Lupi Espnioza

 

No tuvo que abrir los ojos para saber que tenía una erección del tamaño de su alma. Una erección gigante que parecía estar no llena de sangre, sino de alcohol y escarcha dorada.

 Ignoramos con qué habría estado soñando, y tampoco haría ninguna diferencia saberlo. Al despertar es usual que tenga una erección, nada fuera de lo común; pero aquella noche, lo que su organismo no le dictaba era despertar tirado en el piso con una chica inconsciente a su lado. Sobre él, una deliciosa pierna coronada con un tacón azulino cruzaba su tímido cuerpo descompuesto.

 “¿Dónde estoy?” Estaba en el departamento de su mejor amigo, reincorporándose luego de una fiesta tan memorable como tóxica; características que usualmente se anulan la una a la otra. Pero no esta noche. Esta noche, Noah recordó todos los detalles. Recordó que había tomado tres pisco sour, seis chilcanos y siete cervezas. Recordó que su amigo sopló las velas de cumpleaños y comenzó a tirar pedazos de torta a todos los asistentes. Recordó la casaca de cuero de la chica dormida sobre su pecho, y su pañuelo dorado y brillante. Recordó su rostro, tan cerca de él, arropado casi en su totalidad por cabellos desordenados, salpicados de cerveza; lo sabía por el olor.

 Levantó la cabeza tratando de descifrar su situación, pero solo encontró una sensación familiar entre los ojos. Dolor. “Maldita resaca, te odio…” Se quedó quieto, mirando al techo y la lámpara colgante a unos metros de él, repasando detenidamente los cristales brillantes a la luz del alba.

Cerró los ojos para intentar asentar la nube que giraba en su cabeza, cuando sintió un espasmo que remeció su cuerpo. Ni el mareo ni las ganas de desaparecer que tenía, nada importó el momento en que reparó en un inesperado triángulo sobre él. Un triángulo amarillo con flores pequeñas y blancas. Aquella chica tenía una falda de jean que le cubría poco más que la ropa interior. “Amarillo”, pensó, ”amarillo…” Por algún motivo, insondable y etílico, existía una lógica rotunda en su mente: este ser sobre mí tiene ropa interior amarilla, tengo que investigar. Así que así lo hizo. Se propuso explorar aquella cueva tibia con su mano izquierda, sin levantarse; acercándose cara a cara a los mechones de cabello que solo dejaban ver los labios de esa chica anónima. Unos de esos labios caídos, con forma de tristeza.

 Descansó la cabeza de nuevo en el suelo sin sacar sus dedos de su nuevo hogar, moviéndolos al ritmo de una melodía en su cabeza, cantando en voz baja. “We’re the heirs to the glimmering world, we’re the heirs to the glimmering world.”

 

– Noah, ¿qué estás haciendo? – preguntaron un par de ojos miel sobre los suyos.

 

– Goldaline, ¿eres tú? – respondió Noah volviendo en sí, sin dejar de mover sus dedos entre las piernas de ella.

 

– Sí, soy yo

 

– Pensé que no ibas a venir

 

– Al final me animé

 

– Ah… me hubieras avisado

 

– ¿Noah?

 

– ¿Sí?

 

– ¿Puedes sacar tus dedos… de ahí?

 

– Disculpa

 Ambos se voltearon boca arriba, uno al lado del otro, echados sobre los estambres azul marino de la alfombra de la sala. Desde ahí, tirados y con la cabeza dando vueltas, el departamento parecía mecerse al ritmo de las olas, extendiéndose al infinito, como el océano.

 

– ¿Te das cuenta? Estamos flotando sobre el mar

 

Más allá, veían una mesita de café como una isla. Un sillón guinda como un buque navegando entre personas inconscientes, náufragos a la deriva. Y por doquier, botellas vacías sin ningún mensaje que enviar a través del océano más que un último aliento a alcohol. Sin ningún destinatario, sin ningún familiar querido, sin ningún amor en el fondo. Solo botellas con residuos de espuma.

