Teresa Dovalpage

Todo fue muy sencillo, nenas, pero habría podido ser complicado. Por complicado se entiende que ahora podría estar yo ahora en la cárcel y con un par de muertos encima. Y sin embargo estoy aquí. Sentada tranquilamente a la mesa de un Starbucks y tomándome un espresso doble con mis dos socias del alma. Un cuadro típico de la literatura femenina, específicamente de la llamada chica lit.

Entendámonos: la “literatura femenina,” así, entre comillas, tiene un montón de detractores. Y de defensores también, pero no se asusten. No me voy a poner a explicarles qué diablos es la ginocrítica de Elaine Showalter porque capaz de que ustedes se levanten y me dejen con la palabra en la boca, mi espresso en la mano y el cuento que les quiero hacer atravesado en la garganta. A fin de cuentas, no vinimos aquí a hablar de teorías literarias, sino a desayunar. Y a compartir un chisme, o una historia de amor venida a menos.

Para comenzar, les contaré que acabo de separarme de mi novio Yoanel, alias El Zángano. Sí, queridísimas. Lo mandé de vuelta a Miami con una patada por el trasero y todavía ha de estar volando. Pero para saber cómo fue la cosa, y qué tiene que ver el chisme con la literatura femenina, se necesita una introducción. Así que óiganme.

Calma, Yalexia. Ya sé que tú también tienes problemas, que viniste a descargar penas porque tu maridiño te largó. Bastante aguante tuvo, hija, porque los cuernos que le ponías al pobre Sean eran dignos de un alce siberiano… Ahora querrás que nosotras te ayudemos a salir adelante. Y no faltaba más, cuenta con nuestro apoyo. Porque para eso estamos las amigas: para apoyarnos (y agallinarnos, según suele decir Raquelita, aquí presente) las unas a las otras.

Por supuesto que tu situación es más desesperada que la mía, Yalexia. Al fin y al cabo yo estoy encantada por haberme librado de un peso muerto. Literalmente. Al Zángano no le pusimos (bueno, le puso Raquelita, siempre tan imaginativa con eso de los nombres) El Zángano por gusto. Se lo pusimos porque desde que llegó de Cuba no ha trabajado más que los siete meses que mediaron entre el día feliz de su llegada a La Florida y el día infeliz (para mí, claro) en que nos conocimos. A partir de aquel nueve de enero el muy fresco se dijo “aquí me cayó el maná” y no disparó un chícharo más.

Fue culpa mía. De nuevo cito a Raquelita: “a los hombres, si les enseñas mucho el culo, te dan un puntapié por el mero centro del mismo.” ¿No es así, azteca? Y yo no te hice caso. ¿Sabes por qué? Dice un viejo refrán que dos tetas halan más que una carreta, pero ésa es una filosofía sumamente sexista. Pues ¿quién se ha puesto a analizar el tiro de un par de cojones y de una verga bien parada? O no tan bien parada, pero ya llegaremos allá.

Raquelita, resultaste profeta. Al llegar a Albuquerque, cuando El Zángano vio una casa puesta y a una mujer con trabajo —ésa soy yo— decidió que iba a tomarse un tiempo a fin de descubrir su verdadera vocación. Para encontrarse a sí mismo, vaya. Parece que estaba muy perdido el pobre, porque en los meses que pasamos juntos no encontró ni a su sombra. Lo que sí encontró fue un gimnasio Gold, en el que solía pasarse de tres a cuatro horas todos los días, levantando pesas y echando músculo. “Todo esto es pa ti, mami,” me aseguraba, golpeándose los pectorales. “Pa que lo goces tú solita.”

Mientras tanto, una servidora no tenía mucho tiempo de gozar. Seguía trabajando a tiempo completo y estudiando como una bestia (¡bestia, sí!) para acabar el doctorado. Y hasta cocinando. Porque hay dos cosas que El Zángano no soporta: una es cocinar y la otra es que le toquen las nalguitas. A lo mejor trabajar es la tercera, que por sabida se calla. La zanganería es parte de su identidad.

