chancalalatas1Gino Winter

Un manotón en la espalda me sacó de la concentración en que estaba mientras tomaba mi desayuno italiano en el Panera Bread de la Kendall Drive. Estaba embelesado admirando desde mi mesa las clásicas líneas toscanas de Romina, mi cajera favorita, cuando sentí el manotazo que me hizo pasar de golpe un trago de café hirviente que fue directo a mis entrañas, apuñalándome el esófago en el recorrido, cual harakiri invertido, hasta el píloro. Volteé sorprendido para encontrarme con la cara regordeta, los bigotes mexicanos y la risa contagiosa de un amigo limeño idéntico al Sargento García, personaje cómico de la primera versión de “El Zorro” en la TV bicolor de los sesenta.

Mientras lo puteaba, el Sargento acomodó en mi mesa su bandeja repleta de sándwiches y Coca-Cola y me contó entre risas que había conseguido un contrato para tocar en la fiesta de una chica que cumpliría quince años (un “’quinceañero”), usurpando el nombre de su padre, músico profesional y dueño de una orquesta muy reconocida por la comunidad latina.

Me pidió que lo ayudase a conseguir músicos baratos para el ensamble que estaba formando; no necesitaban ser profesionales, solo tocar razonablemente bien, aunque sea de oído.

Con ayuda de mis amigas de las agencias reclutadoras de trabajadores eventuales, logramos juntar un grupo de tres coristas y siete músicos aficionados “chancalalatas”, y yo mismo recibí la oferta de integrarme como cantante, actividad para la cual nací absolutamente negado, por lo que solo me comprometí a asistirlos en actividades logísticas hasta el mismo día de la fiesta, a cambio de un bono razonable.

Alquilamos casi todos los instrumentos y equipos, conseguimos un CD pirata con las canciones usuales en este tipo de party y sacamos nueve copias, las cuales repartimos entre los músicos para que las aprendieran, quedando que el ensayo general se haría un día antes del ágape, pues todos tenían compromisos como waitersblue collars y necesitaban practicar antes a solas, hasta dominar las canciones, los ritmos y las melodías.

El Sargento me pidió que consiguiera partituras en internet —no importaba que fuera de otras canciones— y las imprimiera: total, solo era para hacer la finta, pues ninguno, ni siquiera él, sabía leer música.

El ensayo fue un desastre. Cada quien tocaba por su cuenta, a su propio ritmo y compás, y el Sargento tenía tantas condiciones para dirigir como yo para descifrar jeroglíficos de la dinastía Ptolemaica.

El día de la fiesta, llegué junto con “Pocho Baluarte y su Combo Sabroso” y, de pura vergüenza, decidí dejarlos instalados y mandarme a mudar, a pesar de las protestas del grupo.

Cuando estaba por llegar a mi casa, recibí una llamada del Sargento suplicándome que le llevara unas extensiones eléctricas que había dejado olvidadas en su casa. Cuando regresé a la fiesta, el Sargento me rogó que me uniese al coro, en reemplazo de uno de los coristas que había llamado diciendo que no llegaría porque seguía mar adentro en la lancha pesquera donde trabajaba (con razón olía a pedo de foca). “No tienes que cantar, solo mueve los labios y baila”, me dijo.

Empezó la fiesta. Las caras largas de los dueños de casa cada vez que terminábamos una canción eran fiel reflejo de la calidad de la música. El Sargento se turnaba la primera voz con un cubano al que llamaban ‘El Mudo’, que no cantaba mal pero se le cansaba la garganta cada tres canciones, y a pesar de que teníamos una laptop como guía de la letra, su mala visión lo obligaba a intercalar varios cha-la-lás para cubrir los tramos que olvidaba. Yo, a pesar de haber sido un buen bailarín, no conseguía dar pie con nota, porque hasta las melodías más conocidas me resultaron más desconcertantes que el jazz neurótico de Woody Allen, así que más que corista parecía policía de tránsito.

Las bromas de los colegiales se mezclaban con las maldiciones de algunos borrachos ya mayorcitos y algunas señoras, bien escotadas y vestidas como si estuvieran tapizadas, se acercaron a pedirnos que nos apeguemos un poco más a las versiones originales y no hagamos experimentos extraños. El Sargento decidió echar mano del sintetizador y meter algunas pistas automáticas, mientras le pedía a los chancalalatas que hicieran como si estuvieran en la TV, fingiendo en un play back, pero el truco se notaba más que la peluca rubia y lacia de una modelo negra.

La cosa se complicó cuando, pasada la medianoche, tocaron el vals de aniversario, pieza central del festejo, en que la cumpleañera baila consecutivamente con el papá, el noviecito, primos y amiguitos. Yo al principio me llevé instintivamente la mano al pecho cuando empezaron los compases, creyendo que estaban tocando el himno de mi colegio. El papá —al que le decían “nariz con cerquillo” por el bigote ridículo que se manejaba— no podía dejar de sonreír por la sarta de fotografías que se estaban tomando para la posteridad, pero en sus ojos se notaba la indignación y en su cuello las venas se le marcaban, lo que le daba la apariencia de un muñeco de torturado del museo de la Santa Inquisición.

Una gorda sexy, cuarentona, minifaldera y borracha, de pechos tan prominentes que parecía una paloma empachada, se apareció a mi espalda y me preguntó melosamente pegada a mi oído: “¿Y… qué planes tenemos, gringo? porque lo que es esto se termina ahorita…”. Su frase fue premonitoria, porque no bien acabada la ronda de fotógrafos, un tío borracho lanzó una botella de cerveza contra la mezcladora de sonidos, dando inicio a una lluvia de botellazos y a un cargamontón de borrachos que me dieron la impresión de que repetirían la masacre de Uchuraccay o el Fuenteovejuna de Lope de Vega (“¡Fuenteovejuna, todos a una!”).

Un cortocircuito salvador (o “circocortito”, como dijo el Sargento) generado por la cerveza derramada sobre los enchufes fue apagando por partes las luces de la fiesta: primero el estrado, luego la pista de baile, y ahí nomás todo el condominio. Cuando la luz regresó, a los pocos minutos, la gorda estaba privada del conocimiento, enseñando el calzón, escalones abajo del estrado, pues en la oscuridad se le había acabado el piso. Varias personas se acercaron a auxiliarla y yo aproveché la penumbra para —por instrucciones del Sargento— agarrar el sintetizador, llevarlo hasta el parking, meterlo en mi viejo Volvo y zafar culo hasta mi casa. Tras de mí venía el Sargento con parte de la batería y los demás “músicos”, cada uno con lo que pudo salvar.

Al día siguiente, en Panera, saboreando sendos manchegos y un par de espressos, le devolvía al Sargento mi bono como gesto de solidaridad para que cubriera en algo las pérdidas del equipo, mientras veíamos a una Romina feliz, besándose con su novio “joligudense”.

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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.
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