 

– Vamos, tenemos que irnos

 

 Todo estaba oscuro. El sol aún no había salido, y Noah y Goldaline se levantaban del suelo como caballos recostados de lado, tambaleantes y majestuosos. Seguían ebrios, y quizás por lo mismo, ir a la cocina a sacar un par de cervezas más parecía una buena idea. Cerraron de un portazo la puerta del refrigerador.

 

– Quiero ver el amanecer. Acompáñame

 

Cruzaron el océano de la sala sorteando cuerpos como obstáculos y salieron del departamento. Recorrieron el pasillo y subieron al ascensor tapizado por espejos reflejándose mutuamente.

 

– Veo 1000  Noahs – sonrió ella.

 

– Y yo veo 999 Goldalines

 

– ¿Por qué 999?

 

– Por nada… – dijo Noah apretando los botones de todos los pisos del ascensor, iluminando todos los números del panel. Frente a ellos, los miraban dos filas de círculos de luces rojas, ordenados y atentos como cadetes.

La puerta del ascensor se abría y cerraba a cada piso haciendo un sonido aparatoso coronado por un timbre agudo. Tin… Tin… Dejaron las botellas de cerveza en una esquina. Evitaban verse a los ojos alejando la mirada, solo para encontrarse frente a todos los ángulos del otro. Manos, quijadas, zapatos. Gargantas tragando saliva, perfiles ansiosos, labios mordiéndose a sí mismos. Sus reflejos multiplicados en las paredes del ascensor, uno tras otro y hasta el infinito, como una pista de despegue. ¿Hacia dónde? Hacia abajo. Era inútil. No podían escapar.

 Para cuando llegaron al piso 9 ya estaban uno encima del otro, besándose, abrazándose, besándose. Piso 8. Alejándose, acercándose nuevamente. Piso 7. Estrellándose contra los espejos, que devolvían el reflejo de mil besos. Piso 6. El coge el rostro de ella mientras coge su cintura. Piso 5. Ella sonríe. El lame su sonrisa. Piso 4. De alguna manera, se besan hablando al mismo tiempo, entrecortando torpemente sus palabras.

 

– Tu barba… me hace… arder los labios.

 

– Disculpa

 

– … ¿Me estás haciendo cariñitos con tu lengua?

 

– Sí

 

Piso 3

Piso 2

Piso 1

 

Se separaron de golpe, recogieron las botellas de cerveza, alisaron sus ropas y salieron a la calle. Esa fue la primera y la última vez que se besaron. Solo durante los breves minutos que el ascensor tomó en bajar desde el piso más alto de aquel edificio hasta el piso de la calle. Noah y Goldaline solo se besaron suspendidos en el aire.

 

– Ven

 

Esa madrugada, por algún motivo meteorológico, una neblina espesa cubre la Costa Verde de Lima desde el ras del mar hasta cientos de metros hacia arriba. Como si el alma o el fantasma del mar hubiera salido, saltando el malecón de Miraflores, abriéndose camino entre los edificios y las avenidas para espiar la ciudad; adentrándose veloz sobre los carros y los árboles, sobre Noah y Goldaline, como humo vivo, dejando tras de sí un leve olor a mar salado, haciendo imposible ver con claridad a más de tres metros de distancia. Esa madrugada se distinguen tan solo las luces dispersas y borrosas de los postes a lo lejos, y las luces traseras de los autos, pequeñas y rojas como ojos amenazadores.

 

– ¿La Ciudad de los Reyes? Ni mucho calor ni mucho frío… Nadie dice que cuando hay calor sientes que te oprimen, te asfixian, por la humedad. Y si te abanicas es peor, porque generas más calor, solo te queda estar inmóvil…

 

– Como los cocodrilos

 

– Exacto

 

 Ambos paran en seco, abren la boca y se quedan quietos. Giran la mirada y se ven de reojo, el uno al otro, con la mandíbula abierta entre la neblina. Rompen en risas.

