ginoA pesar del título, esta nota no trata sobre supositorios brasileros ni sobre las extrañas costumbres de mis amigos gay… Sucedió que un día de esos felices (en la Dimensión Desconocida, porque lo que es aquí…) manejaba una mini-van por las calles de Miami Beach llevando un equipo de waiters a trabajar a un lujoso hotel de la playa. Un poco confundido por mi desconocimiento de la zona y distraído por la linda sonrisa de una de las muchachas que me acompañaban en minifalda, me metí en contra del tráfico en una de las callejuelas más retorcidas que cruzaban el boulevard de Ocean Drive. Al ver la flecha acusadora de la señal de tránsito señalando en contra de mis intenciones, paré en seco sólo para percatarme de que un auto patrullero doblaba la esquina y se dirigía inexorablemente hacia nosotros… Manejar en contra del tráfico podrá ser algo un poquitín más grave que “curioso” en nuestros países latinos, pero acá en USA es algo así como si le hubieras pegado a tu abuelita o como si hubieses matado a la madre del policía que te detuvo… Para mejorar el panorama, mi licencia internacional estaba vencida y mis documentos “oficiales” medio despintados porque me los habían hecho hacía ya tiempo en El Gran Chaparral de Las Vegas, algo así como nuestro querido Jr. Azángaro, alma mater putatibus de algunos profesionales como el doctor que suscribe esta nota… Mis ilegales pasajeros estaban peor que yo, pues no tenían ni siquiera documentos falsos. El patrullero se estacionó justo frente a frente con mi vehículo y yo vi cerrarse la reja de la tristemente célebre prisión de Krome (“La Migra”), justo frente a mis narices con todos nosotros adentro… En menos de lo que se persigna un cura loco, puse reversa y quebré el timón hacia la izquierda y retrocedí la van aparcándola en el carport de una casa vecina. Ante la mirada sorprendida de los policías, salí del auto caminando con los pasitos elegantes y afectados de Hércules Poirot (Agatha Christie) hacia la puerta de entrada de “mi casa”… Busqué en mi llavero la llave de “mi puerta” y, como el patrullero seguía mirándome inmutable, abrí solapadamente el llavero y dejé caer “accidentalmente” todas las llaves al piso, para hacer tiempo mientras buscaba entre mi acervo barrioaltino alguna forma de solucionar la situación. Proferí algunas malas palabras en Inglés lo más guturalmente posible y con los dientes apretados, a lo Clint Easwood, con el fin de que suene a gringo y me agaché a recoger con lentitud todas mis llaves mientras pensaba en almorzar en el Tanta, tomar capuchinos en La Tiendecita Blanca, cenar en el Bohemia, unos tragos en el Arango, volver a ver a mi familia limeña y a algunas amistades, en fin, todas las ventajas que nos ofrece a corto plazo la deportación… El alma me regresó al cuerpo cuando sentí que el auto patrullero seguía su camino suponiendo que no estaba manejando contra el tráfico, sino haciendo una maniobra para estacionarme en mi residencia (acá tienen la extraña costumbre de suponer positivamente). Miré al Cielo para agradecer y me pareció ver a la Virgen riéndose, seguida por un coro de querubines neozelandeses con caritas hinchadas como Renne Zellweger, alitas juguetonas y el poto al aire. Me acerqué al vehículo y miré adentro: Todos mis amigos estaban más tiesos que caballo de fotógrafo, más mudos que el Colegio Médico del Perú, y, a pesar de su originaria piel cobriza, más pálidos que teta de monja. Un fresco olor amoniacal se dejaba sentir por el lado de las veteranas… No me decían una sola palabra, pero sus miradas de samurái enviaban efusivos saludos a toda mi parentela con incisiva mención especial en mi pobre mamita, arrepentida tantas veces de haberme parido. Empecé a manejar mientras trataba de romper el hielo diciéndoles que si volvía a suceder algo similar uno se tendría que sacrificar enfrentando a la policía mientras los demás tomaban las de Villadiego (huían, zafaban culo):
– Yo me ofrezco, y tú Julián?
– No, yo… yo… yo meo tibiecito… contestó nerviosamente, con voz entrecortada, mirando a lontananza… Fue la última frase que escuché del grupo en varios días.
GinoNzski.
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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.