ginoLa vida del ilegal en Miami es un partido de fútbol donde con suerte ganas tres a dos… si es que ganas. A veces pienso que lo único que me falta es meterme en uno de esos disfraces de pollo, de espuma térmica de poliuretano, y repartir volantes en la calle bajo el cancerígeno sol de Miami, para sentirme, al fin, completamente infeliz…

Estaba manejando por Ponce de Leon Boulevard, escuchando mi cassette de Patacláun en el tocacintas de mi viejo Volvo, cuando sonó mi teléfono chino, mostrando en la pantalla -felizmente en blanco y negro- el extraño rostro de mi amiga Uxúa. No era tan fea la española, era más bien lo que hoy se llamaría ”una belleza alternativa”. Entre los mejores atributos de esta maja de las casi cuatro décadas, estaban el ser tan divertida como una Coca-Cola dieta sin cafeína y sin gas, y casi tan odiosa como el sonido de un reloj despertador coreano. No sé si el cariño que le tengo se deba a su constante preocupación  por mantenerme fuera del desempleo, a su obstinación por conseguirme una novia millonaria o a su rico y apretadito cuerpo de teibolera… No entiendo cómo consigue Uxua los más extraños contactos, a veces pienso que quien los encuentra es el mafioso de su marido policía, por eso sus llamadas me ponen algo nervioso.

Luego de los saludos de rigor, adornados con ‘josú’s’ y ‘mare’s’, me dio el teléfono de Rebeca Rubinstein -‘Becky’- la ricachona que meses atrás me había  sacado el jugo, haciéndome trabajar horas extras de gratis. Becky era hipocondriaca y avara, sufría de TOC, trastorno de la conducta aquí llamado OCD (Obsesive Compulsive Disorder) y  de múltiples enfermedades imaginarias y, a veces, como que le faltaba un par de jugadores en su equipo encefálico.

Intenté negarme, pero cómo decirle que no a Uxúa, en lo que ella llamaba ‘una emergencia’. Imaginé la tristeza en sus ojazos negros, un ‘poquito demasiado’ separados para mi gusto (y para el de los demás terrícolas), y no pude soportar esa mirada: Le dije que sí.

Dejé mi Volvo en la residencia de los Rubinstein y cogí el  Bentley Mulsane,  con el cual recogí a la rubia Becky de las oficinas de una compañía británica de seguros, adonde acude todos los meses a reclamar por cada centavo, y la llevé a una clínica psiquiátrica judía de Aventura City, al consultorio del Dr. Ackerman, psiquiatra experto en desórdenes compulsivos. 

La lujosa sala de espera estaba repleta y mientras Becky discutía con la recepcionista de turno, aproveché para examinar el extraño ambiente que ya presentía. Todos me miraban fijamente y estaban como uniformados, inclusive Becky, no con uniforme propiamente dicho, sino que tanto hombres como mujeres llevaban ropa deportiva completamente abrochada, anteojos de sol, gorras, mochilas con dos o tres agendas llenas de post it  (notitas pegadas de colores), botellas de agua pura Evian y envases de Clorox (desinfectante antibacterial), lapiceros, una caja Kleenex (pañuelos de papel) y teléfonos inteligentes o tabletas iPad donde buscaban desesperadamente información en las páginas médicas y algunos hasta se conectaban con el sistema de vídeo de seguridad de sus residencias. Pero lo más uniforme que tenían era la expresión de ansiedad, preocupación y excitación, en una cara de culo de esas que te gritan en silencio ”¡me cago en plata!”.

Becky sacó sus pañitos húmedos y empezó a desinfectar su asiento, su teléfono y sus agendas con la maestría de quien realiza una práctica consuetudinaria y me dio un par de pañitos para que yo haga lo mismo con mi silla y mis manos. Cuando hube terminado, me dio dos pañitos más para que repitiera la operación.  Cada vez que uno de los ‘Monk’ (famoso detective con TOC, de la Tv) limpiaba sus implementos, se desataba una reacción en cadena y todo el lobby se aunaba a una febril actividad desinfectante. Los monks me miraban con gestos acusadores, como si estuviera en falta con el grupo por estar rascándome las órcholas en mi silla Wassily, sin limpiar nada.