 Empiezan a caminar por la calle Berlín cada uno con una botella de cerveza en la mano. Son alrededor de las cinco de la madrugada, y casi no pueden ver nada debido a la neblina. Solo pueden distinguir sus cervezas, unos metros más allá de sus zapatos y el uno al otro.

 De lejos, entre los bares ya cerrados de las primeras cuadras, se pueden distinguir dos siluetas borrosas. Una chica con tacos y una casaca de cuero negra con capucha con peluche en el borde. Un chico alto con un polo gris, y barba y bigote. Un par de leñadores perdidos en el bosque. Un par de amigos. Dos chicos cualquiera. “Mira allá, ¿ves ese graffiti con mi nombre?” “Sí” “Yo lo hice.” “¿En serio?” “Sí, un día te cuento”. Cruzaron Recavarren, donde la calle dobla un poco hacia la derecha y viene la cuadra más fea de Berlín. No hay bares, ni gente, ni bulla. Solo chifas cerrados, casas abandonadas y vagabundos buscando n la basura. Un paréntesis de lo que es Miraflores, un recordatorio de lo que es Perú. Noah abre los ojos, atento. La neblina era densa, gris e inevitable, como la ciudad entera.

 

– Algo me dice que voy a morir joven

 

– ¿Por qué dices eso, Goldaline?

 

– No sé, no me imagino con hijos, casada. No me puedo ver de acá a cinco años, a diez años… Tengo miedo…

 

– Me gustaría ser como el fantasma de las navidades para llevarte como a Scrooge a que veas tu futuro.

 

– Dime cómo será mi futuro. Dímelo

 

–  Lindo y bonito, con tu chico y tus hijitos, y gatos por todos lados.

 

– ¿En serio? – se iluminó Goldaline

 

– Sí, porque no necesitas agobiarte ahora por lo que te va a tocar. Eres buena y bonita y ya llegará. Siempre pasa

 

– Gracias… – responde Goldaline con una sonrisa en los labios.

 

A cada diez pasos dan un sorbo a las botellas de cerveza que cada uno lleva. Llegan a Grau y Goldaline le dice a Noah que voltee a ver a la izquierda mientras cruzan la pista.

 

– Noah, ven mira, no se nota mucho ahora, pero desde esta calle se puede ver la cruz de luces que está en el Morro Solar. Ahora solo se ve un luz borrosa…

 

–  Sí la puedo ver… ¡No sabía eso! Qué bonito

 

– Eres una nena – dice Goldaline a Noah.

 

– Y tú eres un cabro – dice Noah a Goldaline.

 

Toman un sorbo de cerveza, con movimientos sincronizados, asintiendo, aceptando su naturaleza. Efectivamente él era una nena, y ella era un cabro. No había secretos entre ambos. Desde la infancia eran mejores amigos, desde aquel día en que uno le había pedido prestado al otro escarcha dorada para completar un dibujo en clase.

 

– Salí con unas amigas el otro día… Y este chico me paraba cogiendo las manos y mirándome como un niñito ilusionado.

 

– Pero tú no quieres nada con él, ¿verdad?

 

– Es raro. Siento que debería tener novio, ir a ciertos bares o fiestas, tener cierto trabajo, pero no quiero, no realmente…Y este chico, no sé, no tengo la culpa de que no me guste. No puedo forzar nada. Si no me gusta, no me gusta y ya. Solo quiero que me dejen en paz.

 

– Mmm…

 

– Es decir, estoy tranquila y bien y feliz, quizás estoy muy bien sola y eso sea un problema… Quizás haya algo mal en mí… ¿Tú crees?

 

– No importa lo que yo crea, ¿tú qué crees?

 

Goldaline levanta la mirada al cielo, indescifrable en medio de toda esa neblina. Comienza a cantar usando su botella de cerveza como micrófono.

 

– Es como esa canción:  It was meee, waiting for meee, hoping for something more…

 

Meee, seeing me this time, hoping for something else…

 

– ¡La conoces! Bueno, es así

 

– Y, ¿qué es lo que estás esperando?