Por cierto, ¿saben que la identidad femenina se construye con el apoyo de las amistades… en la literatura light? Los personajes son por lo general mujeres que se reúnen (igual que nosotras) una vez por semana para intercambiar chismes y tomar un café, como sucede en El club de las chicas temerarias, de Alisa Valdez Rodríguez y Lo que una chica quiere, de Liz Maverick. O que deciden pasar un tiempo juntas (El albergue de las mujeres tristes, de Marcela Serrano) para lamerse las heridas y descubrir otra ruta a seguir.

Marcela Serrano… yo adoro a esa chilena. O la adoraba. Ahora, no sé. Mi tesis de doctorado se titula Mujeres de Marcela y trata sobre la co-dependencia entre los personajes femeninos de El albergue…, en el ambiente cerrado de la isla de Chiloé. Y sobre la amistad, firme como las araucarias, de Blanca, Sofía y Victoria en Para que no me olvides. Analizo la forma en que estas mujeres encuentran, en el reflejo y con el auxilio de las amigas, su razón de vivir.

Es una injusticia, pensaba yo, que a ese tipo de novelas la llamen literatura light, chica lit, historias para amas de casa y un montón de majaderías. Sólo porque casi siempre tienen una trama sencilla y un lenguaje que la gente comprende sin necesidad de usar diccionarios. Cómo si no escribir para la élite fuera un delito… Por eso decidí ir a aquella reunión de la Asociación de Lenguas Modernas en Chicago: para defender a la mal llamada, en mi concepto, literatura light.

Yalexia, paciencia. No me estoy explayando en boberías académicas, sólo estoy tratando de hacer coherente mi historia. Pide un latte y tómatelo, haz el favor, para que te tranquilices. ¿Que casi no te queda dinero? Bueno, hija, ahora tendrás que empezar a ganártelo por tus medios. No, trabajar no hace daño, créeme. No hay nada mejor que tener una su independencia. Yo nunca he soportado que me mantengan. Porque el que paga, manda, y a mí me jode que me manden. Desde que cumplí dieciocho años me fui de Miami y del salto que di no paré hasta Albuquerque, donde no he dejado de buscarme la vida por mis medios. Y a mucha honra.

Pero tú, mija… Viniste de Cuba liada con Sean y, como El Zángano, no volviste a mover un dedo. Ahora que me doy cuenta, ustedes dos se parecen bastante. Incluso en el nombre, que el de los dos empieza con y: Yalexia y Yoanel. Por eso en Cuba les dicen a ustedes “la generación y.” Deberían llamarles “la generación jota,” porque salieron más jodidos todos que el cará.

Vaya, aquí tienes un latte grande. No, no me des las gracias. Para eso somos amigas. Y tampoco te ofendas por mi franqueza. Si no te estoy diciendo mantenida ni haragana. ¿Verdad, Raquelita, que Yalexia no es nada de eso? Además, es mi compatriota. Bueno, yo nací aquí, pero de padres cubanos. Y Yalexia, como El Zángano, es del mismo corazón de Centro Habana. No sé cómo te sientas tú, Raquelita, una hija de Morelia en medio de tanta cubanidad alborotada. Como cucaracha en baile de gallinas, supongo.

Yalexia, ya sé que la gente dice que si tú fuiste jinetera en Cuba, que si vivías rondando los hoteles y acostándote con extranjeros por cuatro dólares… No lo creo. Lo mismo que El Zángano, que hay quien lo acusó de chulapo y de que se iba a casar conmigo para que le pagase las cuentas. “¿Así que te buscaste una vieja rica?” le oí decir a un socio suyo, una noche en que nos fuimos de pachanga a una discoteca de la Calle Ocho. Pero como yo no me considero vieja, aunque sea cinco años mayor que él, ni mucho menos rica —ojalá— pues no me di por aludida.

Después me puse a analizar. Para alguien que viene de Cuba, cualquier americano de clase media es rico. Lo mismo pasa contigo y Sean, Yalexia, ¿no? Por cierto, también él es mayor que tú. ¿Cuánto te lleva, doce años? Pero cuando el hombre es el más viejo, nadie dice ni ji.

Pero a lo que iba: a que tú y El Zángano tienen algunas cosas en común. Los dos son jóvenes, parranderos y están peleados a muerte con el trabajo físico. Pero a muerte.  Por eso me extraña que no se puedan ver ni en pintura. Él te detesta, chica. Y te llama La Jine, ¿lo sabías? Él es quien dice que en Cuba fuiste jinetera. Y tú tampoco lo soportas, no sé por qué.

