Rodrigo Núñez Carvallo

UNO

Hubo una vez una muchacha uruguaya que se escapó del convento en la motocicleta de un poeta peruano. Pero una “dentellada brutal de la vida” bruscamente lo cambió todo. Juan Parra del Riego contrajo tuberculosis y muy enfermo decidió seguir adelante y casarse con Blanca Luz Brum. La ceremonia fue privada, los anillos prestados y Juana de Ibarbourou llenó el cuarto de retamas.  Seis días antes de morirse un día de diciembre de 1925, el poeta vio a través de un cristal a su hijo recién nacido. “De la niña celeste salió como una crisálida, otro ser de humanidad de fuego”.

Aquella mariposa era Blanca Luz Brum quien precozmente viuda alzó alas y con el pequeño Eduardo en brazos marchó a Lima, creyendo que la familia de su marido le daría protección y amparo.  Los Parra del Riego contaban con medios económicos, pero no vieron con buenos ojos la vida libre de la uruguaya. Blanca Luz comenzó a hacer presentaciones públicas, declamando los poemas de su malogrado esposo y de paso también los suyos propios. En tales andanzas Blanca Luz conoció a Magda Portal, una precursora del feminismo y de la revolución continental.

Una noche Magda le ofreció llevarla a la tertulia de José Carlos Mariátegui. Estarán todos los colaboradores de la revista Amauta, le anunció. En el camino se les unió el novio de la Portal, Serafín del Mar. Después de caminar unas cuadras tocaron con sigilo una puerta de Washington izquierda. Cuando entraron a la casa una veintena de personas conversaban en el hall principal pero el anfitrión todavía no salía de su biblioteca. Al rato Mariátegui hizo su aparición. Anita Chiappe le llevaba la silla de ruedas y a los lados lo acompañaban José María Eguren, y tres jóvenes que no pasaban de los veinte años: Armando Bazán, Martín Adán (por entonces Rafael de la Fuente) y Estuardo Núñez.

Núñez se sorprendió de ver a Magda Portal, pero prontamente volteó los ojos hacia una bella mujer de ojos profundos y pómulos marcados. José María Eguren con la melena desordenada y su candor infantil preguntó si aquella señorita tan hermosa era también revolucionaria. Mariátegui inmediatamente exclamó ¿Quién? y enfiló su silla de ruedas hacia ella. Soy Blanca Luz Brum de Parra del Riego para servirlo, dijo con aplomo la uruguaya inclinándose ante el dueño de casa. En ese momento un jovencísimo César Alfredo Miro Quesada (más tarde conocido como César Miró), observó fijamente a la mujer y le besó la mano. Perdone José Carlos, ¿Acaso no me la vas a presentar? La señora es la viuda del poeta Parra del Riego y acaba de llegar de Montevideo, replicó el Amauta. Al instante Mariátegui se apartó del grupo tras el llamado de unos sindicalistas. Un gesto de desagrado se esbozó en los labios de Blanca Luz. No era el centro de atención. Solo Cesar Miró la colmaba de halagos. Pero el futuro actor de Hollywood tenía tres años menos que ella.

En aquel momento un persistente ruido de soldados marchando entró por las ventanas. Todos corrieron a aguaitar tras los visillos mientras Blanca Luz y César continuaron su amena charla. Magda Portal trató de liberar a su amiga del imberbe que la asediaba, pero fracasó estrepitosamente. Entonces optó por acercarse a Mariátegui y contarle que la poetisa uruguaya era una estupenda recitadora y que debería declamar para los presentes. La Brum no perdió la oportunidad y salió a leer algunos versos de su difunto marido, aunque al final declamó también algunos de su autoría. Su estilo logró impresionar al dueño de casa quien le pidió en el acto una colaboración para Amauta. Ella había conseguido lo que quería. El propio Mariátegui al final del recital le entregó una magnolia que reposaba en un arreglo floral. La velada se animó. Es hermosa, realmente hermosa le susurró Estuardo Núñez a Martín Adán. Tiene vida y no es estudiada, dijo Martin Adán, pero sus poemas no son buenos. Mariategui se equivoca, mejor hembra que poeta, sentenció socarronamente.