Me sentía como si hubiera entrado a uno de los capítulos de La Dimensión Desconocida (The Twightlight Zone) y ya me estaba empezando a poner incómodo y entre holístico y new age, cuando Becky me pidió que consulte en el counter cuánto tiempo faltaba para que la atendiera el psiquiatra. 

Me acerqué al counter e hice la consulta, cogiendo de paso un lollipop (chupetín) de un envase de vidrio que estaba junto a la ventanilla. Apenas le di el dato a Becky, ella se paró y se acercó al counter contrariada, preguntando cualquier cosa; cogió los chupetines y los ordenó por colores, arrimó el florero y el vaso portalápices y colocó el envase de chupetines justo en el medio y regresó. Al minuto, una gorda peliroja se paró y repitió la operación, la cual fue imitada -solapadamente- por todos y cada uno de los monks, los cuales me miraban al pasar, como acusándome del desorden.

Para confortarme un poco, me serví un capuchino de la máquina automática del lobby, tratando de no mirar hacia atrás, donde de seguro los monks estaban vigilando todos mis movimientos. Antes de que me hubiera sentado en el sillón de cuero con vibradores, ya dos monkitos habían salido disparados de sus asientos, en una carrera loca por llegar primero a  la máquina de café para arreglar mi ‘desorden’. Los monkis llegaron a la mesita, hicieron como si fueran a servirse sendos cafés, pero en realidad solo movían los vasos de plástico de un costado a otro de la bandeja; no bien movía uno, el otro lo volvía a mover unos milímetros más allá. Parecían dos ajedrecistas jugando por su vida. 

La verdad es que la sensación de ser la única persona razonablemente normal, en una sala llena de gente con la azotea mal amoblada, es alucinante… El más veterano de los monks, se acercó a mi sitio y me increpó por haberme sentado en el sillón vibrátil de cuero, cuando lo correcto era que regresara a mi asiento primigenio. Fue tan pedante e imperativo que tuve que rebuscar en mi inglés británico las palabras precisas para -con toda diplomacia- mandarlo a la misma mierda de forma contundente, sin que se entere Becky. En vez de ofenderse, el rabino me ofreció veinte dólares si regresaba a mi asiento. ”A hundred” le disparé. ”I only have fifthty” contraatacó, con ojos de asesino en serie. ”Let’s do it” finiquité, porque ya se me estaba acercando demasiado.

Mientras tanto, Becky luchaba con su nuevo iPhone, tratando de ‘setearlo’ (programarlo) para poder ver sus tres cuentas de e-mail y luego de varios fracasos me pidió que la ayudara, pero que no lo tocara, solo que la guíe. No es por nada pero si Becky no heredaba la fortuna de los Rubinstein se moría de hambre, porque su cacumen era bastante limitado: lo único que hacía bien era cantar blues y cuidar su dinero al centavo.

A la cuarta vez que le repetía las instrucciones a Becky,  la gordita peliroja, que estaba atenta y desesperada siguiendo las maniobras, se le acercó, enfundada en un chandal rosado con la leyenda PINK en el trasero, y le gritó las mismas instrucciones a la cara, terminando la última frase con un  potente ¡BITCH!

Al decirle Becky que no se metiera, que no era su negocio, la gordita le arranchó el celular y empezó a manipularlo, ante la sorpresa y los gritos de terror de Becky, quien no soporta que nadie toque sus efectos personales y menos si están nuevos. Becky trató de arrebatarle el iPhone a la gorda, pero esta se negaba y resoplaba como un puerquito, sin dejar de manipularlo. Ambas se fueron al piso, rodando como luchadoras en el lodo, tomadas del celular.