 

– Mmm…  algo más, más que encontrar a otra persona para aferrarte a ella hasta la muerte y engendrar más seres humanos, más que subir en tu trabajo y acumular dinero… No sé lo que es, pero es algo más…, ¿sabes?

 

– Sí, lo sé

 

Las luces de un carro inesperado los hace notar que están en medio de la pista. Corren hasta la vereda y continúan caminando.

 

– La última chica con la que estuve, Graciela, era vegana y tenía un iPhone. Un día que quería hacerme comer su comida de conejo le pregunté cómo puedes ser vegana, porque estás en contra del maltrato animal, y usar un iPhone si es sabido que sus fabricantes chinos son explotados y hasta se arrojan de esos edificios para suicidarse.

 

– Sí, leí sobre eso, los pendejos hicieron que los empleados firmaran un contrato que les impedía suicidarse en el trabajo y encima pusieron redes en las ventanas del edificio.

 

– Exacto

 

– ¿Y qué te dijo ella?

 

– Se quedó callada un rato, mirando su alfalfa como un pequeño roedor. Ni me miraba, se colgó como la bola de playa de colores de su Mac. The beach ball of death. Engulló su comida orgánica y al final me dijo: esto no está funcionando. Y rompió comigo.

 

– No pudo con la disonancia cognoscitiva.

 

– Así es… ¿Sabes qué fue lo peor?

 

– ¿Qué?

 

– Yo tuve que pagar toda su comida de conejo.

 

– Jajaja

 

Cruzan la calle Roma. La niebla se hace cada vez más densa a medida que se acercan al mar, haciendo más difícil distinguir los autos que cruzan las pistas. Los faros y las luces traseras aparecen borrosas, intermitentes, como pequeños ojos de serpientes o quizás lobos persiguiendo algo, quién sabe qué.

 

And if a double decker bus, crrrrashes into us, to die by your side it’s such a heavenly way to die…

 

– ¿Oye tú crees que haya un terremoto gigante como todos dicen?

 

– Sí, ya todos lo saben, es cuestión de tiempo.

 

– ¿Qué pena, no? Justo cuando el país está mejor… Es como si Dios nos trolleara.

 – No me queda la menor duda. Mira, si te detienes en una palabra y la repites unas veces, ¿no es cierto que te va a sonar rara, sin sentido? Como por ejemplo, poste… poste, pos-te, po-s-te… A veces creo que deberíamos hacer lo mismo con cosas que damos por sentado, como los terremotos.

 

– Ujum…

 

– Si te pones a pensar en los terremotos, te das cuenta de lo absurdos que son. Estás ahí caminando, durmiendo, trabajando, viviendo tu vida tranquilo sin hacer daño a nadie, y de pronto, de la nada, todo se mueve. La tierra debajo de tus pies literalmente tiembla. Se pueden derrumbar edificios, te pueden caer cosas encima y matarte y, puf, dejas de existir. Es absurdo. ¿La tierra moviéndose epiléptica y todo temblando y destruyéndose alrededor… en cualquier momento? Es una broma cruel

 – ¿No sería genial que nuestra comida nos pudiera salvar? Imagínate los lomos saltados, los ajíes de gallina, los ceviches, todos los platos de nuestra galardonada gastronomía peruana reunidos en un pelotón patriota, inmolándose por nosotros, arrojándose desde el malecón hacia el mar, hasta llegar al subsuelo rellenando las grietas de la placa de Nazca, haciendo de amortiguadores para salvarnos del gran terremoto…

 

– Como José Ugarte pero en comida.

 

– Exacto, solo que esta vez sí serviría de algo.

 

Risas invisibles rebotan entre los dos. Risas fuertes, vivas, calientes. Noah voltea a ver a Goldaline. Le parece notar un pequeño arcoiris cerca de sus labios.

 

– ¿Qué me miras? ¿Acaso quieres una foto mía calata?

 

Sí, piensa Noah, pero no dice nada. También piensa que el arcoiris que nota cerca de Goldaline quizás era el efecto óptico de su risa viajando a través de las diminutas gotas de agua que componían la neblina.