Vuelvo a mi historia. Gracias por llamarme al orden, Raquelita. Pues el sábado pasado estaba yo en el aeropuerto a las siete y media de la mañana. Esperaba el avión de Chicago, adonde iba a participar en la mentada conferencia sobre literatura light. Iba armada como quien va a la guerra, con una batería de argumentos nucleares para demostrar que de ligera y simple, esa literatura no tiene nada. Que es real como la vida misma, y contada en la voz chispeante y a la vez sibilina de la mujer.

A las ocho anunciaron que el vuelo saldría con retraso. Fui a preguntar y me dijeron que, con suerte, volaríamos a las diez y cuarenta. Y yo que ni había desayunado, por miedo a perder el avión. Luego, la comida de los aeropuertos, además de cara, es malísima.

Me senté en un banquito. Respiré cinco veces por la boca, como me ha enseñado mi instructora de yoga. Traté de relajarme y busqué mi ponencia para leerla una vez más, a ver si se me ocurría alguna buena idea que agregarle. Me interesaba especialmente el personaje de Blanca, la rubita pituca de Para que no me olvides. ¿Por qué no se rebelaba?  ¿Por qué aguantaba la indiferencia del marido, las malacrianzas del hijo, los entrometimientos de la hermana y hasta la impotencia del querindango? Oye, porque tener un querido al que no se le sube la bandera en el asta… ¡Por favor!

Hablando de astas, la del Zángano había empezado a tener problemas. Últimamente no se le paraba ni aunque le tocasen el himno nacional en son de diana. Empezó a joder con el Viagra, pero, ¿también le iba yo a pagar la consulta médica y las pastillitas, que valen una pasta? Qué va, me parecía que ya era demasiado. El asunto me tenía un poco encabronada, pensando que a lo mejor yo… vaya… no le gustaba mucho, ¿entienden?

Pero él juraba que se moría por mí. Que su problema era que en Cuba no vendían mucha carne y él nunca se alimentó bien. A mí no se me ocurría que si eso fuera cierto, todos los vegetarianos serían entonces impotentes. Y, supongo que para consolarme, me entretenía analizando la personalidad de Blanca y escribiendo página sobre página acerca de la debilidad psicológica y la baja autoestima del personaje…

No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Raquelita, no me mires tú con esos ojazos. Ya sé que me advertiste que tuviera cuidado con El Zángano. Me da vergüenza reconocerlo ahora pero sí, amiga mía, tenías la boca llena de razón. Y menos mal que el maldito y yo no llegamos a casarnos. Menos mal. Si no, quién quita que hoy estuviera yo pagándole pensión de divorciado al muy degenerado. Por él no iba a quedar.

Yalexia, deja la cuchara tranquila. Vas a romper el vaso y se te va a ensuciar el traje Prada. ¿No es Prada? Ah, de Versace. Bueno, amor, yo no entiendo de marcas. No todo el mundo se puede dar el lujo de comprar ropa de diseñadores. Dichosa tú. Y no te quejes tanto; bastante te duró la suerte con el Sean. Es que tú no te medías, mujer. Y el gringo sería viejo, mas no pendejo.

Ya, ya sigo. Ay, mujeres, qué chismosotas son. Pues empecé a registrar mi cartera buscando la ponencia, hasta que me di cuenta de que la había dejado olvidada en la mesa del comedor. En realidad no hubiera sido un problema tan grave porque casi me sé de memoria lo que dice, como que está tomada de mi tesis doctoral. Pero tenía más de dos horas frente a mí. Horas más vacías que mi panza, que ya me empezaba a sonar reclamando un cafecito cubano. Y se me ocurrió regresar a casa, recoger el manuscrito, comer algo y volver.

¿Que por qué no le pedí al Zángano que me llevara la ponencia? Pues porque todavía no tiene licencia de conducción. La última vez que sacó el carro se fue derecho contra un poste de luz y me hizo trizas uno de los espejos laterales. Su explicación fue que los hijos del orisha Changó son malos para la mecánica. Además, ¿qué tal si se me aparecía con un papel equivocado? Él de literatura no entiende mucho. Ni de nada.