DOS

Blanca Luz se enredó prontamente con la oveja negra de la familia Miró Quesada, y tuvo que abandonar la casa de sus suegros. Con aquel jovenzuelo  con ínfulas de poeta y revolucionario coincide en algo: el afán de notoriedad. Un día caminando por el centro de Lima los enamorados se encuentran con el poeta José Santos Chocano y le gritan ¡Asesino! El autor del crimen de Edwin Elmore se escabulle entre el gentío. Acaba de ser indultado por el régimen de Leguía. Blanca Luz y César Miró ríen cuando comentan la ocurrencia con Mariátegui.

Una madrugada del invierno de 1927 la policía del dictador allanó la casa de Washington izquierda  y cargó con todos los contertulios, incluido el dueño de casa que terminó detenido en el hospital militar de San Bartolomé. Otros cuarenta activistas entre los que se encontraban Jorge Basadre, Serafín del Mar y César Miró, fueron confinados en la isla penal de El Frontón. Semanas después Blanca Luz Brum fue deportada a Valparaíso debido a las presiones que ejerció la familia Miró Quesada. Querían alejarla a cualquier precio del díscolo heredero. Pero fue en vano.

Blanca Luz y César se casaron por poder y un par de meses después se reencontraron en Santiago y se dirigieron a la capital argentina. Pero el idilio no caminaba. “Repetir el amor es muy triste”, escribió Blanca Luz por entonces. César era muy guapo pero ella buscaba alguien de mayor peso para despegar política y literariamente. Sus ambiciones crecían. Ya no era la viuda de Parra del Riego, sino la desterrada embajadora de Mariátegui. Así que una triste tarde en Buenos Aires le dijo adiós a un destrozado Miró y se marchó. Sola y de nuevo en Montevideo se ligó al partido comunista y a su vocero, “Justicia”, donde tuvo a su cargo una columna llamada “El arte por la revolución”. En una suerte de manifiesto estético proclamó:  “queremos un arte y una literatura proletarios”, cuya misión sea romper “a patadas la torre de marfil”.

Casi al mismo tiempo organizó una manifestación de repudio a la visita del presidente Herbert Hoover a Montevideo. Nicaragua por entonces se hallaba invadida por tropas norteamericanas, y concitaba la solidaridad continental. Más tarde para avivar la leyenda Blanca Luz echaría a correr el rumor de que había abofeteado al mandatario gringo durante una recepción, al grito de ¡Viva Sandino! No era cierto…

TRES

Corrían los días de marzo de 1929. En Montevideo se realizaba el  congreso de la Internacional Sindical Roja cuando Blanca Luz conoció al muralista mexicano David Alfaro Siqueiros. El encuentro habría sido en la casa de la escritora Giselda Zani, y el flechazo fue inmediato. Deja todo, vente conmigo, le propuso él. Ella accedió inmediatamente quizás intuyendo que el mexicano, que ya era un pintor consagrado, le abriría muchas puertas. Poco después, el 18 de julio de 1929 dejaron Montevideo y tomaron un barco a Norteamérica con el pequeño Eduardo. Luego de una breve temporada en Nueva York entraron a México por la península de Yucatán, y en las cercanías de la ciudad de Mérida, se entrevistaron con Augusto César Sandino, en cuyo nombre la Brum le estampó la presunta cachetada a Hoover. Aunque inverosímil, la anécdota sirvió para acercar a ambos personajes.

Ya en el distrito federal, Siqueiros y su mujer se integraron al ambiente artístico e incluso compartieron un departamento con Diego Rivera y Frida Kahlo en el Paseo de la Reforma. Pero Frida y Blanca Luz no se llevaban bien. Quizás tenían algunos rasgos comunes. Ambas se sentían iluminadas por el destino, las dos querían romper el papel tradicional de la mujer, una y otra intentaban acercarse al arte como forma de justificar su vida. Eran además de la misma edad. Pero el talento de la Kahlo y la sublimación del sufrimiento estaban lejos de la megalomanía y la suficiencia exacerbada de la Brum.