 

– Soy el Dark Side of The Moon

 

– Eres un marshmellow, Noah

 

– Nunca vamos a ser enamorados, ¿no?

 Continuaron avanzando hasta llegar a la vereda del malecón Cisneros. No veían casi nada y el frío era cada vez mayor a pesar de ser verano. Goldaline se acomodó la casaca, hundiéndose un poco en su capucha de peluche.

 

– Vamos. El amanecer está por llegar.

 

Noah coge de la mano a Goldaline. Ella no dice nada. No lo mira. Solo atina a levantar su mano entrelazada con la de él y la examina, incrédula, como para cerciorarse de que era efectivamente su mano junto a la de Noah.

 

– Es para que no te caigas

 

Con cuidado y lentamente, bajan las escaleras del parque Yitzhak Rabin hasta llegar a una medialuna de cemento. La neblina sigue avanzando, entre ellos, sobre ellos, rodeándolos en un abrazo vaporoso.

 

– Quiero sentir el pasto – suspira Goldaline

 

Noah corre unos metros hacia el césped, se agacha, arranca un puñado de pasto y se lo tira a la cara a Goldaline.

 

– Carajo – ríe ella persiguiéndolo.

 

El malecón parece revelarse ante ellos metro por metro, como si estuviesen creándolo con cada uno de sus pasos al caminar de la mano. Pasan por el faro, cuya luz es débil, un aliento ámbar entre las nubes, y notan que el día está por empezar. Los rayos del sol antes de salir comienzan a iluminar poco a poco todo el ambiente. En el cielo colores cálidos y naranjas se diluyen en la neblina, como acuarelas en un vaso de agua.

 

– Si pudieras elegir tu nombre, ¿cuál sería?

 

– Noah

 

– Ah… ya sé por qué, pero no eres un genio como él…

 

– ¿Y tú? ¿Cómo te gustaría llamarte?

 

– Mmm… Goldaline, como la canción.

 

– Pues así nos llamaremos, Goldaline, my dear, we will fold and freeze together…

 

 Pasan por los árboles, por las bancas, bajo las luces espaciadas y difuminadas de los postes, hasta llegar a un área grande con puro césped. Saltan sobre un pequeño muro que cerca el pasto y corren como niños a pesar de no poder ver bien más allá de unos metros de distancia.

 Se quedan de pie, jadeando uno al lado del otro, cogidos de la mano en medio de la bruma. De lejos, al borde del acantilado, se puede ver a dos personas paradas frente a un mar que es imposible distinguir. Dos osos polares viendo el Ártico derretirse a sus pies. Un par de amigos. Dos chicos cualquiera. Como dos faros, uno frente al otro, en medio de la neblina. Guiándose mutuamente.

 

– Dispárame. Como cuando éramos niños.

 

Cuando Noah y Goldaline eran niños jugaban a matarse.

 

 A veces jugaban a las escondidas, armaban rompecabezas, dibujaban con crayolas, construían castillos con bloques de colores, o simplemente veían televisión; cuando de la nada uno sacaba su mano en forma de pistola, gritaba “¡Bang, bang!” y la otra persona tenía que morir. Irremediablemente. Desplomándose sobre el suelo, formando con su cuerpo caído las posiciones más curiosas que un muerto podía tomar. El asesino luego iba en busca de algún material para delinear la silueta del cadáver sobre el suelo. La escena del crimen.

 La primera vez que sus padres vieron a Goldaline yaciendo en el piso de su cuarto, con harina rodeando su cuerpo, los castigaron a ambos, les prohibieron jugar videojuegos violentos y ver tele después de las cinco de la tarde. Pero era inútil. Los pequeños Noah y Goldaline seguían disparándose y seguían muriendo haciendo las más originales muecas y desmayos hasta caer sobre donde los cogiera la muerte. Como en la vida real, pensaban.