Tampoco lo llamé para avisarle que iba a regresar porque el señorito se levanta tardísimo. No contesta el teléfono antes de las once de la mañana ni aunque la llamada sea del espíritu santo o de los orishas esos en que cree él. Es que se queda viendo el show de David Letterman hasta las doce, “para practicar el inglés.” No se atreve a buscar trabajo hasta hablarlo bien, dice que para no pasar vergüenza. Como si él supiera lo que es vergüenza. Ja.

En fin, que salí del aeropuerto y enfilé hacia la autopista. Sí, esto fue el sábado pasado, cerca de las nueve de la mañana. Quédate tranquila, Yalexia. ¡Vaya, ya tiraste el vaso al suelo! ¿No te dije  que te ibas a manchar el vestido?  Ahí tienes.

Pero ¿adónde se ha ido ésta tan rápido? ¿Al baño? A ese traje tan fino es mejor que no intente quitarle la mancha con agua. Vale más que lo lleve a la tintorería enseguida, digo yo.

No, Raquelita, no puedo seguir. Vamos a esperar por Yalexia. Éste es un chisme para compartirlo entre amigas. Y eso somos nosotras, las tres mosqueteras de Nuevo México.

¿Sabes otra cosa que critican mucho de la literatura femenina? Pues que idealiza las relaciones entre mujeres. Fíjate, en casi ninguna novela light aparecen dos amigas peleándose. Discutiendo sí, pero siempre terminan reconciliándose con lágrimas y promesas de estar al pie del cañón, una para la otra, cuando se necesite. Por eso sus detractores dicen que el tema central de estas obras debería ser “amigas para siempre” o algo por el estilo. ¡Qué mala leche! Y también las critican por los happy endings, pues la que es vanidosa o tonta, al final recapacita. Y la golpeada decide dejar al marido abusador. Y la holgazana, buscarse un trabajo.

Sí, eso es lo que tendrá que hacer Yalexia ahora. Porque Sean no va a pasarle ni un centavo partido en dos. Pobre hombre, mira que zumbarse a Cuba para ir de pesquería a la Marina Hemingway y regresar con esta mujercita. Lo que pescó fue una merluza ciguata. O a lo mejor él fue el pescado. Porque Yalexia le ha pegado tarros hasta para hacer dulce; de todos los colores, sabores y tamaños. Y él, en Belén con los pastores. Hasta que reaccionó.

Yalexia se demora. ¿Quieres ir a buscarla? Aquí te espero. Tráela aunque sea por las greñas. Fumando espero al  hombre que yo quiero tras los cristales de alegres ventanales. Y mientras fumo, mi vida no consumo… Está bueno eso para un anuncio contra el tabaquismo. Mi vida consumo. Y El Zángano que fuma como una chimenea. Ojalá le dé cáncer en los pulmones, coño. Es lo menos que le deseo.

Ahí viene Raquelita. ¿Qué, Yalexia no estaba en el baño? Se habrá ido corriendo a la tintorería. Imagínate, con lo que vale un traje de Versace cualquiera come cuatro meses. A lo mejor lo vende en eBay.

Claro, mujer, claro que te termino el cuento para que no te quedes con la curiosidad. Nadie tiene más derecho que tú a saber el final de esta historia, que no es precisamente happy. Porque si te hubiera hecho caso con respecto al Zángano, mi cuento no habría tenido principio ni final.

El final es sencillo. Puro realismo decimonónico al estilo de Zola. Llegué a casa y vi un carro frente a la cochera. Un carro conocido. Un BMW gris. El de Yalexia. Lo primero que pensé, inocente que es una, fue que El Zángano había tenido algún problema grave, una mala noticia de Cuba quizá. Y aunque mal se llevaran, ¿a quién iba a llamar en caso de emergencia sino a una compatriota, considerando que yo estaba de viaje?

Abrí la puerta. Sin  precaución, porque todavía no sospechaba nada. Pero aunque la hubiera abierto de una patada no me habrían escuchado. El estéreo estaba puesto a todo volumen con una canción de salsa cubana. Y había una botella de ron, medio vacía, en la mesa del comedor. Hum.

