Hace unas semanas un amigo me comentó un proyecto que lo ocupaba desde hace algún tiempo y que visto a la ligera, parecía algo disparatado. Y es que a mi amigo le había dado por coleccionar guantes. Conozco coleccionistas de instrumentos musicales antiguos o exóticos, de sellos postales históricos, de discos, de pinturas —como el amigo en cuestión —, de libros raros y hasta de zapatos. Pero jamás me había topado con un coleccionista de guantes. Si ya bastante inusitado resultaba para mí que alguien coleccione dichas prendas, más insólito me pareció que mi amigo coleccionase guantes usados. Para ser más exactos, guantes recogidos en la calle. Pero esta empresa, aparentemente improductiva, está cargada de una intención tan poética que hoy, al recordarla, no he podido dejar de dedicarle unas líneas.

Mi amigo colecciona guantes y mitones perdidos. Su interés, empero, no radica en los guantes. Éstos, en verdad, no son sino un pretexto para recoger otra cosa, que como el significado en los versos de Góngora, yace escondida tras lo que aparenta a un nivel superficial. Lo que mi amigo recopila, ahora lo entiendo cabalmente, son historias. Dicho así, el asunto no tiene ni pies ni cabeza. Pero es que se trata de proyecto cuasi borgiano. Trataré de explicarlo.

La idea final de todo esto es exhibir los guantes en una exposición. Evidentemente no es esto una gran muestra de talento artístico, pero justamente ahí radica lo novedoso de la idea, en que en tal exposición no ha de ser el artista el responsable del momento creativo, sino el visitante. Ya que lo importante en dicha colección no son los objetos en sí mismos, como sería el caso de una muestra de instrumentos musicales, piezas arqueológicas o de vajillas de porcelana del siglo XVII. Lo importante aquí son las historias que dichos objetos nos cuentan, o si se quiere, las historias que evocan en nosotros, los observadores. Pues cada uno de esos guantes nos informa sobre el momento en que fue abandonado, involuntariamente, por su dueña o por su dueño: Sobre la mesa del restaurante después de la cena en que el novio la pidió en matrimonio, en la acera al atravesar la pista para alcanzar el tranvía a tiempo y no llegar tarde al trabajo; junto al poste del arco de una cancha de fútbol pública momentos antes de irse de copas, o bajo el asiento del autobús adonde fue a quedar sin que lo noté el dueño o la dueña.

Los guantes denuncian asimismo procedencias y costumbres: El guante snob del café de intelectualillos; el proletario, que debe evitar los callos y las heridas, olvidado junto a un montículo de hormigón donde descansaron los albañiles al mediodía; el alternativo, colorido y agujerado, que busca distanciarse del guante burgués de cuero o de material sintético o aquellos con motivos étnicos que nos informan de los viajes con mochila de sus antiguos propietarios, en fin, toda una geografía social que va desde el deportista descuidado hasta la gatita seductora como si fuesen un espejo del mundo, recordándonos lo que somos o lo que aparentamos ser.

Sentado aquí frente al ordenador me resulta imposible no pensar en el momento en que la pérdida es advertida por sus dueños: la mujer cerrando la puerta de casa, con el beso del amante aún en los labios, que descubre de pronto la mano desnuda; el albañil lanzando improperios por no encontrarlo mientras se daña las manos con las astillas de una columna de madera; el snob lamentando no poder sacarse los guantes en la galería mientras observa una obra en una pose aprendida; la distraída haciendo y deshaciendo el bolso con la esperanza de encontrarlo, o la melancólica que imagina el guante empapado por la lluvia y estrujado por el viento, y sufre y disfruta su pena. En fin, todo el mundo reducido en un par de guantes viejos.

Maurice Blanchot describió a mediados del siglo XX un libro del futuro, un libro que, como Borges, Foucault y Barthes en distintos momentos propugnaron, se concretaba recién en el momento de la recepción, es decir en las manos del lector que lo abría. Mi amigo ha ideado una exposición análoga a ese libro, una exposición cuyos objetos cobrarán sentido recién cuando el visitante los observe y active su imaginación para hilvanar una historia sobre la base de ellos. En mis recorridos diarios por la ciudad en que vivo me he topado de seguro con innumerables guantes abandonados a la intemperie y he seguido indiferente mi camino. Pero descubrir el secreto poético del proyecto de mi amigo ha despertado en mí curiosidad por las historias que esconden esos objetos con que tropiezo cotidianamente por las calles. Esta idea que en un principio me parecía tan disparatada, se me antoja ahora tan creativa que estoy pensado seriamente echarle una mano a este buen hombre con su colección. O mejor dicho, echarle un par de guantes.

© 2012, Julio Mendivil. All rights reserved.

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Nací en Lima y vivo en Alemania. Escribo literatura, toco charango y, en mis ratos libres, dirijo el Center for World Music de la universidad de Hildesheim. He dirigido la cátedra de etnomusicología en el Instituto de Musicología de la Universidad de Colonia, Alemania y soy docente no numerado de la Universidad de Música, Teatro y Media de Hanóver. He ejercido la critica musical en diarios y revistas latinoamericanos y europeos. Actualmente soy vocero del grupo de etnomusicología de la Sociedad de Investigación Musical de Alemania y presidente de la IASPM-AL (International Association for the Studie of Popular Music-Rama Latinoamericana).