por querer salir los tres a la misma vez… Bajamos ocho pisos, sólo para comprobar que la puerta de escape del primero estaba clausurada y tuvimos que subir los doce pisos hasta la azotea pues Tulio no contestaba su celular y las puertas de los demás pisos estaban diseñadas para abrirse al salir y bloquearse al querer entrar… Unos pasos antes de ganar la azotea, Marco se tropezó y bajó siete escalones de culo, lesionándose el coxis. Al tratar de sostenerlo en plena caída resbalé y le di un codazo en el ojo a Quique antes de torcerme el tobillo con las zapatillas de mierda. Parecía una película de Los Tres Chiflados. No sé cómo llegamos a la azotea, sólo sé que el huevón de Quique, mientras se sobaba el ojo y me recordaba tres veces a mi abuelita que ni conoció, cerró la puerta y ya no se pudo abrir. Quedamos los tres huevonautas arrinconados, adoloridos y a la intemperie, acariciados por los vientos helados de la tormenta, sin poder llamar ni al 911, no por miedo a que la policía nos pida documentos, sino más bien a que se dieran cuenta de que eran falsos… “¡No podíamos estar más cagados!” sentenció Marco, tiritando, sentado de costadito y con cara de hemorroides. “Según Murphy –acoté inoportuno, recordando sus famosas leyes robadas a Finagle–  siempre se puede estar peor…”.  No terminé la frase cuando empezaron a caer las primeras gotas de lluvia sobre nuestras cabezas… “¡SALADO DE MIERDA!” gritó el coro. Un aguacero fatal se desató como contundente respuesta del cielo…

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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.
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