Tras el atentado contra el presidente Pascual Ortiz Rubio en febrero de 1930, las fuerzas del orden detuvieron a cientos de izquierdistas, entre los que se encontraban la Brum y Siqueiros. Ambos permanecieron detenidos hasta mediados de marzo. A poco de obtener su libertad, Siqueiros participó en las movilizaciones del primero de mayo y cayó preso de nuevo. Blanca Luz, además de visitarlo en la cárcel de Lecumberri, le escribía pequeñas cartas que llevaba en el doblez del puño, las que fueron posteriormente recopiladas en un libro que se llamó “Penitenciaría –Niño perdido”. El título aludía a la ruta del autobús que debía Blanca Luz tomar todos los días para dirigirse a la cárcel. El género autobiográfico se convirtió desde entonces en un sello de Blanca Luz. Siente que la historia le ha dado una misión, y no duda en recurrir a Mariátegui para darle solidez a su postura: “Las únicas obras que sobrevivirán a esta crisis serán las que constituyan una confesión y un testimonio”.

Terminada la reclusión en Lecumberri, fueron obligados a vivir en Taxco por mandato judicial y allí Blanca Luz tuvo un hijo que falleció a los pocos días. “Esta jaula sin rejas” como la denominó Siqueiros le permitió dedicarse por entero a la pintura. Trabaja todo el día y se aleja momentáneamente de la política. En aquella temporada Siqueiros se hizo muy amigo de Serguei Eisenstein mientras éste filma a trompicones “Que Viva México”, una película concebida como un fresco de la revolución que jamás fue terminada por el autor. La influencia de la cinemática en la pintura de Siqueiros comienza a hacerse evidente.

En 1932 viajan  a la ciudad de Los Ángeles. Siqueiros dicta un curso sobre pintura al fresco y realiza tres murales, mientras ella tiene una agitada vida social. Blanca Luz se jacta de haber conocido en aquella estadía a Charles Chaplin y a Marlene Dietrich y cultiva una curiosa fascinación por la vida de los ricos y famosos, como si toda su vida hubiera sido una persecución en pos de ellos. Pero no todo es color de rosa. Por entonces las riñas con su marido se vuelven terribles. Los celos atormentan al pintor y le propina grandes golpizas. Tal vez para aquietar las olas deciden formalizar su relación y se casan. Pero el amor entre los dos está herido de muerte.

CUATRO

En 1933 Siqueiros y Blanca Luz vuelven a Montevideo, pero él decide seguir hasta Buenos Aires para realizar una muestra  en una importante galería y dictar algunas charlas. Acuden a recibirlo Victoria Ocampo, directora de la revista Sur, y el poeta Oliverio Girondo. Siqueiros se sumerge en una febril actividad: pinta, escribe diatribas contra la pintura burguesa, escandaliza al establishment argentino y se involucra con el movimiento sindical. Finalmente su exposición desata una gran polémica, se suspenden las conferencias, y el dinero comienza a escasear. Encima Blanca Luz está lejos, y él la asedia con innumerables cartas y telegramas.

En aquel Buenos Aires extraño Siqueiros se asoma al pánico. Pero tiene recursos y una imaginación despiadada. Un día de locura entra al local del periódico Crítica y pide hablar con el propietario. Natalio Botana, el cultísimo millonario dueño del diario lo atiende. Sabe obviamente quién es Siqueiros y como mecenas de muchos artistas y escritores, le propone hacer un mural en su casa. El mexicano acepta en el acto y se instala en la quinta de diecisiete hectáreas que Botana tiene en la localidad de Don Torcuato. La situación cambia inesperadamente. Blanca Luz cede y se reúne con su marido.

La vida en la finca de Don Torcuato es agitada. Se reúne allí la flor y nata de la intelectualidad y las artes. Hay grandes comilonas y fiestas, y entre las alfombras de leopardo y la biblioteca de incunables desfilan desde Federico García Lorca hasta Pablo Neruda, Volodia Teitelboim y Vicente Huidobro. Blanca Luz juega varias cartas amorosas al mismo tiempo. Seduce a Pablo Neruda “una noche erótica cósmica” en la torre que está al lado de una enorme piscina, mientras Lorca oficia de centinela. Pero para su mala suerte, el celestino da un traspié en las escaleras y se rompe la pierna.