Mientras yo trataba de separarlas, los demás monkis se tocaban de nervios atornillándose en sus asientos los unos y caminando en círculos los otros. 

Salieron las enfermeras y secretarias del counter y hasta los psiquiatras de sus consultorios, pero nada… las dos locas seguían revolcándose y ninguna soltaba el celular. Yo me hice a un lado cuando el Dr. Akerman  metió un grito cancelando las citas de las luchadoras, lo cual las hizo pararse en el acto y empezar a rogarle primero y a amenazarlo después para que las atienda. Empecé a explicarle al psiquiatra que Becky no tenía culpa alguna, pero el Dr. Ackerman parecía estar más loco  que sus pacientes. Mandó a sacarlas del lobby hacia el hall exterior y las postergó para la próxima semana.

Becky, con lágrimas en los ojos, no dejaba de putear y maldecir a medio mundo por su tragedia. Cuando se le acabaron los personajes de su reality-culebrón, empezó a echarme la culpa por no haberla defendido apropiadamente y hasta dijo que no debería pagarme. Yo iba manejando el hermoso Bentley y tratando de complacer los pedidos de Becky de prender la radio, bajar la temperatura, abrir su ventana, sacar el encendedor, encenderle el cigarrillo, pasarle los Kleenex, la colonia, su neceser, etc. ¡todo a la vez! y como eso era materialmente imposible, empezó a insultarme en hebreo (creo, no sé hebreo) y a darme con el codo en mi brazo pequeños toques que fueron creciendo en intensidad y se convirtieron en golpes de puño cada vez más fuertes y, acompañados de unos gritos escalofriantes, iban acercándose peligrosamente a mi cara, haciendo la situación mas grave el hecho de que yo estaba manejando un auto de trescientos mil dólares por avenidas muy transitadas…

No sé cómo me contuve para no devolverle aunque sea un golpe. Su situación de dama y mi situación de ilegal desnivelaba el piso muy a su favor, sin contar con que esta loca tenía dinero para comprar policías, abogados, jueces, al FBI y hasta a sicarios para matar al papa.

Con el ojo que tenía sin golpear, pude ver las dos erres enlazadas en la reja de su mansión y apreté el control remoto para abrirlas, justo cuando Becky se me tiraba encima y me impulsaba hacia el acelerador. Las rejas recién empezaban a moverse cuando el Bentley las abrió por completo. El auto paró en seco a la vez que  los airbags explotaban con tal fuerza que me pareció que nos había caído un rayo. Con el impacto, parte de mi cabeza chocó con la frente de Becky, quien quedó noqueada. El personal de la casa se apresuró a ayudarnos a salir del carro. Thomas, el mayordomo, llamó a una ambulancia, mientras las chicas y el jardinero llevaban a Becky dentro de la casa.  Max, el security, que escuchaba mis explicaciones entre preocupado y cagándose de risa, me rogaba que me quedara porque no me veía en condiciones de manejar, pero se compadeció de mí cuando le confesé que era yo un hindú (hinducumentado) y los policías como que no me tenían mucho cariño. El buen Max se hizo de la vista gorda, obsequiándome un Gatorade para el camino…

Mientras bebía el Gatorade, caminando por el jardín exterior, los pensamientos se mezclaban en mi  cerebro, entre la milonga que tenía que cantarle a Uxúa para finiquitar el estropicio de manera auspiciosa -o al menos neutra- y el acertijo que se me formaba en la mente al querer decidir extemporáneamente si debío ser Braque, De Chirico o Picasso quien debía haber pintado su retrato.

Golpeado, asustado y herido en mi amor propio, subí a mi Volvo, que felizmente distinguí porque era el único bulto azul en el carport ,  y salí de la mansión con rumbo desconocido, inclusive para mí…

Ginonzski.

 

© 2013, Ginonzski. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorDinero
Artículo siguienteEntrevista con la escritora de viajes Francisca Matteoli
Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.
Loading Facebook Comments ...
Loading Disqus Comments ...