Al sur del mundo

Gabriela Guimarey

Admito, ahora quizás con un poco de culpa, que nunca fui ni fan, ni conocedora de Facundo Cabral.

Sólo una frase suya resuena en mi cabeza cada vez que salgo de viaje: «No  soy de aquí ni soy de allá»

Estoy en Buenos Aires, Argentina. Al sur del mundo. Vine por unas dos semanas para pasar las vacaciones de invierno junto a mis hijos. Aquí nací y aquí viví hasta hace 11 años, con un breve intervalo en Bratislava, hasta que me mude a Miami, donde estoy actualmente.

No soy de esas familias radicadas en el exterior que vuela todos los años a su país de origen para visitar tías, primos, hermanos y padres, en una ronda interminable de asados, mates, tortas fritas y tertulias extendidas hasta altas horas de la noche. No lo soy porque el resto de mi familia también está dispersa por el mundo, así que no hay núcleo grande a quien visitar aquí, exceptuando a mi padre.

Estoy en Buenos Aires, mi país de origen. De vacaciones. Terreno conocido, con olores de infancia, con una música que me resulta absolutamente propia, el cantar de los pájaros como cuando era pequeña, palabras como nafta* que resuenan en mis oídos naturalmente, pero observo y me doy cuenta claramente que algo no es mío ya. Que una parte de mí observa con ojos de turista lo que ya conoce. Es como reencontrarse con un amor del pasado, con quien compartimos una bella historia y que luego, por la misma vida, no nos vimos más. Está ahí, se reconoce en los ojos, en los gestos, las expresiones, los movimientos del cuerpo, pero hay años encima con historias nuevas, pérdidas y experiencias que no fueron compartidas y eso confunde.

Estoy en Buenos Aires, buscando la calle Paraná. Voy en el colectivo* 39 hasta el Teatro del Liceo a ver una obra de teatro: Buena Gente, con Gustavo Garzón, Mercedes Morán y Verónica Llinás. Un elenco excelente. Y cruzo Callao, empiezo a mirar atenta las calles y no encuentro Paraná. Descubro que no hay carteles con los nombres de las calles, probablemente se los han robado para venderlos en un mercado de pulgas, para utilizar el metal o para revenderlos al Gobierno de la Ciudad. Ahí apareció mi ojo de turista: si yo que «conozco» la ciudad, si yo que viví en Buenos Aires no puedo encontrar la calle Paraná sin un gps, ¿Qué pasa con un extranjero que no habla el idioma? Obviamente, necesitará usar un mapa y contar las calles, cuando aparece un cartel. Pero uno no lo sabe hasta que se enfrenta al problema y conseguir un mapa de Buenos Aires un jueves de noche, en un colectivo 39, digamos que no es tarea fácil, para no decir algo imposible. Pero decidí seguir a mi instinto.

Estoy en Buenos Aires, casi llegando a Avenida Rivadavia y me bajo del bondi*. Un sentimiento de reconocimiento me dice que estoy en buen camino y pregunto a una chica que camina por ahí, me dice que sí, que Paraná es a dos cuadras. Ya no estoy en la periferia coqueta de la avenida Santa Fé y aquí sí encuentro carteles en las calles, al igual que gente durmiendo en las veredas rotas y un olor extraño a solitario abandono. Me confundo aunque sigo caminando. Me dejo llevar por la intuición. Mis pies me dirigen al teatro, como si conocieran el camino de memoria. Como si no hubieran pasado 11 años.

El teatro está en Avenida de Mayo. La construcción de esta avenida fue una idea del primer intendente de la Ciudad de Buenos Aires, Torcuato de Alvear. En el 1800 la calle era un camino de polvo con movimiento constante de carretas y vendedores ambulantes y se necesitaba poner cierto orden y limpieza. El resultado fue una arquitectura parisina que al poblarse de cafés, asociaciones literarias y teatro de zarzuelas, le otorgó un espíritu español que la hace tan parecida a la Gran Vía de Madrid.

Me pregunto si a todos los que vivimos fuera y volvemos a nuestros países de origen de paseo, nos pasa lo mismo. Estamos presentes en el lugar pero no somos parte, miramos con ojos de turista. Somos como los productores de una película, no los protagonistas. Estamos involucrados, pero no la vivimos. Tiene un encanto distinto redescubrir la ciudad desde ese lugar. Personalmente me enamoré de las veredas rotas, de la basura acumulada en las calles, de las paredes pintadas, un escenario absolutamente opuesto al de Miami con sus calles pulcrísimas porque nadie camina por ahí. Mis amigos creen que me he vuelto loca.

Estoy en Buenos Aires y me parece que estoy en Madrid. O en París, o en Manhattan o en Barcelona. O en Praga. Sólo las voces de la gente, su cantar al hablar y su mirada observadora casi al borde de la indecencia me ubican de nuevo en el lugar. Una parte de mí quiere estar aquí y otra me dice que no tengo más nada que hacer en Buenos Aires, solo recorrerla con ojos de turista.

 

Del diccionario argentino

nafta: versión local de gasolina.

colectivo: bus

bondi: versión vernácula de colectivo, palabra tomada del portugués.

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