En tres meses, el indoblegable Siqueiros termina el mural. Una amiga de los Botana recuerda el ambiente del sótano abovedado pintado con sopletes y pinturas sintéticas. “Era como entrar adentro de un huevo, todo redondo, menos el piso, las paredes cóncavas, el techo, todo decorado. Entrar ahí era como estar adentro del mar; plantas, peces, elementos marinos”. Gran parte del mural que su autor denominó “Ejercicio plástico” está ocupado por desnudos de  mujer. Siqueiros proyecta fotos de su esposa en las paredes y la imagen se distorsiona. Blanca Luz se siente y es el centro de la creación. Su narcisismo no sabe de límites. Ha abandonado la  boina y el negro de sus trajes. El pelo castaño oscuro lo tiñe de rubio. Gasta ingentes sumas en vestidos y perfumes. Ella que ha vivido una vida austera y modesta se deslumbra ante el boato y el dispendio, y prontamente termina en los brazos de Botana. Pero él es casado.

Siqueiros está enamorado hasta la médula y anda de tumbo en tumbo y para colmo de males el gobierno lo expulsa de la Argentina. Pero antes de zarpar según confesión de la Brum hay una despedida y ésta causa disgustos: “Botana no ha podido entender que a última hora yo haya despedido a David que se embarcó ayer para Nueva York. Además cené y me acosté con él”.

Blanca Luz lleva el asunto muy lejos. Se muestra en público con el millonario, se alucina la dueña de casa, y usa la limusina Rolls Royce del amante. La mujer de Botana, doña Salvadora Medina Onrubia, anarquista y dramaturga para más señas, se entera y se arma un escándalo de proporciones. La manda expulsar de la quinta y Botana regresa con ella como un perro asustado. Años más tarde Blanca Luz recordará esta pasión sin hacerse reproches: “Es atroz, es canalla que sórdidos enemigos me ataquen por ese instante de mi vida del que no me arrepiento”. Brum se queda desamparada en Buenos Aires y nadie quiere saludarla. Entonces huye hacia adelante, como siempre.

CINCO

Primero viaja a Montevideo en busca de su hijo Eduardo, que ya tiene ocho años y al que engríe en demasía porque lo ve poco. Y aprovecha de la estadía para editar un nuevo libro, “Atmósfera arriba” y retomar sus vínculos con el mundillo intelectual del Uruguay. Blanca Luz tiene una gran disposición para las relaciones públicas y el autobombo. Es desenvuelta y sabe promocionar su imagen. Pero el ambiente le parece un poco provincial. Quiere otear otros horizontes. Blanca luz acepta entonces la invitación de Vicente Huidobro y parte a Chile. Se aloja en la casa de playa del poeta en el balneario de Cartagena y el anfitrión cae rendido bajo sus encantos. Pero Ximena Amunátegui, la mujer de Huidobro que está embarazada, la pone de patitas en la calle. Otra vez la soledad en tierra ajena y el vacío. El sentimiento de frustración la asalta. Ha vuelto a ser nadie. Blanca Luz no sabe estar sola y la tentación del suicidio la atormenta. Pero como siempre, corre hacia el futuro en busca de otro hombre que le proporcione el soporte emocional del cual carece. La temprana desaparición de su madre ha dejado heridas en el alma de la escritora.

Al poco tiempo conoce a Jorge Beéche en una reunión política y no duda en aceptar la propuesta matrimonial de este acaudalado minero, que gusta de volar aviones, y tiene algunas veleidades izquierdistas. Además está vinculado familiarmente a los Edwards, los dueños de El Mercurio. Blanca Luz ya tiene 30 años y quiere estabilidad. Siente que su lucha ha sido en vano, está decepcionada del comunismo soviético, como tantos. y comienza a regresar a sus orígenes. Quiere paz, cierta estabilidad y Beéche se la ofrece. Así, que se viste de blanco y llega hasta el altar donde la espera un cura. Las creencias religiosas del convento no han muerto, solo estaban sumergidas.

