Por José Benegas

Algo que es un atentado al sentido común, como el hecho de que se considere que el trabajo puede ser un problema para una economía, queda tapado por los prejuicios nacionalistas y la fobia al extranjero. Pensemos con amplitud: ¿por qué no existe el derecho de vivir dónde se quiera? Hay un gran debate eterno acerca de la inmigración ilegal, pero sería mucho más interesante discutir el concepto de legalidad y por qué el moverse a través de una frontera puede, debe o vale la pena ser puesto en principio contra la ley y sólo por excepción permitido. No estoy poniendo en duda el acierto de restringir la entrada a este país, sino a cualquiera. Deberíamos pensarlo como un problema mundial, de la humanidad en un planeta parcelado.

Debería ya en el siglo XXI despertar cierta sospecha de situación absurda el hecho de que las personas sean catalogadas al cruzar una línea que separa la jurisdicción de un país de la de otro de turistas, hombres de negocios, trabajadores transitorios o permanentes. Lo que pasa es que es un absurdo tan extendido y normal que pasa desapercibido, pero vamos de país en país pasando por un filtro de unas personas cuya función es maltratar a la gente pacífica, inocente se supone hasta que se demuestre lo contrario. Se ha multiplicado de modo exponencial la categoría de sospechoso, no en un régimen de ayatolas, ni en alguna dictadura sobreviviente de la guerra fría, sino aquí, en occidente.

Conozco por supuesto las excusas, pero me parece importante recalcar antes que nada que la población está demasiado controlada como para que no lo advirtamos como un problema, con independencia de que después, como ocurre con cualquier imposición, se nos asuste acerca de los peligros de la libertad como si la falta de libertad fuera gratis.

¿Por qué se nos marca al nacer con una bandera? Tantas declaraciones tan universales de derechos y resulta que quienes los declaran en tratados celebrados en hoteles de lujo tienen bien cerradas las puertas de salida y las de entrada como para que todos esos humanos llenos de prerrogativas dignas de la poesía más barata no puedan nada más ni nada menos que establecerse donde quieran, bajo el gobierno que les plazca, haya o no declarado ese gobierno las mejores y más amplias intenciones.

Está bien, hay motivos de seguridad, hay gente peligrosa que puede ingresar en cualquiera de nuestros países. Pero nadie es peligroso hasta que no comete un crimen. Cualquier niñito sonriente puede ser el próximo Jack el Destripador en el futuro y el porcentaje de criminales que comparten nuestra nacionalidad en principio no se ha demostrado que sea inferior al de nuestros vecinos ¿Son los asaltantes los que hacen sus valijas para emigrar? Tanto se sabe que no es así que el crimen de “lesa fronteridad” por antonomasia es el trabajo, no el robo.

Resulta que “los extranjeros le quitan el trabajo a los nacionales”. Lo primero que habría que puntualizar es que el trabajo “no se quita”. Nadie “tiene” el trabajo que demanda otro ¿Bajo qué título los trabajos que van a demandar las personas que han sido marcadas con la misma bandera bandera que yo “me pertenecen”? Serán en todo caso de aquellos que los requieren. Además hay un absurdo económico en la creencia de que los países tienen una “dotación de fuentes de trabajos” a repartir, cuando lo que tienen es una cantidad de trabajadores limitada que restringe su productividad y crecimiento. Cualquier que ingresa a un país para trabajar, igual que cualquiera que se incorpora al mercado laboral siendo local, también demanda trabajo cuando adquiere bienes y servicios. Lo que ocurre en realidad es una mejora de la productividad de la economía en beneficio de todos.

Bajo el velo nacionalista se ha creado la noción de trabajo ilegal y de que sumar un esfuerzo puede ser un problema económico. Asombroso.

Por alguna razón esotérica se razona diferente cuando lo que ingresa es una empresa, ahí se advierte el beneficio de que el país de que se trate sume capital que es trabajo acumulado. La nueva empresa es también un desafío para sus competidores específicos pero una bendición para el conjunto, para sus clientes, para sus proveedores, hasta para las arcas oficiales. Un trabajador individual es por las mismas razones un aporte de riqueza, no una pérdida.

Encarecer el trabajo para favorecer en general a los que trabajan por la vía de las restricciones a la entrada de mayor oferta es por completo inútil, porque las mismas personas que trabajan son demandantes de trabajo así que la vida de los locales también se encarecerá. Abrir las fronteras tiene el efecto contrario y hasta ahora lo único que se consigue poniendo trabas es que muchas empresas se instalen en otros países para aprovechar las diferencias de salarios en lugar de quedarse en sus lugares de origen contratando inmigrantes. Nadie se queda sin trabajo, cambian los salarios como precios relativos junto con los demás precios, la producción se acomoda y resulta un provecho para todos.

Por alguna razón así como se restringe el acceso al mercado laboral se facilita a través de un proceso automático el acceso a los derechos políticos, cuando no tendría que ser así. Participar en los asuntos de gobierno afecta la vida de otras personas y no solo la propia, es más lógico cerrar la puerta que conduce al manejo de lo público y abrirla hacia los temas privados, pero lo que ocurre es lo contrario.

La legalidad es algo demasiado serio para ser puesto al servicio del temor, del prejuicio. Aunque el temor y el prejuicio son limitaciones para los políticos que deben tomar decisiones, este debate a fondo debe comenzar en algún lado. Porque a pesar de que parezca imposible evolucionar hacia otras reglas las comunicaciones e internet le han permitido a esta generación experimentar algo de cómo era el mundo antes de las nacionalidades y los pasaportes.

© 2013 – 2014, José Benegas. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorNo hay regreso
Artículo siguienteSvetlana

Periodista, abogado, ensayista, conductor de Esta Lengua es Mía en FM Identidad 92.1mhz de Buenos Aires. Miembro del directorio del Interamerican Institute for Democracy. Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, ha colaborado con los diarios La Prensa, Infobae de Buenos Aires, La Prensa de Panamá. Trabajó como columnista o conductor en Canal 9 de Buenos Aires, P+E y Metro, FM La Isla, AM 1110 Radio de la Ciudad de Buenos Aires y FM Tango.

Loading Facebook Comments ...
Loading Disqus Comments ...