 Una mañana era Goldaline delineando con arverjitas verdes que encontró en la cocina la silueta de un Noah de siete años haciéndose el muerto sobre la cama de sus papás. Otra tarde era Noah dibujando en tiza rosada la silueta de Goldaline con las rodillas dobladas y la lengua saliendo de la boca sobre el patio. Pero nada superó aquella vez cuando tenían ocho años; Noah disparó a Goldaline en medio del corazón. Ella se cogió el pecho, caminó hasta el piso de madera de la sala, cayó de rodillas mirando al cielo, y se desplomó dando una vuelta más, terminando boca arriba, con los bracitos desordenados, una pierna extendida y una rodilla doblada. Fue tan convincente que Noah dudó por un momento si quizás la habría matado de verdad, pero no se atrevió siquiera a tocarla. Corrió hacia su cuarto y sacó de su mochila del colegio y la de Goldaline todas las bolsitas de escarcha dorada que les habían comprado para hacer tarjetas del día del padre. Volvió corriendo hacia el cuerpo de ella, abrió bolsita por bolsita, y fue delineando su cuerpo poco a poco, con mucho cuidado. Al terminar, ambos se pusieron de pie y vieron la silueta dorada y brillante sobre el parqué de la sala. Maravillados.

 – ¿Sabes, Noah? A veces cuando no sé qué hacer, o cuando no sé qué sentir o estoy triste, me acuerdo cuando me matabas y yo moría y me quedaba ahí tirada en el suelo tratando de ser un buen cadáver. Hasta ahora, a veces de la nada me tiro en mi cama, o en el suelo de mi depa, o incluso en el la oficina cuando no hay nadie, no me importa, me quedo ahí un rato, inmóvil, con los ojos cerrados. Es como si me desdoblara y pudiera ver mi cuerpo desde arriba y a ti delineando mi silueta sobre el piso… Y me siento mejor, me siento más calmada, no sé por qué…

Noah sonríe, cogiéndola más fuerte de la mano, tomando un sorbo de cerveza, tratando de divisar algo que se pareciera al mar donde se suponía que debería estar el mar. Algo más allá de toda la bruma que los cubre. Ahora ámbar, ahora celeste, ahora tan celeste.

 

– ¿Te has dado cuenta de que somos prácticamente peces?

 

– Sí… debemos estar al 100% de humedad, estamos respirando agua.

 

– Exacto

 

Ambos succionaron sus cachetes para doblar su boca y hacer cara de pez.

 

– Oye, Noah, gracias por no ser normal.

 

– Lo hago solo por ti…

 

– Mentiroso

 

– ¡Bang, bang!

 

Goldaline se desploma y cae sobre el pasto, boca arriba.

 

Noah contempla su cuerpo tendido sobre el césped frío. Su casaca de cuero negro, su pañuelo dorado, sus piernas dobladas coronadas por un par de tacones azulino. Su cabello desordenado sobre su rostro y debajo, cerrados, unos ojos acaramelados, color miel.

 Levanta su botella y comienza a echar cerveza alrededor de la silueta de Goldaline. Con cuidado y lentamente, delinea su cuerpo sobre el pasto. Sus piernas, sus brazos, su cabeza.

 

– ¿Noah?

 

– No te puedes mover, ¿recuerdas? Estás muerta.

 

– Bang, bang – suspiró ella disparando con su mano, precisa.

 

Noah se agarró el pecho, gritó de dolor espantando a los pájaros matutinos. Dio unos cuantos pasos vacilantes y cayó rendido sobre el césped, al costado del rostro de Goldaline, arropado casi en su totalidad por mechones de cabello húmedo. Frente a él, otra vez sus labios. Unos de esos labios caídos, con forma de tristeza.

 

– Somos fantasmas

 

– Es mejor que ser zombies… como todos

 

– Exacto

 

Noah y Goldaline permanecieron muertos sobre el césped de Miraflores hasta que el sol salió.

 

La neblina seguía flotando entre los carros, los árboles y los edificios, como si fuera el alma del mar espiando la ciudad, como si tratara de entenderla.

 

 

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