Un poco antes su flamante marido ha sido elegido diputado por el partido radical, y ambos apoyan al frente popular, una coalición progresista que llevara a la Moneda a Pedro Aguirre Cerda. Otra vez Blanca Luz esta cerca del poder y además acaba de tener una hija, María Eugenia. “Soy feliz”, afirma, con fácil sentimentalismo. “Soy uno de los seres más felices” y “esto no lo pueden entender los pobres diablos”. Quisiera andar descalza para no agitar el aire de mi dicha”.

Durante estos años publicó dos libros. El primero es en prosa,  “Blanca Luz contra la corriente” (1936). En él justifica su desencanto frente a Stalin y la revolución, y siente la necesidad de exponer sus puntos de vista. El mismo hecho de incluir su nombre en el título del libro da una idea del papel que cree cumplir. Tiene un concepto demasiado elevado de sí misma,

El segundo volumen, “Cantos de la América del Sur” (1939), es un poemario de homenaje a la republica española, pero su pluma se ha anclado en los moldes del modernismo y su sensibilidad parece un poco trasnochada. Lejos de los ideales de juventud su pretensión realista social suena postiza e impostada. Los tiempos han cambiado. La epopeya se convierte en tragedia. La década del 30 ha sido una involución para la progresía. La vieja guardia bolchevique termina aniquilada por el propio Stalin. Las brigadas internacionales que iban a luchar por la república española, se disuelven. Stalin y Hitler han pactado. El fascismo parece imponerse en la vieja Europa.

En 1941 Aguirre Cerda muere de tuberculosis y se convocan nuevas elecciones, resultando elegido José Antonio Ríos del partido Radical que es muy amigo de Beéche. Blanca Luz que se ha desempeñado como jefe de prensa, propaganda y radio durante la campaña, no se integra al nuevo gobierno. Algo ha sucedido. Beéche se la lleva al desierto a seis horas al norte de Antofagasta. Allí están las minas del marido y la soledad del norte de Chile que la enloquece con su silencio. Ya no es feliz: ” Te hablaré de mi marido, un hombre como todos, pero con educación…” le confiesa a una amiga. Las desavenencias han comenzado y termina escapándose a Montevideo y luego a Buenos Aires.

SEIS

Con esa formidable capacidad para estar en la cresta de la ola, se vincula a Juan Domingo Perón, hombre fuerte del movimiento militar que toma las riendas de la Argentina en 1943. De la noche a la mañana integra el equipo de prensa y propaganda de la secretaria de trabajo y previsión social, suerte de poderoso ministerio que el coronel dirige. Obviamente es amiga de Perón, y hasta duerme con él, pero no es la única. El futuro caudillo del justicialismo es viudo, las mujeres lo asedian y tiene muchas amantes, entre ellas Eva Duarte.

Inesperadamente, Perón es obligado a renunciar y recluido en la isla de Martín Garcia en medio del río de la Plata. En tanto Blanca Luz cumple un destacado papel en la movilización obrera de aquel 17 de octubre de 1945 que logra la libertad del líder y la convocatoria inmediata de elecciones. Queremos a Perón grita medio millón de personas en la plaza de Mayo.

Días después Perón de casi cincuenta se casa con Evita que tiene 25 años, casi quince menos que la Brum. Cuentan que, el día de la asunción de mando de Perón desde el balcón del diario Democracia y viendo pasar el coche presidencial  Blanca Luz dijo con cierta amargura “allí debí estar yo”. El comentario debió llegar a oídos de Eva Duarte, de la boca de algún informante porque la señora de Perón le dio cuarenta y ocho horas de plazo para abandonar el país. Otra vez la uruguaya desaparece del mapa.