Entré, ya suspicaz, y avancé de puntillas hasta el cuarto. Y los encontré, Raquelita. En la cama. En mi cama, vieja. La zorra de Yalexia y El Zángano, revolcándose con un gusto que ni se enteraron de que yo estaba allí. De que allí estuve, mirando el cuadro que se me metía por los ojos hasta el centro del corazón como un escopetazo.

Tampoco se enteraron de que abrí el closet del pasillo, ni de que saqué el fusil que me regaló un tipo con el que viví varios años. Paul se llamaba y era loco a las armas. En el vestíbulo del apartamento que compartíamos había colgado un cartel que decía We don’t call 911. Abajo le puse la traducción, para conocimiento de los ladrones monolingües: “En esta casa no llamamos a la policía.” Por suerte Paul y yo terminamos nuestra relación de mutuo acuerdo, todo en paz y armonía. Y como me quedé viviendo sola, pues me regaló aquel fusil, aunque me advirtió que no lo usara sino en una necesidad extrema.

Extrema necesidad era la mía. Necesidad de revancha. Una vendetta a la cubana. Sangre, sudor, semen y lágrimas. El fusil estaba cargado. Lo rastrillé. Perfecto. Y me imaginé al Zángano y a Yalexia en medio de un charco de sangre que se desleía entre las sábanas. Ah, qué rico. Hasta me imaginé la nota en el Albuquerque Journal: “Mujer engañada ultima a balazos al querido y a la amante del mismo.” Y el horror de mis amistades y la cara que tú pondrías, y como tomarían el crimen mis padres, que me creían estudiando muy seriecita en el desierto nuevo mexicano… De repente se hizo la luz en mi cerebro trastornado y terminé por echarme a reír, aunque el caso no era de broma. ¿Iba a pasar sin transición de la literatura light a la crónica roja? No, hombre, no.

Dejé el fusil en su lugar y saqué otra arma que se me antojó de mayor potencia. Volví al cuarto, donde todavía seguía el show en su apogeo, y le tiré unas cuantas fotos con mi móvil a la pareja enardecida. No, no te voy a contar lo que estaban haciendo porque a mí la pornografía no me va. Baste decir que en unas posiciones que yo ni me imaginaba que existieran, que El Zángano jamás se tomó la molestia de practicar conmigo. Es todo lo que te puedo decir.

Salí de la casa y le mandé las fotos a Sean por el móvil. Sin comentarios. Me imagino que plantaría a la otra en la calle sin más explicaciones, por eso la muy descarada se apareció aquí hoy. Hasta que se olió el final de la historia y salió como un bólido.

¿Qué más pasó? No mucho. Yo me quedé en la esquina hasta que los tórtolos salieron juntos  —en el BMW de Yalexia, claro. Iría a llevar a Mr. Universo al gimnasio. Regresé a casa, puse las pocas pertenencias del Zángano en una maleta y las dejé en la acera. Llamé a un cerrajero para que cambiara el llavín. Me hice el café y hasta recogí mi ponencia. Y aunque te parezca mentira, regresé al aeropuerto a tiempo de tomar un avión para Chicago. No el que me correspondía, que había despegado por fin a las once de la mañana (y ya eran las tres de la tarde) sino otro. Pero considerando la demora del primero, me autorizaron a cambiar el pasaje para un vuelo que salió a las seis.

Así llegué a la ciudad de los vientos. Cuando me llamaron al podio no tuve necesidad de mirar la ponencia, que por otra parte tiraría aquella misma noche a la basura. Los libros mienten, dije con toda mi dignidad de mujer traicionada y de amiga burlada. La literatura femenina son los cuentos de hadas modernos. Cuentos de hadas para adultas estúpidas. Un universo falso, de carátulas con colores vivos como las de los cuentos infantiles, y finales felices. Pero la vida es otra cosa, y la literatura real también.

© 2012 – 2014, Teresa Dovalpage. All rights reserved.

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Teresa Dovalpage nació en La Habana en 1966 y ahora vive en Taos, Nuevo México. Tiene un doctorado en literatura y es profesora universitaria. Ha publicado cinco novelas entre las que se encuentran Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde), A Girl like Che Guevara (Soho Press, 2004) y El difunto Fidel, premio Rincón de la Victoria (Renacimiento, 2011) así como varias colecciones de cuentos. The Astral Plane, Stories of Cuba, the Southwest and Beyond es su último libro, publicado por University of New Orleans Press en 2012.