La ra ra rá , la ra ra rá, la ra ra ráaaa…
Non credevo possibile,
Se potessero dire queste parole:

Otra vez despedido, indocumentado, alimentándome de galletas de soda y Coca Cola Zero de oferta, recibí con resignación la invitación que Nicolás -un uruguayo, gallego, gordo, simpaticón y mal hablado- me hacía para formar parte de una “banda” de cargadores que llevarían a cabo una mudanza en una exclusiva zona de Miami Beach. Pensé que al menos sacaría para pagar el seguro de mi auto y comer un lomito saltado en el Tambo Grill de la 107th avenue

Llegué a la tremenda mansión casi junto con los otros dos integrantes del equipo, un cubano pinareño escuálido con un nombre de fakir húngaro que le caía a pelo: ‘Sándor’, y un mejicano cuyo nombre no recuerdo, pero le decían ‘Dr. Zhivago’ porque era más ocioso que el maxilar superior. Nicolás nos esperaba con su vetusto camión Mack, ese del perro ñato, y un tremendo blue cooler , mitad refrescos para todos y mitad su lonchera privada.

Emilio Pericoli cantando Al di là en San Remo
Emilio Pericoli cantando Al di là en San Remo

Nos recibió el ama de llaves y apenas entramos, la dueña de casa -una venerable viuda judía- empezó a ganar tiempo dándonos indicaciones a diestra y siniestra y recalcando en cada mueble lo antiguo y costoso que era y el especial cuidado y … en fin, ¡cómo jodía la vieja de mierda!. Cuando nos quedarnos solos empecé a mirar a mi alrededor; la atmósfera de las antigüedades y los muebles  Empire style, me hicieron recordar la vieja casona de mi abuela materna y la imaginé cantando su canción preferida mientras organizaba su casa: “Al di là del bene più prezioso, ci sei tu. / Al di là del sogno più ambizioso, ci sei tu. / Al di là delle cose più belle…” La nostalgia me ganó y empecé sotto voce a cantar casi sin darme cuenta y olvidando que nací negado para este tipo de actividades musicales: Al di là delle stelle, ci sei tu./ Al di là, ci sei tu… per me, per me,/ soltanto per me… Poco a poco fuimos sacando muebles y enseres, cada uno más pesado que el otro y al atardecer llegamos a la segunda planta donde nos esperaba una inmensa y misteriosa caja de metal, especie de baúl con características de  scatola nera… La vieja american-hebrea movió los brazos como quien bucea, deteniendo el tiempo con sus manos, para advertirnos que la dichosa caja era su tesoro más preciado, pues contenía los efectos personales que rodearon a su difunto marido el día en que se puso serio, es decir, al morirse todito. Nos recomendó, ya demasiadas veces, la forma y el cuidado que teníamos que tener para bajar la caja de marras y, como una inesperada bendición, un oportuno telefonema  nos salvó de la catatonia letal de Stauder, llevándose a la susodicha a la biblioteca del primer piso por unos refrescantes minutos. Nos acomodamos los cuatro, uno en cada vértice de la base de la pesadísima caja y con el mayor cuidado empezamos a bajar la escalera mientras yo seguía pegado a la cantaleta: Al di là del mare più profondo, ci sei tu./ Al di là dei limiti del mondo, ci sei tu./ Al di là della volta infinita, al di là della vitaaaaa… En eso, a boca de jarro, Nicolás, pujando como rinoceronte estreñido, gritó: ¡AAHGLDILÁ DE LA RE-CONCHA’E LA LORA, ME CAG-GO EN LA LECHE…COMO PESA ESTA CAJA DE MIEEEEGDRDA…! Todos nos descojonamos de la risa hasta que vimos con terror que Sándor, desternillado por la carcajada, soltaba su esquina y la bendita caja giraba en cámara lenta sobre su eje horizontal, precipitándose por la escalera cual inexorable bola de nieve en alud suizo, chancando los finos escalones de cedro libanés, desmantelando los topes de bronce bruñido y cayendo sobre la alfombra egipcia que debió ser de algún primo de Tutankamón, por lo que decían que costaba, balanceándose lo suficiente para volcar dos botellas de güisqui Macallan 1956, tres de vino israelí Yarden Red del año del rey Pipino y una de coñac Frapin Cuvée 1888 . Todas se hicieron añicos revolviéndose con relojes de péndulo, fotografías, grabados, daguerrotipos y hasta un antiguo condón de tripa de carnero que guardaba misteriosamente el finado patriarca, quien reposaba tranquilamente en su urna de cerámica fenicia colocada en el tope de un pedestal dórico en el primer piso, hasta que la caja lo tumbó y fue a quebrarse contra el suelo de mármol de Carrara, vaciando sus cenizas sobre el mar de costosos licores y el revoltijo de objetos inanimados de su antiguo acervo crematístico… Ni Atila lo hubiera hecho mejor. Todos quedamos congelados, en posición de “un minuto de silencio”; a mí me recorria algo helado por la columna, mientras trataba de calcular el monto al que ascendería el estropicio de todo lo que se había hecho pelota… Me pareció escuchar a la nieta quinceañera susurrando triste que a su abuelito no le gustaba el trago. “Nunca tomó una gota de licor en vida”, aumentó la veterana ama de llaves jerosolimitana, mirando a su antiguo patrón hecho mazamorra y nadando en alcohol… Todos nos mirábamos patitiesos y mudos, hasta que un grito horripilante cortó la atmósfera como una katana al final del haraquiri y nos hizo dar un brinco a la vez que girábamos nuestras cabezas sincronizadamente, como si fuéramos los bailarines gay de la ópera Hairspray en Brooklyn. Parecía que estaban ahorcando a un chancho, dos gatos siameses, un perro lobo y un chivato, al mismo tiempo y con la misma soga de cadalzo… ¡AAAAHHHHHH…AAAAAAAHHHHGJK… MALDITAS BEEEESTIAS SALVAJES, HIIJOS DE SATÁN Y DE UNA HETAIRA PALESTIIINAAA…! La vieja venía corriendo hacia nosotros, a grito pelado y agitando sus manos como si tuviera una coctelera invisible haciendo pisco sour… Yo decidí dar un pasito tuntún a la izquierda y empezar mi caminata lunar en reversa, a lo “Maik Coñazo”, luego, media vuelta derecha, marchen! y carrera de conejos con obstáculos hasta mi antiguo Volvo S-40 azul misio. Arranqué -creo que hasta antes de meter la llave- y pisé el acelerador como Steve McQueen en Bullitt, apretando los dientes con la sonrrisa congelada de Peter Fonda en La fuga del Loco y la Sucia… Por el retrovisor pude observar a lo lejos al gordo Nicolás, a Sándor y al Dr. Zhivago corriendo como cuyes entre las cajas hacia el Mack, seguidos muy de cerca por un séquito hostil sionista, liderado por “La Llorona” en versión judaica… Miré desesperado al cielo preguntando por qué un intelectual de mi calibre tiene que estar pasando por estas vicisitudes… ¡Dios mío, qué estaré pagando!… O Como diría Pepe Biondi: “¡Qué suerte pa’  la desgracia!”

…La rá, ra ra rá , la ra ra rá, la ra ra ráaa… Al diláaaaa…

GinoNzski.

Copy rigths:The Careless Whisper 2011, USA. If you want an English version of this article, please contact an official translator in your country.

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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.
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