El 23 de octubre de 1947 Blanca Luz ha contraído matrimonio con Carlos Brunson, gerente la compañía Panagra en Chile. En abril de 1949 nace su hijo Nils Alarik. Aparentemente Blanca Luz ha sentado cabeza. Pero un golpe mortal del destino destroza su vida en 1952. Su hijo mayor, Eduardo Parra Brum, de 26 años muere durante una visita a Lima en un trágico accidente automovilístico. El muchacho es atolondrado y temerario. Coge un carro Hudson de exhibición de la tienda de su tío Ricardo y termina estrellado contra un camión en la antigua vía de Atocongo. La vida de Blanca Luz ya no será la misma. Desde aquel instante comienza a pensar en el exilio. Necesita huir de sí misma, de su tragedia, de las relaciones conyugales. En 1953 publicó “El último Robinson”, dedicado a la memoria de su hijo, sobre la vida del barón de Rodt, colonizador de la isla Juan Fernández. Desde entonces habita en ella la pasión por este archipiélago ubicado a casi 700 kilómetros de las costas chilenas, que le sirviera a Defoe de fuente de inspiración para su Robinson Crusoe.

Blanca Luz siente en carne propia la caída de Perón en 1955. La lealtad que manifiesta por el líder de los descamisados se mantiene incólume a lo largo de los años. Por ello no duda en ayudar a Guillermo Patricio Kelly. El peronista de pasado nazi había escapado de la prisión argentina de Río Gallegos  junto a Héctor Cámpora  y cruza la frontera. Ya en Chile son apresados en espera de un largo juicio de extradición promovido por la dictadura argentina. La Brum visita durante varias semanas a Kelly y finalmente lo disfraza de mujer y lo saca a la calle. El peronista se hace humo en las narices de la policía chilena y aparece en Caracas dos meses después. García Márquez narra la historia en una vibrante crónica titulada “Kelly sale de la penumbra”. Este relato periodístico asegura que la Brum terminó encarcelada luego de la fuga, y que Kelly cumplió su deber de caballero. “Fue a darle las gracias a la poetisa Blanca Luz en el correccional de mujeres, disfrazado de sacerdote. Fue una visita de 56 minutos en presencia de dos guardias.”

¿Lealtad a Perón? ¿Tuvo algún affaire sentimental con Kelly? Nunca lo sabremos. Lo único cierto su participación en la fuga de Kelly no pudo menos que complicar su situación personal. Su matrimonio con Carlos Brunson se terminó de desmoronar al tiempo que decidió trasladarse a la isla llamada de Mas a Tierra y que ella bautizó como Robinson Crusoe. Allí levantó una rústica hostería, se puso a pintar unos cuadros muy malos y comenzó a fantasear con viejos tesoros de piratas.

SIETE

Las elecciones de 1970 que conducirían al triunfo de la Unidad Popular y de Salvador Allende produjeron pánico en Blanca Luz. La “amenaza roja” sacó a la uruguaya de su letargo insular y se la vio vistiendo de luto ante el Palacio de La Moneda, y agitando las calles con cacerolas y pancartas. La antigua revolucionaria se ha vuelto una “momia”. La vida ha dado muchas vueltas y la ha colocado en las antípodas.  Efectivamente ha pasado a la historia pero por razones totalmente distintas a las que pretendió originalmente. Ha abandonado la escritura.  No queda nada de la Blanca Luz resplandeciente que salió un día de Montevideo para iluminar América.

La tragedia asoma otra vez en su vida. Nils Brunson Brum, pierde en la vida en un accidente de tránsito a la misma edad y de la misma manera que su hermano mayor, Eduardo Parra Brum. Blanca Luz es solo oscuridad. Envuelta en gasas y tules recorre las playas de la Bahia de Cumberland como un fantasma. Es un cadáver viviente que ama a Pinochet y que cuando le preguntan en 1984 por los crímenes de la dictadura que apoya, solo atina a decir: “No hay escritores desaparecidos en Chile”. La mentira la cubre de negro. Un año después muere de cáncer al pulmón. Acaba de cumplir ochenta años. Unos meses antes premonitoriamente ha sentenciado: “Nuestras experiencias son nuestros fracasos”. Así sucede cuando el yo pierde su norte, debió añadir.

 

 

 

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